Vas a partir, amigo. Ahora como nunca necesito tu mano. Vas a partir, defiéndeme del viaje de la ausencia.
Hemos andado tanto que todos mis caminos reconocen tu paso.
Un incendio de fieras ha estallado en mis sienes, hay en mi pecho fiesta de garras y de dientes.
Los ecos invalidan el grito calcinado y huracanes de lumbre clausuran el espacio.
No te hablo de aquel sueño que proyectó el espejo, ni de aquella promesa de sal crucificada; aéreo paraíso de tu anhelo que sustenta mi llanto congelado.
Es mi pie sin tu ritmo, mi pulso sin tu sangre, mi boca sin tu aliento, mi voz sin tu palabra.
Son oscuras canciones perdidas en tu canto, son mis ojos mirando sin mirada.
He perdido el contorno de mis ángeles, el perfil de mi sombra, los abismos de yerba, la sed enamorada.
No encuentro ese poema que le escribí a la vida con sonrisas, con pájaros, con jardines que cantan.
Vas a partir, ayúdame a reconstruir la imagen depurada; levántala en tus brazos, hazla toda de piedra dura y fuerte y palpable como muralla.
Llévate mi alegría. Recuérdame en la hora del silencio. Encuéntrame en el fresco sabor de las naranjas.
Olvida que tu fiebre alucinada naufragó en la razón del equilibrio. Desgarra los tejidos de la angustia de nuestro inexorable itinerario.
Un día desperté y estaba a mi lado. Se comportó con tanta naturalidad que disuadió todos mis intentos de interrogarla. Hicimos el amor, desayunamos. Luego me fui a trabajar. Cuando volví, seguía allí. Esa noche nos amamos tres veces. Fue magnífico. Ahora espera mi vuelta todos los días y cada vez que cobro me pide para los gastos del mes. Lo malo de estos fantasmas es que son de aparición irreversible.
Se difumina la imagen con los días, pierde la fuerza por el peso del tiempo y la desidia.
En sueños, con mis manos en concha, intento tomar los recuerdos como si fueran valiosas piedras; pero entre mis dedos se hacen líquidas y escapan. Ya sólo queda el pesar de la pérdida, cuando mirando hacia el suelo veo la ilusión derramada.
Como cuerpo inerte al que sólo alcanza un leve hálito de vida; un tenue sonido de máquina que respira, es tu recuerdo. Ola que en resaca se escapa de mi piel, aire que mis manos deja vacías cuando le intento atrapar; nube que veloz corre para remover la tormenta. Así tu recuerdo que se aleja?No lo dejes morir, sálvalo.
La cuesta de la vida se desdibuja al escucharte. Un sentimiento sin final, anárquico, fuera de toda regla; y no por eso menos bello.
La puerta de la fantasía queda abierta al saber de ti; penetro en ella para olvidarme de la distancia, para en cada instante sentarme a tu lado. Entre tus brazos, todo lo que al hombre daña, pierde sentido. Quiero repostar en tus besos para seguir viviendo.
Dibujo en el aire tu nombre ante la dificultad, y la fuerza acude a este alma cansada de un bagaje sin sentido. En volutas aromáticas se convierte, borrando cada sinsabor, penetrándolo todo. Tú, mi amor, apartas de mi todo lo ajeno a nuestro sentimiento. Y sigo el camino segura, para esperarte siempre.
Es duro Duro, no tener en tus manos la solución Esconder tu cabeza bajo la arena Duro, no hacer otros planes Y reclamar que tu hiciste todo lo que pudiste Totalmente solo Y la vida Que debe seguir Es duro Duro, estar ahí por lo que es correcto Y llevar a casa el pan de cada día Duro, no caer rendido y llorar Cuando todos los ideales que tu elegiste Han resultado fallidos Pero tu debes Seguir Es duro Pero sabes que la lucha merece la pena Porque sabes que tienes a la verdad de tu parte Cuando las acusaciones vuelan Agarrate fuerte! No tengas miedo de lo que dicen A quien le importa lo que piensen los cobardes, de cualquier manera Ellos lo comprenderán algún día Algún día
Los maestros de la moral que ordenan al hombre ponerse bajo su propio poder, el dominio de sí mismo; le hacen padecer una peculiar enfermedad, una continua irascibilidad ante todas las emociones e inclinaciones naturales; digamos que una especie de escozor.
