Neko

Sakkarah

Romanticismo

Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2008.

Resumen

Leí...

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Leí que alguien decía que somos flores y estamos llamados a aromar la tierra...¡Se necesita fe! Yo aún tengo un poco, pero no tanta como para pensar que somos flores. Casi se podría decir que ni aun a cardos llegamos muchas veces.

Lo que si es cierto, es que la mayoría de nuestras dolencias provienen de nuestro carácter, de nuestras acciones. No estar en paz con nosotros mismos, ni con el resto, genera una serie de molestias importantes. Incluso la mayoría de los llamados virus, no son otra cosa que la consecuencia de nuestro mal estar.

A veces quisiera recuperar parte de esa fe que ya perdí; pero es mejor que tenga menos, porque a la ingenuidad le llueven estacazos. De esta forma, al menos, los espero.

Sakkarah

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01/08/2008 23:14 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis charlas. Hay 15 comentarios.

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02/08/2008 23:21 Autor: sakkarah. #. Tema: Imagen Hay 8 comentarios.

Me gustan...

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Me gustan las historias de naufragios, tengo la sensación de que pertenecen al mundo de los sueños. Al leer sobre ello, la imaginación enseguida vuela a sus últimos momentos, o a sus fastuosidades de a bordo cuando iba en calma.

Leo lo de El cisne negro, y la dispu.ta de la empresa de Estados Unidos con España. Aunque el barco no era español, transportaba en su gran mayoría dinero nuestro, la paga de los soldados españoles que estaban en Flandes. Además ha sido encontrado en aguas Españolas. Este barco había repostado en Cádiz. Se hundió en 1.641 y su nombre verdadero era Merchant Royal.

Murieron 18 de sus hombres de los cuales...nada quedará, quizá su espíritu por las aguas, o a lo mejor quedaron alojados en el corazón de las sirenas, quien sabe.

La embarcación dicen que portaba 100.000 monedas de oro, 400 lotes de plata mexicana y 500.000 monedas de plata. Parte pertenecería a España. Imagino los pobres soldados de Flandes pasando penurias, por el retraso de sus sueldos.

Tiene que ser una pasada ser submarinista, y ver aparecer los lingotes de oro y plata, además de otros restos; pero a la vez, tendría un miedo terrible a perder el aire y ahogarme allí. Aunque quien sabe si alguno de los que perecieron de la tripulación vendría a tomarme de la mano para llevarme con él...Me lo imaginaré guapo.

Sakkarah

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02/08/2008 23:28 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis charlas. Hay 11 comentarios.

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04/08/2008 10:52 Autor: sakkarah. #. Tema: Imagen Hay 6 comentarios.

¿Cuánto...?

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¿Cuánto dura un sueño?

En mi...un instante. Escuchar una música, cerrar los ojos, imaginar una persona, y yo en sus brazos. Después, con miedo, abrirlos corriendo. Sí, con miedo a perderme en un sueño irrealizable.

Siempre tuve facilidad para soñar, la misma que tuve para cargarme los sueños. Imagino que para todo hay que tener arte, y yo, a pesar de mi edad, aún voy en el camino de encontrar para qué lo tengo.

No pasa nada, unos persiguen una meta, yo persigo encontrar la fórmula de hacer las cosas como se deben hacer.

Y es que perseguir, se pueden perseguir tantas cosas...Unos persiguen conejos, otros saciar su sed de sangre, otros juzgar al resto, otros descargar en los demás sus frustraciones...Podríamos seguir nombrando eternamente.

Me quedo con una música, y un torso para apoyar mi cabeza.

Sakkarah

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04/08/2008 22:53 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis sentimientos Hay 10 comentarios.

Canto al amor.

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El amor navega sobre las olas del tiempo

y navega sobre el olimpo de nuestras vivencias.

El amor se transforma en ese efímero instante

que penetra en el tic-tac de los segundos.

El amor no es ocurrente ni pasajero,

es audaz en su supervivencia.

El amor surge de sus aplastantes reveses

desafiando sus propias contradicciones.

El amor no se apaga como una luz,

brilla como un astro en el centro de la existencia.

