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Sakkarah

Mis cuentos y relatos.

Pendía...

Pendía...

Autor de imagen: Luminatii

Pendía del cielo siempre un hilo negro que la precedía. Era la venganza que nunca acababa de perpetrarse, y viajaba delante en un amago continuo. Atrás una sombra alargada que se prolongaba hasta traspasarla.

 

La desesperación la había embotado hasta perder el sentido de las cosas. Avanzaba entre la nube gris como una autómata sin conciencia. Todo lo ocupaba el silencio, y en el todo se ponía al acecho, como si las falta de sonido organizara la desgracia.

 

Sus pasos llevaban el compás de la desesperanza. Por sus largos cabellos se resbalaba el recuerdo. El pasado soltaba chispas al caer contra el asfalto.

 

Nadie la echó en falta cuando se perdió al atravesar el umbral que llevaba a la perdición.

 

Sakkarah

Ella...

Ella...

 

Ella amaba y recordaba, llevaba consigo su amor callado. En las ocasiones que algún lamento se escapaba, o un suspiro, aparecía un enano que estrangulaba los recuerdos.

 

No daba crédito a lo que sus ojos veían, pero era cierto. El gnomo se comportaba de manera feroz, pues no le ahorraba la desagradable experiencia de retorcerles el cuello ante ella; y los recuerdos sangraban. En un principio protestaba, pero el gnomo crecía en crueldad, por eso ella iba acallando la voz.

 

Llegó un tiempo, que temía recordar, no quería ver como perecían asesinados, prefería dejar la mente vacía, para que no se escapara ninguno. De esa manera el gnomo no podría asesinarlos.

 

Una mañana, se sentía distinta al despertar, no sabía que era lo que le sucedía, hasta que cayó en la cuenta de que ya no tenía recuerdos, nada le ataba al pasado. El enano ya no podría manchar sus manos de sangre, no podría seguir estrangulándolos.

 

Había quedado en su alma un vacío, y tomo fuerzas, al levantar, con la decisión de llenarlo.

 

Sakkarah

ya están las mesas...

ya están las mesas...

Ya están las mesas preparadas para la cena en palacio. Todo está en orden en sus inmensos jardines.

Han sentado a una harapienta a la diestra de los reyes, y no estando aún bien servido, había devorado su plato de pasado. No ha quedado nada, pues su estómago no será capaz de retenerlo, todo se digiere.

Mientras los comensales la miran atónitos, sorprendidos por su rapidez, entra en escena el gran príncipe. No se le ha esperado para el primer plato, y viene reclamando lo que ya no existe. Quería dar su aliento para que todo pudiera ser digerido con rapidez, pero la harapienta con todo había acabado.

El empacho hace que el estómago haga sonar su ronca voz, y el príncipe intenta pedir cuentas por el aire. Las horas perdidas en sus escarceos mundanos, no le dejaron ver que las letrinas todo lo habían absorbido.

Sakkarah

Nunca...

Nunca...

Nunca pudo ser capturado el sol en la noche y, como un gato negro, perseguía la luz. Sólo era una farola, y perdió su tiempo cuando podría haber estado haciendo arrumacos con la luna para verse argentada.

 

Con un lazo fue recogiendo los planetas, hasta ponerlos en la mesa de billar. Cuando la tierra caía por la tronera, se oían gritos al perder el equilibrio. La hacía entrar una y otra vez pues, mientras asustados creían que caían, no se atrevían a coger las armas. Así se divertía  hasta marearse, pues siempre iba sujeta a un mapa de su planeta azul. Era difícil darse la tacada a sí misma, pero no imposible.

 

En un amanecer violeta volvió la paz. El tiempo siempre llegaba tarde…

 

Sakkarah

En el repiqueteo...

En el repiqueteo...

En el repiqueteo de las gotas están los olvidos, y calle abajo corren perdiéndose, inalcanzables.

 

Las piedras se visten de brillo con los recuerdos, pero siendo como son, duras, se hacen impermeables.

 

La luz refleja en los vacíos, resaltando la hermosa soledad de todo principio. Un rayo atroz y calculado, había carbonizado todo lo viejo, y sólo queda  la alternativa de renacer.