Todo lo que pueda empujarle, atraerle, seducirle, incitarle; siempre le parece a este como si su autodominio cayese en peligro. No se confía a ningún instinto, ni a un libre batir de alas. Está siempre a la defensiva, armado contra sí mismo. Se convierte en un centinela de su fortaleza.
Así puede ser grande, pero resulta, que se hace insoportable para los otros. Lleva una carga pesada para sí mismo y se queda empobrecido y separado de los más hermosos azares del alma.
Y lo que es peor, se priva de la enseñanza, ya que al no caer en nada, no aprende con esas experiencias.
Susurras el nombre De tu salvador en tu tiempo de necesidad Y saboreas la culpa Si el sabor te recuerda la avaricia De la implicación, insinuación y un deseo malsano Hasta que no puedas mantenerte en pie En todo este tumulto Ante la capa roja y el brillo Se acerca para matar
Ven, alimenta la lluvia Porque estoy sediento por tu amor Bailando bajo los cielos de la lujuria Si, alimenta la lluvia Porque sin tu amor, mi vida No es más que este carnaval de óxido
Es todo un juego, evitar el fracaso, cuando los verdaderos colores sangren Todo en nombre del mal comportamiento, y las cosas que no necesitamos Ansío para que ningún desstre pueda tocarnos Tocarnos nunca más Y más que nunca Espero nunca Caer, donde suficiente no sea lo mismo que fue antaño
Ven, alimenta la lluvia Porque estoy sediento por tu amor Bailando bajo los cielos de la lujuria Si, alimenta la lluvia Porque sin tu amor, mi vida No es más que este carnaval de óxido
No te vayas, no te vayas, oh Cuando el mundo arda No te vayas, no te vayas, oh Cuando el corazon se desespere No te vayas, no te vayas, oh Cuando el mundo arda No te vayas, no te vayas, oh Cuando el corazon se desespere
En la noche, reclino mi cabeza sobre tu piel deseando escuchar tus latidos de amor Busco la luna y la sorprendo con sus piruetas sobre la tela de estrellas ...En esos momentos quisiera que el fuego de mi corazón moldeara tus sentimientos.
Una fantasía de besos vuela hacia tu cuerpo y te cubro con mudos abrazos llenos de ternura. En la noche me visita el eco de tus palabras.
Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.
Esos fueron los primeros hombres.
Nadie ignoraba quiénes serían las primeras mujeres.
Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica y Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.
Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.
Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios...
El ave que canta en una rama, soy buscando tu arrimo. Fuego que circula por tus venas queriéndote abrasar de amor. Vapor que se eleva con tu mirada, para convertirse en lluvia de caricias. Ocre de otoño en el árbol cuando te ausentas. En tardes luminosas siempre caminan unidas nuestras siluetas. Amor por encima de distancias. Amor intemporal.
Las nubes estaban muy alborotadas, brillaban con gris intenso, no eran los mejores días para navegar. Arribó a la isla más cercana y allí decidió descansar. Con la cabeza en las rodillas recreaba su corta vida, no eran los mejores momentos.
Algo rozó su pelo, era ligero como una rama, pero no, no había nadie. Se levanto perezosamente, se sentía melancólica, una melancolía sin sentido, nada había llenado su vida. Echó a andar, despacio, pensativa...A lo lejos algo relucía, algo la arrastraba sin proponérselo. Entre las ramas encontró un tesoro, ¡¡¡ era increible !!! No lo había buscado, ¿ por qué encontrarlo? Lo cogió lo acarició y se dirigió al barco con prisa, quería guardarlo. Ella no conocía tesoros, siempre viajaba sola surcando los mares.
Cogió el rumbo hacia la isla de los sueños, allí lo escondería donde nadie lo pudiera encontrar. Se sentía feliz..Junto al tesoro encontró el mapa, se tumbó bajo una palmera, iba a revisar su contenido. ¡Increíble! ese tesoro había pertenecido a una princesa...
Abandonó la isla de los sueños y navegó hacia su tierra. Al llegar a casa buscó entre sus libros, debería encontrar esa historia. Una vez el libro entre las manos, empezó a leer sin detenerse. ¡¡¡Qué bella historia!!!!! Su corazón soñaba siempre con el amor, ella aun no lo había encontrado.
Quiso ver ese tesoro, lo guardaría en la isla hasta que la princesa lo reclamara. No quiso pararse a descansar, volvió a embarcar hasta llegar a él. Su sorpresa fue grande, no se dejaba encontrar, parecía un tesoro embrujado. Sabía donde lo había guardado, pero...