El amor es la fiebre espiritual sin medicinas

ni diagnósticos.

El amor es eterno en su procreación

abriendo todas las páginas.

El amor es entonces la cárcel de nuestros

deseos, la libertad de nuestra imaginación,

es toda nuestra gloria resumida en un acto,

es ya el momento cumbre de la vida hecha

resignación detrás de su eco.

Ali Salem Iselmu

                                                                     

 

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05/08/2008 10:01 Autor: sakkarah. #. Tema: Escritores y poetas. Hay 6 comentarios.

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05/08/2008 10:09 Autor: sakkarah. #. Tema: Miscelánea Hay 7 comentarios.

Sin mochila.

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Sin mochila, con su falda mejicana (llena de lentejuelas) como único equipaje, y la blusa resbalando por sus hombros, hace el camino de tierra. Ha crecido su pelo, que cae suelto por la espalda. Allí al frente, asomándose a sus ojos, el arco iris. Sabe que esta vez va a conseguir trepar por el, y con sus pies, trenzará una melodía con los siete colores.

No necesita compañía para el viaje, la brisa camina a su lado, tiene los mimos del sol que nunca deja de abrazarla.

Atrás van quedando las casas, ahora se suceden los árboles, mientras el bosque la acoge. Sus pies avanzan ligeros, sin dejar huella. La que antes era ignorada, ahora se tornó invisible. No cualquiera podrá apreciar el brillo de las lentejuelas de su falda.

Sakkarah

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06/08/2008 20:27 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis sentimientos Hay 9 comentarios.

Volamos

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 Como puesta ante un apacible e inofensivo misterio, que puede serlo, con ganas de hablar, que a mí me faltan, me cuenta de su gato.
   Es, sí. Claro que es; pero... Ante todo, como es huérfano, recogido por compasión, se ignora su ascendencia. Es gato y le agrada el agua. De las acequias no prefiere los albañales, sino la corriente barrosa. Se lanza acezante, pisa fuerte y salpica: hunde las fauces y hace que toma, pero no toma, porque es de puro goloso que lo hace. Puede pensarse que no es un gato, que es un perro. También por su actitud indiferente en presencia de los demás gatos. Pero es que asimismo se limita a observar desde lejos a los perros y ni siquiera se enardece frente a una pelea callejera. Como al emitir la voz desafina espantosamente y además es ronco, no puede saberse si maúlla o ladra.
   Hago como que me asombro. Pero no abro la boca, porque de preguntar o comentar me preguntaría por qué pienso así y tendría que explicar y complicarme en un diálogo. Empero ya no me habla: se habla. Revisa lo que sabe y quiere saber más.
   Es gato y le gusta el agua. Eso no autoriza a concluir que sea un perro. Ni siquiera está la cuestión en que sea perro o gato, porque ni uno ni otro vuelan, y este animalito vuela; desde hace unos días se ha puesto a volar.
   Yo espero que me pregunte si creo que se trata de una brujería. Pero no; al parecer, no cree en eso. Yo tampoco; aunque lo pensé. Mejor dicho, pensé que ella lo pensaba. Pero no.
   ­¿No te maravillas?
   ­Sí; seguramente. Me maravillo. Cómo no. Me maravillo.
Podría maravillarme, cómo no. Pero no. Puedo maravillarme porque el gato-perro vuela. Pero es que no sólo hablo. Estoy pensando. Pienso que ella supone que he de maravillarme porque lo que creyó era gato puede ser perro o lo que puede ser gato o perro puede ser un ave o cualquier otro animal que vuele. Debiera maravillarme porque, lo que se cree que es, no es. No puedo. ¿Acaso me maravilla que tú no seas lo que tu esposo cree que eres? ¿Acaso me maravilla no ser lo que mi esposa cree que soy? Tu animalejo es un cínico, nada más. Un cínico ejercitado.

Antonio Di Benedetto

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07/08/2008 15:26 Autor: sakkarah. #. Tema: Cuentos. Hay 5 comentarios.

Hoy...