 

El hielo se hace paso entre soles hasta quedar acurrucado en un apacible rincón, donde sus rayos desleirán con delicadeza su escasa resistencia, y hecho agua, libre, jugará con la tierra; se filtrará por ella, descansará en espacios hermosos, y reflejará toda expresión que se asome a ella.

 

Sakkarah

De la mirada...

De la mirada...

De la mirada saltan ríos de misterio, el desconocimiento de toda una vida, de tantas actitudes que nos llevan a buscar más allá, como si quisiéramos ir tirando de un hilo dorado para atravesar al otro, a su ser más íntimo, a su yo.

La curiosidad nos anima al trato, y nos hace sentir sed de su palabra, o sus gestos. Nos subyuga el misterio, y le confiere poder sobre nuestro pensamiento. Nos invade.

Los movimientos se hacen danza, y la voz música. En giros apasionados el otro nos envuelve y enamora.

Sakkarah

Me he hecho...

Me he hecho...

Me he hecho unos peldaños de ladrillo para asomarme al mundo. Desde aquí, al ser todo un poco más pequeño, he perdido los miedos. Puedo admirar cada cosa despojada de su grado de suntuosidad, y así me gustan más, pues adoro lo sencillo.

Freno mi impetuosidad para tocar cada estrella, quiero que mis caricias sean leves para no apagar su luz. En el centro, como si fuera el ombligo del mundo, veo un círculo donde están mis amigos y las personas que quiero. Intentaré trasladarles lo que necesiten, aunque me pueden llamar la atención, ya que el mundo es como unos grandes almacenes, y puede que no me permitan toquetear las cosas. De todas formas, captarán mejor el sentimiento al enviárselo desde estas alturas donde hay cosas que me dan vértigo.

Es triste cuando a la llamada de atención del color rojo, he acudido a ver de qué se trataba, dándome cuenta que era una sangrienta guerra. Veloces mis dedos han despojado de todas sus armas a los soldados, y las soltaron al abismo. De todas formas son como marionetas llevadas a enzarzarse cuerpo a cuerpo. Sus dirigentes no deben saber dialogar. El poder es una cinta que ciñe sus cabezas haciéndoles olvidar el gran servicio que puede dar la palabra. El dinero es un saco pesado que da de lleno en su humanidad desintegrándola.

Mis manos son frágiles ante los terribles sacos, y las cintas compresoras. No sirven para

desintegrar esa cadena de terror; pero las mantendré separadas de los sacos, no tocarán cinta alguna. Blanco será el color que las vista, quiero la piel impregnada de ternura.

Sakkarah

 

Los cardos...

Los cardos...

Los cardos iban arañando sus piernas, pero eso no se oponía a la felicidad de sentirse libre y leve en sus andares sin camino.Con el aire frío sobre su cara, y tierra y hierba bajo sus pies, en amalgama obligada por el abrupto terreno.

No deja el pasado de llegar una y otra vez a la mente, pero una puerta de escape le hace vivir el presente, a pesar de todo. Ha hecho borrón y cuenta nueva, y ni el futuro tiene poder sobre ella.

La laguna que ha formado el agua en sus arrebatos, hace de espejo a una sonrisa feliz. Su quietud recuerda la sensibilidad del aire, que pasa lento y acariciante. Un tímido rayo de sol se mira en el agua. Quizá, asustado de su belleza, no se deja ver en todo su esplendor.

Las espinas marchitas y secas habían caído del corazón, todas la heridas se mantenían cerradas en un hermetismo reparador y blindado.La ceguera había dado paso a una nítida visión de las cosas. En la pupila se reflejaban claros los sucesos. En sus ojos asoma la humedad a que dio paso el sinfín de emociones felices.

Hoy la vida se muestra amable y amistosa. Se ha reconciliado con ella, y tira de ella por caminos agradables.

Sakkarah

Saqué...

Saqué...

Saqué mis palabras del lodo. Poco a poco iba limpiando cada letra, y metiéndolas en el cesto. Cuando hube completado la tarea, cogí la vereda de nuevo, hasta llegar a casa.