Estando escribiendo este cuento apareció el hombre de mis sueños. Lo interrumpí llena de felicidad. No llegaron esas palabras que anhelaba mi alma, fue un adiós...
Este cuento queda interrumpido. Habrá muchos cuentos, pero este jamás podrá ser contado. Habrá muchos grandes amores, pero este gran amor lo cortaron de raíz sin haber casi empezado.
Habrá bucaneros que surcarán los mares, pero ya nadie podrá abominar de la Fantasía
Qué otra cosa podría ver un explorador cansado dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza, sino Caminos que los limoneros acompañan, sino Colinas y ondulados Campos donde el vino ya se presiente;
Qué podría ver sinó Islas de Cristal, Ciudades plateadas, áureas, Amaneceres, Barcos Rojos que tripulaciones enloquecidas llevan sin rumbo;
Serpientes gigantescas, tigres, podría ver también ballenas blancas sumergiéndose también en un océano cálido; Podría ver dos mujeres de vestidos anaranjados sentadas junto a una pared incendiada por el sol;
Podría ver todos los días irrecuperables posándose como una bandada de pájaros imaginarios.
Bernardo Atxaga
--- Original en Euskara ---
Esploradore nekatu batek zer ikus lezake tristeziaren metro koadratu baten mugetan, limoiondoz inguraturiko kaminoak ezpadira; zer ikus lezake ardo usaineko muinoak eta eskifaia eroek gidatu ontziak gorriak salbu;
lkus lezazke apika kristalezko irla batzuk, urre edo zilarrezko ziutate bat goizaldean; suge erraldoiak eta tigreak, ikus lezazke bale urdinak ozeano epel batetan murgiltzen; ikus lezazke bi emakume soineko laranjatsuaz eguzkiak sututako horma baten ondoan eserita;
Ikus lezazke egun berreskura ezin guzti horick txori imajinarioen multzokada lez pausatzen.
Alma desnuda expuesta a los fríos hielos. Asomada a la piel, sólo puede sentir el rigor del invierno. Como hoja perenne acaricia el aire, que de él le habla.
Alma en flor silvestre que siempre renace en la primavera de sus palabras
Odio la ensalada de verano y las luces amarillas que alumbran el extrarradio No soporto las tulipas de las lámparas que anidan en las mesitas de noche cada cuarto Odio las neveras donde nunca hay nada aparte agua del grifo en botellas de cocacola No soporto a la gentuza que tiene perro en invierno y en verano va a la calle porque sobra Odio a los violentos que golpean encubiertos por la ley a sus familias en sus casas No soporto los mosquitos ni las ratas y el olor a sucio del que no se lava Odio al que se juega sin escrúpulo ninguno su sueldo en una máquina del bar No soporto a los que acuden los domingos a la iglesia y luego el lunes son peor que Satanás
No me gustan las cadenas ni los lazos no me gustan las fronteras ni visados No me gustan los anzuelos ni las balas ni la ley sin la justicia en el que manda Qué le voy a hacer si con razón o sin razón Aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón Qué le voy a hacer si con razón o sin razón Y aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón
No soporto a los que dicen la letra con sangre entra con la sangre yo no pienso negociar Odio a los torturadores pistoleros y asesinos les deseo cien años de soledad No soporto a los que hablan siempre a gritos por el móvil nada más aterrizar el avión Odio a los gallitos de gimnasio porque siempre desprecian mi sudor
No me gusta que me obliguen sin brindarme explicaciones de porqué si o porqué no No me gusta ni que humillen a los toros ni la caza con hurón Qué le voy a hacer si con razón o sin razón Aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón Qué le voy a hacer si con razón o sin razón Y aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón
No soporto a los ases del volante que a volar a dos cuarenta le llaman su factor riesgo Me parecen reprimidos y egoístas porque exponen mi pellejo y tu pellejo No soporto a los perros de la guerra porque se corren disparando su cañón Odio a los discjockeys asesinos porque siempre me joden la canción
No me gustan las cadenas ni los lazos no me gustan las fronteras ni visados No me gustan los anzuelos ni las balas ni la ley sin la justicia en el que manda Qué le voy a hacer si con razón o sin razón Aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón Qué le voy a hacer si con razón o sin razón Y aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón
Envuelta en un torbellino me adentré en el túnel sin fin. La vida sorprende, pero no hasta el punto de nunca poder presagiar el siguiente instante. Planear con metas coherentes, meticulosas, de nada sirve. Lo más ínfimo te lo desbarata, dando un giro a la vida. No hay final sin dolor. La vida es una cadena de rupturas que desgarran la seda de la inocencia. Todo color llamativo, termina en gris por envejecimiento.