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Hoy me vienen a la cabeza una serie de preguntas:

¿Somos objetivos?
¿Somos ecuánimes?
¿Somos iguales? (esto va por los derechos de igualdad)

Creo que algunas personas si son más objetivas que otras, aunque la objetividad sea relativa porque vemos las cosas desde nuestro prisma. Pero, hay personas con talante abierto, tolerantes; y hay otras cuadriculadas y fanáticas.

Para ser ecuánime, hay que tener un poco de psicología con las personas, y entender sus por qué. No hay que dejarse llevar por los sentimientos a la hora de serlo. Se puede ser ecuánime; pero...también con reservas, porque no siempre se puede uno vaciar de los cariños.

No somos iguales, eso es evidente; pero creo que si se pueden dar unas directrices de igualdad, unos patrones que se ajusten a las necesidades de la mayoría. En lo que sí nos igualamos siempre, y creo que no hay que olvidar, es como personas, como seres humanos. Esto sería para desarrollarlo mucho más, por supuesto.

Lo que si creo es que de las desigualdades que existen en el mundo, nadie tiene la culpa, sino nosotros mismos, el hombre. Hay en el mundo lo suficiente, para que todos vivamos con dignidad; pero...Hay ciudades como Dubai, y personas que la habitan.

Sakkarah

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08/08/2008 17:01 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis charlas. Hay 11 comentarios.

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08/08/2008 17:03 Autor: sakkarah. #. Tema: Imagen Hay 5 comentarios.

Cosa de brujas.

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Espero que me disculpéis, porque esto es un lío.

Resulta que abro donde ponen comentarios, y algunos no los veo. Como se me avisa en el correo, yo estoy respondiéndolos; pero me acabo de dar cuenta de qe todos los que respondo se van a un escrito antiguo sobre los gatos...

Anaktub, te respondí a varios, y todos se fueron allí, jajajaja.

Hay brujas en el blog.

 

09/08/2008 21:48 Autor: sakkarah. #. Tema: Miscelánea Hay 2 comentarios.

María Cristina de Borbón.

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María de Cristina de Borbón y Fernando VII se casaron el once de diciembre de 1829, tras quedar ese mismo año Fernando, viudo y sin descendencia de su tercera esposa María Josefa Amalia de Sajonia. El tenía cuarenta y cinco años y un aspecto bastante deteriorado por lo desenfrenado de su vida. Ella con tan solo veintitrés estaba en la flor de la vida, y había aceptado con sumisión las presiones familiares que la obligaban a desposarse con su tío y dar los ansiados herederos a la corona española.

María Cristina de Borbón era la cuarta esposa de Fernando VII, pero la tercera esposa desde que subió al trono. Fue considera muy adecuada para mujer de Fernando, sobre todo por ser veintidós años más joven que él, quien debido a su edad tenía ya frecuentes ataques de gota. Se cuenta que supo encandilar con sus zalamerías al rey, dándole los ansiados herederos, aunque no fueran varones, ya que le dio dos hijas, Isabel y Maria Luisa Fernanda.

Las crónicas de la época recogen como, con anterioridad a la boda se produjo entre la princesa María Cristina de Borbón y el rey Fernando VII un carteo que hizo que ambos se conocieran un poco mejor. Parece ser que Fernando conocía bastante bien a la que sería su esposa María Cristina gracias a la hermana de esta, Luisa Carlota, casada con su hermano Francisco de Paula. Luisa Carlota parece que había hablado demasiado bien de su hermana y de lo complaciente que era.
La boda entre María de Cristina de Borbón y Fernando VII se celebró en la hermosa capilla del palacio de Aranjuez. Pero lo que pocas personas saben es que pese a la serenidad que demostró la joven María Cristina, el rey, Fernando VII no podía ocultar su ansiedad por ella, hasta el punto de no poder dejar de fumar. Cuentan además las crónicas que el maduro Fernando tan nervioso estaba que olía mal.

Según se aprecia en sus retratos, la joven reina María Cristina de Borbón era una mujer muy hermosa, con unos grandes ojos oscuros muy expresivos, que resaltaban mucho sobre su blanca tez. Cuentan que, en la última etapa del viaje que la llevaba a Madrid, eligió para vestirse un traje de amazona de un azul tan penetrante que, en su honor, y desde esa fecha se le dio el nombre de “azul cristino”.