 

Estaba algo cansada, porque la labor había sido ardua. Ahora me quedaba pasarlas por el fuego, pero temía que una sola letra envenenada fuera capaz de dirigirse a mi mente, y darle muerte a los hermosos pensamientos que allí se posaban. Por eso, a pesar del cansancio, me puse manos a la obra, y en la sartén metí una moneda de plata. Si se ponía negra, delataría una letra venenosa.

 

Yo sabía de gente que adolecía de ceguera a raíz de haber probado una letra tóxica; por eso merecía la pena practicar ese método de criba.

 

Llegada la noche me sentí contenta, pues la moneda no había cambiado su color, y yo había podido por fin descansar. Hice una tortilla de palabras, tan buena, que me levantaba suspiros. ¡Cuál no sería mi sorpresa, cuando nada más acabar, entré en un sueño profundo e inquieto! Estaba en sitios desconocidos y felices, un mundo diferente que tenía visos de realidad. El amor era como un pasaporte del que nadie se podía desprender, y allí no había ninguna situación triste. Las aventuras eran misteriosas, arriesgadas, e intensamente alegres. Una mano amada tiraba de mí llevándome por lugares insospechados que me mantenían sorprendida continuamente.

 

No se agotó el tiempo, había dejado de existir, y jamás tuve que volver a aquellos lodos que todo lo ensuciaban. Por fin la vida me había ofrecido la dicha de vivir continuamente enamorada.

 

Sakkarah

Corre...

Corre...

Corre su vista por las páginas, mientras cada escena la desarrolla en otro plano. Allí, la fantasía se hace un espacio real, un mundo paralelo, que no por ello menos cierto.

 

Los tambores suenan llamando a filas. Hay que penetrar por la roca del misterio, de uno en uno, pues cada cual visitará un mundo diferente.

 

Un bobo se ha colado por un muro equivocado, no traspasó el peñasco, y se coló al vacío. Aún se oye el sonido de un descenso en picado, y parece que no tiene fin. Y es que en el vacío todo hace ruido, hasta el pensamiento de un memo. A las hojas de su libro se le han desprendido las letras, que cayeron a plomo sobre la cabeza de un chorlito. Las páginas, vacías, vuelan desoladas, sin saber que manos las volverán a llenar de sueños.

 

Abajo, un avinagrado espera para poder pillar una cuartilla en blanco, quiere rotularla con palabras de hiel, y se hace a un lado por si el bobo le salpica en la caída. Piensa que puede soltar una carcajada que transforme su boca hierática, tensa…Eso lo estropearía todo, haciendo del momento algo dulce, o afable. Y es que estos memos son peligrosos, pues su ignorancia los suele hace dichosos.

 

Arriba, un asno rebuzna asustado. Ha estado en un tris de caer, y no quiere morir ahogado en un charco de letras.

 

Impacientes, todos siguen guardando cola para penetrar la peña, ¡qué lento se hace adquirir un sueño!

Sakkarah

Era curioso...

Era curioso...

Era curioso ver aparecer y desaparecer ese coche entre las nubes. Yo miraba al cielo, esperando que parara, para ver apearse a su conductor. Sentía una curiosidad extraña, movida por un sentimiento que me rondaba el estómago creándome inquietud.

 

En su tono verde oscuro se reflejaba una luz misteriosa. Sus matices de alumbrado no se correspondían con los procedentes del sol. Quizá otras estrellas más lejanas le utilizaran como espejo, y con ello lograban que mi pupila fuera presa de un imán poderoso que no me dejaba apartar la vista.

 

De manera repentina, todo el cielo se convirtió en una antorcha, como si millones de lanzallamas se aunaran para cubrirlo. Casi podía apresar el fuego entre mis dedos, pero no sentía calor. Presentía que iba a recibir una impresión demasiado intensa, y sentí miedo. Quise volver a ver el entorno donde minutos antes me encontraba, pero me resultaba imposible.

 

El fuego se fue convirtiendo en humo algodonoso y claro, que dejó una sombra en el centro. Era la silueta de un hombre. Al corazón, que había quedado atenazado, no le hizo falta que se despejara el enigma.