Languidecía por la necesidad de una palabra. La impotencia se apoderaba de mi. La ausencia de explicaciones dolía, pasando la mente a torturarse con suposiciones que brotaban de la imaginación. Mis pies se tropezaban con la estima al pisarla y enredarse en ella; por eso me miraba en el espejo de las diosas. Aborrecía la imagen que me era devuelta, el ánimo marchaba portando su maleta.
El mar inundaba la cubierta de la felicidad al saber su mirada reflejada en otra. El mareo por el giro de la diosa me hacía desvanecer. Martillea en mi cabeza la imagen del tacto del pétalo seco de una rosa. La blanca pluma del alma no se pierde; pero de nada sirve.
Él camina en un sueño mientras yo me arrastro por la realidad de los colores desvaídos.
Through the towering streets Grey flecked with the sun I am fallen and tumble Endomed in snow glass orbed Alice eyes America is dreaming of a restless autumn Snow abides When I saw you My heart arose
Royal black and blue I am not lost Yet little star In the doorway I catch a sign Shuddering still Oh there is too much, there is too much And can I And I cannot, cannot... Snow abides When I saw you My heart arose - ecstatic butterfly Slipping away Waving goodbye Leaving quick silvered fire In pools on your way
When I exit and I recall your eyes Leaden depth and dark Hinting at space Oh the richness Too much of everything And unborn uncreate
To be unborn, to be unborn To be unborn, to be unborn
Like an angel fallen whilst I saw your eyes Leaking lights Follow the clouds drifting like comets Ten twenty years, where will you sleep? You move for the sun lie down in blossom But a body can scarcely hold in And man may not bear The gold form angelic I heard someone whisper As you ran by me Waving goodbye
Muy dentro de mi esta voz, este son que no deja alejarme. Efecto dulce del amor...
De las tinieblas, él hace nacer la luz, principio de bellos días. Con la aurora, él baña de rocío este gran prado; y en la ribera del río, el agua corre feliz y cristalina con su serena canción, que me mece con ternura
La noche, alfombrada de estrellas, cubre el día, y empieza un canto, el mío, expandiendo sentimientos. A veces callo y acuno esta tristeza tan mía
Duermo en cama de hojas, para en la mañana vestir rocío. Y cerca de mi, muy cerca; la fuente clara que bulle con sus bellas palabras.
Mi despertar es feliz. No necesito cercar al amor, ni hacerlo mío; sólo él sabrá si tiene que acudir
Caigo caigo estrepitosamente estoy sentada en mi silla no tengo donde agarrarme horrible caigo, sostenme piedra que arrojó la montaña sosténganme órganos vitales estómago, intestino, útero no aflojen inflen su aire llénense de azúcares y cristales carguen mis cavidades de eso estoy hecha de espejos erráticos que fáciles se quiebran.
El río de mi vida, con sus caudalosas aguas de amor, sin cauce, zigzagueando perdido en busca de tus caricias. Sus aguas que a veces eran bravas corren dulcemente, acariciantes, llevando verdor a los prados adyacentes .