Según recogen la crónicas, fue durante el recibimiento que el pueblo madrileño le hizo a María Cristina de Borbón, cuando se oyó entre el público la voz de un joven que gritaba: “Guapa, muero por ti”. Quizá fue un presagio de lo que años después sucedería, cuando miles de españoles morirían por defenderla a ella y a su hija Isabel durante las guerras carlistas.

Desconocido

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11/08/2008 11:02 Autor: sakkarah. #. Tema: Historia Hay 4 comentarios.

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11/08/2008 11:06 Autor: sakkarah. #. Tema: Imagen Hay 10 comentarios.

Una melodía.

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Una melodía en tono bajo, casi imperceptible, se esparce en al ambiente. No llegará a su destino, o el ruido silenciará su mensaje indescifrable a todo oído que no sea el suyo.

En ráfagas serpentea, impetuosa a veces, otras queda. Él, inmerso en su diario quehacer no la escucha. Imperiosa la palabra, indescifrable, soberana entre los aires.

Vocablos envueltos en una amalgama de silencios y caricias, dejados en libertad por unos labios derrotados.

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12/08/2008 01:30 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis sentimientos Hay 17 comentarios.

El cuerpo...

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El cuerpo es un armario lleno de pequeños cajones. Miles de emociones se guardan dentro: ira, alegría, incertidumbre, duda, amor, odio, asco...Los botones que hacen abrirlos son invisibles, y cada persona desde fuera toca uno diferente. Hay personas que tienen mando a distancia, y sólo tocan la ira, o el llanto. No todas son así, hay algunas con buen dedo.

Una mirada puede accionar mil botones. Tiene una fuerza inusitada. Un parpadeo puede borrar un sueño.

La nada es un armario cerrado a cal y canto.

Sakkarah

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13/08/2008 00:15 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis charlas. Hay 6 comentarios.

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13/08/2008 01:12 Autor: sakkarah. #. Tema: Imagen Hay 2 comentarios.

El destino...

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El destino lleva las alas heridas,
y en cada cumbre se posa para abrazar nostalgias.
La brisa llega silenciosa a acariciar sus alas.
Sigue su paso sin desvelar sus sueños.
Pequeños destellos de desesperanza adornan el cielo.

Sakkarah 16-3-08

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14/08/2008 00:20 Autor: sakkarah. #. Tema: Mi poesía Hay 4 comentarios.

Vivir tiene un precio.

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Vivir tiene un precio, la riqueza nos la da el valor.

En mis ojos navegas por mi vida. Pensándote me lleno de valor para afrontar cada instante. Sabias son tus palabras que me van dando fuerza.

Quiero llenar de deseo la piel de tus manos que recorre mi cuerpo. Hacer caminos sobre tu torso desnudo para llegar a tu alma. Soñarte con mi cabeza en tu corazón y dibujar pasiones contra tu cuello.

Instantes a tu lado, donde la vida se convierte en milagro.

Sakkarah

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15/08/2008 00:08 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis sentimientos Hay 6 comentarios.

La vida...

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La vida para algunos es igual a un regalo que se te hace, y cuando tú, ilusionado, lo vas a desenvolver, te dicen: no, ahora no, venga tienes que hacer esto, ya lo verás más tarde, y así se la pasan, como pidiendo permiso por algo que les pertenece.

Hay personas que se erigen en dueños y señores,con derecho a repartir los dones como buenamente les apetece. Lo peor de todo, es que tienen suerte y seguidores, al igual que personas que se lo consienten.

Deberíamos tomar la riendas, y no permitir que absolutamente nadie se atreva a dirigir un segundo de nuestra existencia; porque el que más o el que menos, en algunos aspectos, se deja llevar.

Sakkarah

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15/08/2008 23:58 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis charlas. Hay 8 comentarios.

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16/08/2008 01:32 Autor: sakkarah. #. Tema: Imagen Hay 4 comentarios.