 

En la bóveda misteriosa, había quedado escrita la palabra eternidad, y yo soy cautiva de su imagen por siempre.

 

 Sakkarah

Después...

Después...

Después de formar parte de la luz, o de una estrella, seguí andando. Iban cayendo las capas de ese cielo, y me adentraba en lo desconocido. Allí, una potente luz artificial, una falacia de sol, me tenía entretenida hasta que los plomos se fundieron.

Conocí la noche que no tiene estrellas, ni luna. La que no tiene tonos plateados por los que pasear. No era la noche de los ciegos, pues no sentía la belleza. Era una noche cavernosa y triste.

Y seguí andando, porque uno no puede parar. Se agrietaron las paredes del encierro, y una luz tenue penetraba. Esta vez eché a correr para poder encontrarla. Salí, porque de todo se sale; el día estaba nublado, pero las nubes corren como yo, y sé que dejarán paso al sol.

Sakkarah

En los arroyos...

En los arroyos...

Autor imagen: Lilya Corneli

En los arroyos secos queda escondido el pasado. Los días van atusando cada piedra, y el aire pule sus aristas. Lo mismo le sucede al pensamiento.

 

De manera extraña todo se acerca, y cada pieza va ocupando un lugar en tu vida. Sólo hay que vivirlo con intensidad. La bruma acaba con el pasado, lo envuelve, lo pierde, y se aleja haciendo paso a la poderosa luz.

 

La razón y el corazón se disputan las horas. Se aúnan y separan a su antojo, revolcándose, a veces, en pequeñas escaramuzas.

 

La mente hace de vigía, desde lo más alto, oteando el discurrir de los sucesos. El corazón atento escucha sus noticias, y guarda silencio.

 

Sakkarah

Thor

Thor

El es fiel, pero gasta malas pulgas. Es cariñoso y arisco. No me deja sola nunca, siempre anda a mis pies, siempre me espera en las noches hasta el último momento; sin embargo, no permite que le acaricie cuando me está pidiendo algo y no se lo doy. Si roba algo, nadie se puede acercar a el, pues no sólo gruñe, sino que muerde. No creo que muerda con toda su fuerza, pero sí hinca los dientes. Otra cosa que no consiente es que le molesten cuando está en su sueño más profundo, pues…saca a pasear la dentadura también.

 

Entiende todo lo que se habla, palabra por palabra, estoy convencida de ello. Cuando pido que le saquen, aunque lo diga de mil maneras diferentes, el se prepara corriendo para ello. Debe pensar que soy yo la que mando, porque cuando quiere algo y no se lo dan, enseguida viene a pedírmelo a mí para que vaya a convencerles; es un llorón.

 

Es guardián hasta la médula. Ladra hasta asustar cada vez que alguien viene a casa; pero lo que sí hay que cuidar, y aún no puedo comprender la razón, es cuando quien ha entrado se va a ir. Entonces no duda en morder. Es como decir: “El que entra aquí, no sale”

 

A pesar de sus ya 13 años, sigue destrozando ropa. Lo hace como una forma de llamar la atención, y cuando se pone nervioso de alegría por nuestra llegada. Entiendo que está maleducado, que a veces tiene mal carácter, pero no podría prescindir de el. No quiero pensar el día que me falte…

Sakkarah

Encallado...

Encallado...

Encallado quedó aquel velero viejo, agotado.

 

Surcó el mar desgastándose, hasta ser esqueleto de naufragio. Arreciaba la tristeza amarrada al viento, sacudiéndolo, en zarandeos tenaces, y el, bizarro, intentaba sostenerse.

 

Por tripulación sólo llevaba el amor dormido siempre en cubierta, expectante de un horizonte muerto, producto de una quimera.

 

La traición fue el sabotaje contra una nave aterida de ternura, y hoy hecho tablas, duerme el velero junto a una isla desconocida. Los sentimientos que llevaba por enseres, yacen en el fondo de ese océano misterioso. Quizá hayan quedado anudados a un arrecife de coral.

Sakkarah

El aire...

El aire...

El aire está en calma, y un camino me dirige a esa hondonada frondosa con sus tonalidades de otoño.