Río que va buscando el mar de tu amor, que nació lejano y le cuesta llegar, que se abre paso entre tierras salvajes, de distancias, de tristezas. Río que camina al mar de tus sueños, esperando llegar
De día las pasamos negras por las calles De un fugitivo sueño americano De noche atravesamos mansiones De gloria en coches suicidas Que saltan de sus jaulas en la Autopista 9 Con ruedas cromadas, combustible inyectado Intentando no pasarnos de la raya Oh nena, esta ciudad te arranca los huesos de la espalda Es una trampa mortal, es una llamada al suicidio Tenemos que salir de aquí mientras seamos jóvenes Porque vagabundos como nosotros Nena, nacimos para correr
Wendy, déjame entrar, quiero ser tu amigo Quiero guardar tus sueños y visiones Sólo tienes que enroscar tus piernas alrededor de estas llantas de terciopelo Y atar tus manos al motor juntos Podríamos escapar de esta trampa Correremos hasta la última gota Nena, nunca volveremos Oh ¿querrás caminar conmigo por el alambre? Porque, nena, yo sólo soy un jinete asustado y solitario Pero he de saber qué se siente Quiero saber si tu amor es salvaje, quiero saber si el amor es real
Al otro lado del Palace los zumbidos a media potencia Rechinan por el bulevar Las chicas se peinan en los espejos retrovisores Y los chicos intentan hacerse los duros El parque de atracciones se alza rígido y desafiante Los chicos se amontonan en una nube en la playa Esta noche quiero morir contigo en las calles En un beso eterno
Las autopistas están atascadas de héroes destrozados En una última oportunidad a los motores Todo el mundo ha huido esta noche Pero no hay sitio donde esconderse Juntos, Wendy, podemos vivir con la tristeza Te amaré con toda la locura de mi alma Oh, algún día, chica, no sé cuándo Llegaremos a ese lugar al que queremos ir Y pasearemos al sol pero hasta entonces Vagabundos como nosotros Nena, nacimos para correr
A veces entre la maleza, entre los cardos; cuando el camino es largo, llega la alfombra verde sólo adornada de alguna flor puesta por azar.
Ante la dureza de la piedra, sólo ver la vida que bajo ella discurre, o la hierba que se entretiene en acariciarla.
El viento no descansa en su mecer las plantas. A veces tan suave, que a su roce adquieren aún más belleza; otras, las zarandea como si jugara con ellas, que se crecen en su delicada fuerza.
Allí donde unos ojos soñadores las admiran, haciéndose espejo de su hermosura, hay poesía.
Tengo poder, mucho. Hija de reyes y reina soy. Una mujer segura siempre, con aguda inteligencia, además sé que me ven hermosa; pero soy fiel a mi misma y eso no lo toleran. Aun así, lucharé por ello hasta el fin de mis días.
No temo usar mi sexualidad, amo a Felipe y le quiero seducir. No puedo negar los celos que siento, pero a mi me gusta que él los tenga, y no desaprovecho ninguna oportunidad con el Capitán. Muchas veces toco el tema con Felipe, es infiel hasta la médula, incorregible. Me exalta y pierdo el control; en esos momentos no me importa bajarme a utilizar el vocabulario de cualquier verdulera. Pobres...a lo mejor son finas a pesar de tener un puesto en el mercado; pero es una manera de explicarme a la usanza.
Estoy tan obsesionada con Felipe y sus correrías, que no presto la debida atención a mis hijos. No estamos unidos como familia por fuertes lazos; pero hice lo que las mujeres de mi clase nunca hicieron, amamantar a mis hijos. Mi padre tampoco me demostró mucho amor, y yo le adoraba. ¡Qué flojo el amor de los hombres!
Con su permiso, me siento cansada, me retiro a mis aposentos.
¿Será correcto o una mala idea tratar de encontrar un lugar, donde todos podamos pertenecer? Ser como uno solo, tratando de salir adelante, si nos unificáramos en serio. Deberíamos realmente intentarlo. Todo este tiempo desperdiciado, dando vueltas y vueltas, cometiendo los mismos errores por los que pasamos siempre. Seguramente hoy mismo, podríamos empezar y avanzar, haciendo un mundo mejor. No, no es una idea equivocada. Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí. El tiempo se está pasando rápido, que no haya lugar para dudas. Debemos de arreglar las cosas si es que nos preocupan. Cómo lo diremos para movernos ya, no solo con palabras vacías, por una semana o dos: Hagan del mundo que vivimos, su prioridad antes que nada. Traten de vivir su vida, ecológicamente sin desperdicio. Pongan su grano de arena, en un proyecto de mayor relevancia. Traten de vivir el sueño, desde una perspectiva más amplia. Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí... en dulce armonía. Oh sí, oh sí... Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí, en dulce armonía. Reunámonos, ahora mismo, oh sí... en dulce armonía. Oh sí, oh sí... Interpretación adaptada por: Antoniodya http://www.ideasnopalabras.com/ "Interpretando ideas, no palabras"
En hilera paseaban ante mis ojos. Metida en el desfile me encontré. Muñeca de cartón entre porcelanas. El amor volaba cerca, muy cerca, mas nunca me podía aproximar. Hélice sobre mi cabeza que me hacia arrodillarme.