Agua

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Agua, todo es agua ante mi vista, todo se diluye y pasa.

La naturaleza muerta queda grabada en el recuerdo.Desnuda, la vida reposa en el fondo de esta corriente que no para; pero ahí estás tú, en forma de pompa alegre, y esta sensación de mariposas colgadas de las ramas del tiempo.

Te miro, y respiro.

Sakarah

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17/08/2008 12:59 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis sentimientos No hay comentarios. Comentar.

Salomón y Azrael.

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Autor imagen: Marta Ferreira

Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.

Salomón le preguntó:

-¿Por qué estás en ese estado?

Y el hombre le respondió:

-Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!

Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:

-¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.

Azrael respondió:

-Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India?

Yalal Al-Din Rumi

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17/08/2008 14:21 Autor: sakkarah. #. Tema: Cuentos. Hay 3 comentarios.

La suerte...

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La suerte en la vida, depende mucho de las personas que uno conoce, porque para todo hay que tener padrinos. Unos trepan muy alto por su sociabilidad, otros, poco y con esfuerzo

Hay etapas que vamos superando casi sin darnos cuenta, y en ellas suele haber unos cambios basante sustanciales,aunque puedan pasar para nosotros como imperceptibles.

Vamos dejando huella, unos más profunda que otros; pero queda la señal de nuestro paso por las cosas. Hay lugares, aromas, palabras...que hablan de nosotros.

Coraje, la virtud necesaria para plantarle cara a la vida. No sólo hay obstáculos que salen sin preverlos, de manera misteriosa; los peores son los que nos ponemos unos a otros. La inmensa mayoría de los hombres construyen torreones y muros, en vez de puentes y balsas.

Sakkarah

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18/08/2008 00:16 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis charlas. Hay 4 comentarios.

Pájaros perdidos (Fragmento)

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 " Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana,

 

cantan, y se van volando.

 

Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar,

 

aletean y caen en ella, en un suspiro.

 

 

Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos,

 

¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!

 

 

Para quien lo sabe amar,

 

el mundo se quita su careta de infinito.

 

Se hace tan pequeño como una canción,

 

como un beso de lo eterno.

 

 

Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor su sonrisa.

 

 

Si lloras por haber perdido el sol,

 

las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.

 

 

-Mar, ¿qué estás hablando?

 

Una pregunta eterna. -

 

Tú, cielo, ¿qué respondes?

 

El eterno silencio.

 

 

¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo,

 

que está queriendo amarte!

 

 

El misterio de la vida es tan grande como la sombra en la noche.

 

 

La ilusión de la sabiduría es como la niebla del amanecer.

 

 

No te dejes tu amor sobre el precipicio.

 

 

Me he sentado, esta mañana,

 

en mi balcón, para ver el mundo.

 

Y él, caminante, se detiene un punto,

 

me saluda y se va.

 

 

Menudos pensamientos míos,

 

¡con qué rumor de hojas suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!

 

 

Tú no ves lo que eres,

 

sino su sombra.

 

 

Si me está negado el amor,

 

¿por qué, entonces, amanece;

 

¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas recién nacidas?

 

Si me está negado el amor,

 

¿por qué, entonces,

 

la medianoche entristece con nostálgico silencio a las estrellas? "

 

 

 

Rabindranath Tagore

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18/08/2008 21:20 Autor: sakkarah. #. Tema: Escritores y poetas. No hay comentarios. Comentar.

Tras la experiencia.

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Debemos tener cuidado de extraer de una experiencia
solamente la sabiduría que contiene, y detenernos;
no seamos como el gato que se sienta sobre la
estufa caliente.
Nunca volverá a sentarse sobre una estufa caliente
(y eso está bien);
pero tampoco volverá a sentarse sobre una fría.

Mark Twain

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19/08/2008 20:15 Autor: sakkarah. #. Tema: Citas y proverbios. Hay 6 comentarios.

La vida...

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La vida, al igual que las personas, es como una bella potranca salvaje que no deja poseerse. Puede que tras mucho esfuerzo lleguemos a acariciarla, pero al querer imponernos, nos tira.