 

Arriba, como si fuera su dueño y señor, el viejo castillo la mira vigilante. Una mirada fantasmal siento en la noche, mientras un búho, escondido, se ríe de mis miedos.

 

Hoy estaba triste el atardecer junto al río. Mecía las hojas la brisa, y su sonido traspasaba el alma. La melancolía lo invadió todo, y no había recuerdos que evocar, ni sueños acordes para vagar por ellos. Sólo el silencio invadió mi ser, hasta que el miedo se hizo paso con la oscuridad de la noche.

 

Amanece en la alegría serena de la naturaleza. Los ojos del castillo se hicieron amigos de mi pena. Hoy sólo soy presente, y me aventuro en este paraje que me envuelve e invita a aposentarme en él. Sobre un risco, sentada, escucho las aves, y el agua. Me pierdo en esta inmensidad dejando pasar las horas.

 

Es el lugar que he elegido para posar mi mente, y en el me detengo.

Sakkarah

En una rama...

En una rama...

 

En una rama me columpio dejando pasar el tiempo. Es divertido sentir como te azota el viento. Todo se calma, el sentimiento duerme, descansa.

 

Me adentro en el corazón del bosque, donde siempre acude en mi auxilio la fantasía. Hadas, brujas, gnomos, luciérnagas, tiran de mí. Me llevan al rincón más verde, y me hacen sentir libre. Saben que los sentimientos atan, y desenredan el amor que va liado a mi vida.

 

Los búhos asustan a los fantasmas que me rondan, y la luz de las estrellas los desintegra.

 

Una vez que todo está en calma, es hora de danzar…

 

Sobre el río.

Sobre el río.

 

Sobre el río duerme la sombra, y los lirios se esconden a su orilla. Pasa la tarde con el sol vigilante. El agua corre rumorosa, ocultando sus secretos en las terrosas cuevas de su orilla.

 

Un amor ahogado se mece en la superficie, nadie repara en su agreste forma de flor marchita. Sus azules son tenues y asfixiados. Pálidos yacen sus amarillos, que corren hacia el mar para hacerse plancton dispuesto a ser devorado.

 

La noche llega negra, con sabor a ausencia, y loca, todo lo recorre sepultando los soles, engullendo la luz. Ha llegado el silencio a adueñarse de las madreselvas.

Sakkarah

Sobre una pared...

Sobre una pared...

Sobre una pared rugosa empezó la historia. El lenguaje de las manos, de la mirada que lo escruta todo. El hombre necesitaba reflejar su sentimiento ante las cosas.

 

Eran otros ritmos los que marcaban su felicidad, pero no por ello estaba abandonado de la sensibilidad. Cada figura agreste hacía huella en su corazón, cada golpe a la piedra hacía eco en su alma. Su mirada, fija en el horizonte, no podía adivinar el hoy; pero una semilla de ese gran sueño se gestaba entre sus venas.

 

Velaba a sus muertos apuntalando un menhir alargado como el anhelo de la infinitud. A edad temprana, ya la vida se le presentaba caduca, pero no por ello dejaba que ensombreciera su quimera, a la que daba el nombre de eternidad.

Sakkarah

En la palabra...

En la palabra...

Autor de la imagen: LischkaTamara

 

En la palabra te enredabas en mil formas, y crecían los montones de las cenizas muertas. Adorabas a una diosa ajada, un bicho de mil cabezas.

A tu paso no reparaste que yo estaba en el suelo, y al ras del asfalto quedé invisible, aplastada por tu pie. Llovía azufre sobre mí, el babeo de las lenguas de tu diosa salpicaba el alma.

Tus letras tomaban el rumbo de los títeres. Los hilos te sujetaban haciéndote bailar. Y yo me extendía en sentimientos aislada en la soledad oscura donde quedé esperando. Y esperaba la nada. Hoy he abierto tu corazón, he mirado y está vacío. En tu mente una actividad fatal de desenfreno. Una rueda giratoria de sexo sin color, sin norte. Una fijación que sólo será colmada en las mil y un cabezas del monstruo de azufre.

Sakkarah