La melodía se acaba cuando el móvil me despierta. Gigantes posan sus ojos en el, ávidos contestan, mientras yo despierto del sueño. Colores espaciales, boinas verdes, trajes negros desfilan ante mis ojos. De ellos brotan ríos, que quedan helados a la intemperie.
La luz se aleja, la densa oscuridad vela mis ojos. Mis ideales expuestos en la cómoda de un anticuario. Su olvido me dejó en la esquina recóndita por donde nadie pasea. Renuncié a todo a cambio nada. No es posible escapar cuando el hado decide que se nace estrellado.
Vengo del fondo oscuro de una noche implacable, y contemplo los astros con un gesto de asombro. Al llegar a tu puerta me confieso culpable, y una paloma blanca se me posa en el hombro.
Mi corazón humilde se detiene en tu puerta con la mano extendida como un viejo mendigo; y tu perro me ladra de alegría en la huerta, porque, a pesar de todo, sigue siendo mi amigo.
Al fin creció el rosal aquel que no crecía y ahora ofrece sus rosas tras la verja de hierro: Yo tambien he cambiado mucho desde aquel día, pues no tienen estrellas las noches del destierro.
Quizás tu alma esta abierta tras la puerta cerrada; pero al abrir tu puerta, como se abre a un mendigo, mírame dulcemente, sin preguntarme nada, y sabrás que no he vuelto ... ¡porque estaba contigo!
Para que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje inolvidable.
Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza.
Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de Bases - Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse.
En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos, eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que podía crecer ahí eran lavandas silvestres.
Yo pasaba por esta región en su parte más ancha cuando después de tres días de camino me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Ya no tenía agua. La que me quedaba del día anterior la había utilizado durante la vigilia y necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez había sido un poblado, estaban aglomeradas al rededor de unas ruinas apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió haber habido una fuente o un pozo. El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra con techos volados y lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida había desaparecido.
Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos.
Era necesario mover mi campamento. A cinco horas de marcha, no había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un tronco solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de él.
Me dió de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El obtenía su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy profundo, en el que él mismo había instalado un malacate muy rudimentario.
Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un hombre seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me parecía insólita su presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No vivía en una cabañita, sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él mismo había restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo producía un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas.
Sus muebles y pertenencias estaban en orden, su bajilla estaba lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba engrasado; su sopa hervía en el fuego. Fué entonces cuando me dí cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi invisibles.
El compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su perro era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin.
Rápidamente entendí que pasaría la noche ahí, el poblado más cercano se encontraba todavía a más de un día y medio de marcha. Más aún, ya había tenido la oportunidad de conocer el raro carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no era en absoluto recomendable. En las laderas de estas montañas, entre los matorrales de encinos blancos que están en los extremos de los caminos aptos para vehículos, hay cuatro o cinco poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados están habitados por talamontes que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo aún más por la irracional desmesura en su deseo de escapar de este ambiente.
Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y, después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo este perpetuo baño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores. Había competencia en todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura casi siempre fatales.
El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una por una, poniendo muchísima atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Él me respondió que esto era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su trabajo, decidí no insistir más. Esa fué toda nuestra conversación durante la noche. Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera iba haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy pequeñas o aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una ves más las examinaba gravemente. Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo su tarea, y entonces nos retiramos a dormir.
La compañía de éste hombre me daba paz. Al día siguiente, le pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo encontró perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión de que nada podría distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado, quería saber más acerca de este hombre. Antes de salir, sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las bellotas que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto cuidado.
Me dí cuenta de que su cayado tenía un triángulo de fierro tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Yo me fuí siguiendo una ruta paralela a la suya. La pastura de sus corderos yacía en el fondo de un pequeño valle. Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la derecha donde yo me encontraba parado. Me temía que hubiera venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fué el caso de ninguna manera. Era su propio camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Continuamos unos doscientos metros más hacia arriba.
Cuando llegamos al lugar que el quería, comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la tierra. Este hacía un pequeño agujero en él que el ponía una de las bellotas, que posteriormente cubriría de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de encino. Entonces le pregunte si la tierra le pertenecía. Él me respondió que no. - ¿Sabe de quién es? Él no lo sabía. Suponía que se trataba de una tierra comunal, o quizás podría ser que se tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. De esta manera, él plantó cien bellotas con mucho cuidado.