Es tal la belleza de las cosas, que nos gustaría hacerlas nuestras; somos egoístas en nuestros amores, en nuestros deseos. Realmente sólo queremos compartir lo que no despierta nuestras pasiones, y todos somos igual. De ahí las luchas que no conducen a ninguna parte, porque nacemos desnudos, y así partiremos.

Un día te das cuenta de ello, y decides que ya no lucharás por nada, porque nada te pertenece. Ese día recuperas la armonía, pero sabiendo de sobra que sólo durará hasta que algo vuelva a hacer poner tu corazón en guardia.

Sakkarah

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19/08/2008 20:27 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis charlas. Hay 6 comentarios.

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20/08/2008 11:09 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis tarjetas. Hay 10 comentarios.

El callejón de la amargura.

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Era lamentable oír los golpes tan a menudo; aunque ella nunca se quejaba. Le intentaban sonsacar, para que dijera algo con el fin de denunciarle; pero de su boca sólo salían elogios para su pareja.

Él era un borracho mujeriego, que pasaba la mayoría de las noches de farra; y no teniendo suficiente, al llegar a casa extorsionaba el sueño de Belinda. La despertaba a golpes para violarla, y seguidamente roncar como un cerdo.

La noche era inclemente, no dejaba la lluvia de azotar los cristales. Lúgubre se veía el callejón en el que vivían pocos vecinos. Daba la impresión que esa lluvia furiosa traería malos presagios.

Un ruido extraño despertó a Nestor (su vecino del bloque de enfrente), quien se acercó al balcón a ver que es lo que sucedía. Una mano fina y blanca aparecía entre los barrotes. Abrió corriendo, y vio el cuerpo de Belinda enganchado entre las balconadas. El callejón era tan estrecho, que la suerte había querido que no cayera; pero ella no hacía por salvarse. A Nestor se le quedó clavada esa mirada angustiosa, suplicante, que pedía que la dejaran morir.

Intentó coger sus manos para sujetarla; pero el peso de su cuerpo, y sus ganas de llegar al fin, pudieron más que él. La sintió caer. Un golpe seco hizo eclosión en su alma. Corrió escaleras abajo, y pudo comprobar que ya no había remedio. Belinda había pasado a mejores días. Al lugar misterioso donde ya nadie golpearía su piel de seda.

El dolor de todos los vecinos, la impotencia que sufrían, hizo que ese callejón estrecho y sombrío, pasara a llamarse el callejón de la amargura.

Sakkarah

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22/08/2008 00:48 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis cuentos y relatos. Hay 4 comentarios.

Citas

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Autor imagen: CoccaOn

El carácter del hombre es su destino

Heráclito

El mejor remedio para la ira es la dilación

Séneca

El que persigue dos liebres, no coge ninguna

Publio Sirio

Es mejor ser loado por unos pocos sabios que por muchos necios.

Cervantes

La buena conciencia es la mejor almohada para dormir

Sócrates

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23/08/2008 00:42 Autor: sakkarah. #. Tema: Citas y proverbios. Hay 8 comentarios.

Hace unos años...

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Hace unos años la vida la vivía con intensidad, pero hoy, Jesús, ya está cansado. Al final las penas terminan doblando los hombros, pues pueden más que las alegrías.

Lo más amargo es sentirte menos ágil, menos válido. Saber que su experiencia, aunque pudiera servir, nadie la necesita, porque cada uno tiene derecho a equivocarse para poder aprender. La fuerza le ha abandonado, y es un mueble más en la casa de sus hijos.

Sabe que le quieren, pero siente que es un estorbo en sus vidas. Ahora la existencia se llena de cosas, y queda muy poco hueco para contemplar a un viejo. Tiene seguro que, mañana, cuando falte, le van a llorar por esa maldita manía que tiene el hombre de sólo valorar lo que ha perdido.

Sakkarah

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23/08/2008 00:50 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis cuentos y relatos. Hay 8 comentarios.

El dolor...

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El dolor de la marca del fuego sobre la piel, traspasa el alma, y en ella también deja su huella. No sé el misterio que conlleva, pero me hace digna de mi raza y de mi pueblo.

El hechicero nos trae noticias que se instalan mágicamente en su mente. Yo escucho anonadada, como hay culturas que se besan en los labios. Sus mujeres no son coquetas, no saben adornarse para sus hombres. Cuentan que llevan los pelos lacios, y los labios desangelados. Ellos cierran los ojos, y pienso que buscan encontrar con avidez aquello que les falta; pues fue negligencia no haberles puesto disco en el labio inferior. El círculo es una figura perfecta e indica divinidad.

Estoy convencida que no tienen hechiceros que les lleven la sabiduría. Nosotros podemos dar gracias a las fuerzas de la naturaleza, que fueron magnánimas al instruirnos, y hacernos contar con ellos. Gracias a ellos nuestros enfermos encuentran el bienestar, y tenemos buenas cosechas. Ellos nos ayudan traspasando su sabiduría de generación en generación.

Hoy hemos tenido un extraño visitante. Llevaba un artilugio raro, pero era pacífico. No me dejaba avanzar, y se tapaba los ojos con el. Sólo han sido instantes, el tiempo de un suspiro del aire.

Sakkarah

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24/08/2008 18:03 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis cuentos y relatos. Hay 6 comentarios.

Gracias, Pedro.

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«Lo que turba la mente de los hombres no son los acontecimientos sino su manera de interpretarlos».

Epicteto de Hierápolis

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25/08/2008 14:20 Autor: sakkarah. #. Tema: Amigos Hay 10 comentarios.

Quiza...

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Quizá no es bueno llevar el cascabel para que reparen en uno. Mejor es caminar en silencio, ajeno a toda mirada, como el que va horadando hasta hacer una cueva entre las rocas.

Hay ondas en el silencio que sólo pueden captar las personas especiales, o los que estén destinados a escucharlas. Ahí le encontraré. Es como ir apartando nieblas hasta llegar a un claro, o como la tregua que da la lluvia sellándola con el arco iris.

Voy de paso, sin buscar albergue, pero habrá una puerta que se abra, que me invite al descanso para no dejarme partir más.

Sakkarah

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25/08/2008 22:59 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis sentimientos Hay 6 comentarios.

Citas

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Sin el tiempo, esa invenión de Satanás, el mundo perdería la angustia de la espera y el consuelo de la esperanza.

Antonio Machado

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26/08/2008 16:53 Autor: sakkarah. #. Tema: Citas y proverbios. Hay 8 comentarios.

Muchos años...

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Muchos años pasaron por las viejas escaleras, muchas pisadas e historias desconocidas la ocuparon. El tiempo se posaba en sus desconchones, y la dejadez de sus vecinos se dejaba ver en sus humedades. Lo que jamás consiguieron es quitar el color rojo de sus paredes, y daba la sensación de que estaban teñidas de sangre.

No se explicaban como habían tomado ese color, pero sabían con exactitud el fatídico día en que se volvieron rojas.

Ella subía diariamente en las madrugadas dejándo oír esa voz ronca y arrastrada que le ponía el alcohol; muchas caídas le costaba esa subida, que la mayoría de las noches la hacía en compañía de algún hombre en deplorable estado, como ella. El somier tomaba la cantinela sempiterna a los oídos de todos los moradores del viejo edificio. Era como la nana que mecía al vecindario, y su grito, como si de repente tomara una liana y se trasladara a otro árbol, al igual que Tarzán. Sabían que una vez dado, ya podían descansar tranquilos. Había noches más agitadas, con golpes que no sabían con exactitud de donde podrían proceder. Podría ser de los tropezones a los que les llevaban los vahos etílicos, pero siempre les quedaba la duda. Una duda que tampoco se atrevían a resolver, cuando a ella la veían con los labios hinchados, o las ojeras moradas.

Ese día había quedado en su recuerdo, pues ninguno de ellos había podido pegar ojo. No se escuchaban golpes, y los pasos cesaron de repente, sólo el somier llevaba un ritmo con distinto compás. Estaban expectantes aguardando el grito de la selva, pero no llegó, y todos quedaron extrañados.