Después de los alimentos del medio día, él comenzó una vez más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de haber comenzado, él continuaba plantando árboles en esta soledad. Él había plantado ya cien mil. De estos cien mil, veinte mil habían germinado. De estos veinte mil, él consideraba que todavía se perderían la mitad, por causa de los roedores o por cualquier otro designio de la Providencia imposible de predecir. Quedarían entonces diez mil encinos que podrían crecer en este lugar donde antes no había sobrevivido nada.
Fué en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solía tener una granja en las planicies, donde había vivido la mayor parte de su vida. Había perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su perro. El había juzgado que este país se estaba mueriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a este estado de las cosas.
Viviendo yo mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar de mi juventud, sabía como acercarme con delicadeza a aquellas almas solitarias. Aún así, cometí un error. Fué precisamente mi juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda por felicidad. Le comenté que dentro de treinta años estos cien mil encinos serían majestuosos. Me respondió con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habría plantado tantos otros que estos diez mil serían tan sólo como una gota en el mar.
Él había comenzado también a estudiar la propagación de las hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero donde crecía los arbolitos. Los sujetos que había protegido de sus corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera, estaban creciendo hermosamente. Él estaba considerando plantar también algunos abedules que serían muy convenientes para las partes bajas de los valles, donde aclaro que había en estado latente un poco de humedad que se extendía sobre la superficie del suelo por algunos metros.
Al siguiente día, nos separamos.
Al año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de infantería apenas y podía pensar en árboles. A decir verdad, todo este asunto no me había dejado ninguna impresión. En lo personal la considere como un hobby pueril, como una colección de timbres y la olvide.
Al terminar la guerra me encontré al frente a una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo aliento. Fué así que retomé el camino hacia aquellas tierras desérticas.
La región no había cambiado. Sin embargo, más allá de ese poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina grisácea que convergía en las alturas de las colinas como una alfombra. A partir de ese momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez mil encinos, me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente.
Había visto morir a mucha gente durante esos cinco años de guerra, pero no me podía imaginar de ninguna manera la muerte de Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte años piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que morir. Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Había cambiado la materia de su interés. Ahora sólo tenía cuatro corderos, pero tenía un centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos porque amenazaban los retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su labor de cultivador de árboles imperturbablemente.
Los encinos de 1910 ahora tenían 10 años y eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podía hablar más. Pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque. Estaba divido en tres secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto más ancho la sección era de tres kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo esto había florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin ningún avance técnico en su herramienta, comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de el de la destrucción.
Él había perseguido su ideal, prueba faciente de ello era que las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido tan lejos como la vista podía alcanzar. Los encinos eran ahora robustos y frondosos, habían ya pasado la edad en la que estaban a la merced de los roedores y en cuanto a los designios de la Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitaría de un ciclón. Él me mostró sus admirables parcelas de abedules que databan de cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo tuve que estar combatiendo en Verdún. Él los había plantado en las partes bajas del valle, donde había sospechado, con justa razón, que había humedad justo a flor de tierra. Eran tan tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos.
La creación estaba en el aire, por doquiera, se veía como la sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo. Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres, habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos tristes poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.
El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para vivir.
Realmente la transformación había tenido lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalíes habían constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podría imaginar que en estos poblados y administraciones, que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime?
A partir de 1920, no dejé pasar más de un año sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo ví decaer, ni dudar. A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para obtener el éxito en su empresa fué necesario superar muchas adversidades y luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año había logrado plantar diez mil arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso, decidió abandonar los arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor esplendor que los encinos.
Para tener una idea más precisa del carácter excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de su vida había perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no había visto la necesidad de hacerlo?
En 1933 recibió la visita de un guardia forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque "natural". Fué la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que había visto crecer este bosque por sí solo, de manera espontánea. En este tiempo él estaba pensando en plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y venir de ese sitio, - ya que para aquel entonces él contaba ya con setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita de piedra en el lugar mismo donde se encargaría de plantar los árboles. Esto fué lo que hizo al año siguiente.
En 1935, un verdadero delegado de la administración vino a examinar "el bosque natural". Había con él un personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera a hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza de estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercía sus poderes seductivos incluso en el mismo diputado.
Yo tenía un amigo entre los directores del departamento forestal que estaban en la delegación. Le explique lo que para él era un misterio. Un día de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del sitio donde se había realizado la inspección anterior.
Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí. Él conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer en silencio. Le ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como regalo; dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna palabra, en la contemplación del paisaje.
La ladera donde estábamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913: un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad de las alturas, la frugalidad, y sobretodo la serenidad de su alma le habían dado a este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas más él habría todavía de cubrir con árboles.
Antes de partir, mi amigo hizo una simple sugerencia concerniente a algunas especies de árboles para las que el terreno parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo. A una hora más de camino, - esta idea se le había fijado en su pensamiento, y entonces agregó:"Él sabe mucho más que todo el mundo". Él había encontrado un motivo para sentirse orgulloso y feliz.
Fué gracias a este capitán forestal que no solamente el bosque fué protegido, sino que junto con él la felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la protección de los territorios. Los ubico de tal manera que permanecieran indiferentes a cualquier cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer como soborno.
La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues nunca había suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinos de las parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo o camino que no resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compañía decidió pronto abandonar esta extracción. El pastor no vió nada. Él estaba a treinta kilómetros del sitio, y continuaba pacíficamente con su labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo había estado por la guerra de 14.
Ví por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había retomado de nueva cuenta el camino del desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo había dejado como legado la guerra en esa región. Había un carro que hacía la ruta entre el Valle del Durance y la montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido medio de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude reconocer el lugar de mis últimas visitas. Me pareció también que el trayecto me hacía pasar por lugares nuevos. Me ví obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar bien seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto en ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons.
En 1913, en este pequeño caserío había diez o doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Física y moralmente, ellos parecían hombres prehistóricos. Eran devorados por el contorno de las paredes de las casas abandonadas. Su condición era de total desesperanza. Parecía que sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una condición que claramente no los predisponía a cultivar ninguna virtud.
Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre los árboles del bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua que circulaba hacía un verdadero pozo. Ví que habían construido una fuente, y que había abundante agua en ella; lo que me estremeció más es que junto a esta fuente habían plantado limoneros que tenían por lo menos cuatro años y que ya habían crecido gruesos. Eran un símbolo de la indisputable resurrección.
Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La esperanza había retornado. Habían limpiado las ruinas, habían tirado las paredes rotas, y habían reconstruido las cinco casas. El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluía a cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y flores, coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde cualquiera estaría encantado de vivir.
A partir de este poblado seguí mi camino a pie. La guerra de la que a penas estábamos saliendo, no nos permitía más que reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su tumba. En los flancos de las montañas ví campos verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podía ver algunas praderas que reverdecían.
Nos separan ahora ocho años desde que ví a toda esta región florecer con una suave ligereza que resplandecía de verdor. Los despojos de las ruinas que había visto en 1913, ahora mantenían granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de lluvia y nieve que ahora podía ser alojada y retenida por los bosques; el agua volvía a correr recuperando su ciclo natural. Parte del agua se había acanalado. Bordeando a cada granja había arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde la tierra era muy cara llegaron a establecerse, trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura. Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien nutridos, jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado el gusto por las fiestas de la campiña. Si reencontramos a la antigua población, ahora veremos que es irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a Eleazar Bouffier.
Cuando reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos físicos y morales fué suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Cannan, me doy cuenta que a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago un recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y la grandeza de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo como materializar una obra digna de Dios.
Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.
No sé si es más fuerte la imagen de su cuerpo, o su palabra. En esta mirada ausente, aún pudo esculpirse su figura, a golpe de cinceladas tenues y profundas.
Lejos, rompe las capas de distancia para, de una forma u otra, acercarse a mi pensamiento.
Hay un mundo imaginario grabado con sus caricias, donde todo arde, donde la aventura ocupa todo instante.
No he de profanar su mirada, ni su templo, pero le rozaré el aura en cada sueño, intentando en vano acercarme a su piel.
Su voz ocupó un espacio donde alienta mi quimera, y aviva el deseo de lo incierto.
Sus manos, suavemente, rozan el recinto sagrado.Son antorchas en esta noche tan mía, y guian mi camino que no se dirige a ninguna parte.
No me hace falta esperanza para hacerte presente, si solo pido estos instantes de contemplación.
No hay desventura en lo imposible, en el tenue aroma que solaza el corazón.
En su melodía se hace un divino viaje por los mundos mentales, donde se recrea uno en las diferentes partes sensibles de nuestro ser. Recorre cada gruta, explorándolo todo, despertando cada rincón dormido que se abre a la vida.
Fugaces momentos en los que aflora el sentimiento dando vida a toda articulación. Alas que transportan al olvido del dolor, creación que eleva al misterio del universo.