La siguiente noche, no la sintieron pelear con la escalera, y queriendo atender a los cotilleos, una de las vecinas subió sigilosamente a asomarse al descansillo del piso de arriba. Quedó horrorizada al ver que por debajo de la puerta se iba haciendo paso un hilo de sangre. Con el corazón encogido corrió a avisar al resto. Y todos juntos, acudieron. Llamaron, pero no había respuesta. De dos patadas tiró uno de ellos la puerta; fue fácil, porque estaba medio podrida, y...Allí la encontraron, esposada y colgada del techo por los brazos, con una mordaza en su boca. Estaba cosida a puñaladas, después de haber sido brutalmente golpeada y violada.

Ya nadie duerme en ese vecindario, el insomnio se ha instalado en todo el bloque, y el color de sus paredes, escupe toda pintura que le intentan echar encima. Han pasado 20 años, y aún no han conseguido saber quien fue el autor de la muerte de Rita.

Sakkarah

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27/08/2008 02:12 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis cuentos y relatos. Hay 7 comentarios.

Depresión

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Las personas que sufren depresión son más propensas a desarrollar Alzheimer en su vejez, según dos estudios publicados el lunes.
Además, uno de los equipos de investigadores señaló que el estrés crónico podría dañar al cerebro.
"Lo que creemos que sugiere esto es que la depresión es realmente un factor de riesgo de la enfermedad de Alzheimer y no solamente un signo de que la enfermedad se está desarrollando", dijo en una entrevista el doctor Robert Wilson, neuropsicólogo del Centro Médico de la Rush University en Chicago, que dirigió uno de los estudios, publicado en Archives of General Psychiatry.
"Creemos que la depresión daña de alguna forma una parte del cerebro llamada sistema límbico, que es la zona cerebral que ataca preferentemente la enfermedad de Alzheimer", dijo Wilson.
"No sabemos aún si la depresión contribuye al desarrollo de la enfermedad de Alzheimer o si otro factor desconocido provoca tanto la depresión como la demencia", expresó Monique Breteler, de la Universidad de Erasmo en Rotterdam.

Andrew Stern

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28/08/2008 00:50 Autor: sakkarah. #. Tema: Miscelánea Hay 6 comentarios.

El beso.

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El veinte de mayo a las ocho de la tarde las seis baterías de la brigada de artillería de la reserva de N, que se dirigían al campamento, se detuvieron a pernoctar en la aldea de Mestechki. En el momento de mayor confusión, cuando unos oficiales se ocupaban de los cañones y otros, reunidos en la plaza junto a la verja de la iglesia, escuchaban a los aposentadores, por detrás del templo apareció un jinete en traje civil montando una extraña cabalgadura. El animal, un caballo bayo, pequeño, de hermoso cuello y cola corta, no caminaba de frente sino un poco al sesgo, ejecutando con las patas pequeños movimientos de danza, como si se las azotaran con el látigo. Llegado ante los oficiales, el jinete alzó levemente el sombrero y dijo:

-Su Excelencia el teniente general Von Rabbek, propietario del lugar, invita a los señores oficiales a que vengan sin dilación a tomar el té en su casa...

El caballo se inclinó, se puso a danzar y retrocedió de flanco; el jinete volvió a alzar levemente el sombrero, y un instante después desapareció con su extraña montura tras la iglesia.

-¡Maldita sea! -rezongaban algunos oficiales al dirigirse a sus alojamientos-. ¡Con las ganas que uno tiene de dormir y el Von Rabbek ese nos viene ahora con su té! ¡Ya sabemos lo que eso significa!

Los oficiales de las seis baterías recordaban muy vivamente un caso del año anterior, cuando durante unas maniobras, un conde terrateniente y militar retirado los invitó del mismo modo a tomar el té, y con ellos a los oficiales de un regimiento de cosacos. El conde, hospitalario y cordial, los colmó de atenciones, les hizo comer y beber, no les dejó regresar a los alojamientos que tenían en el pueblo y les acomodó en su propia casa. Todo eso estaba bien y nada mejor cabía desear, pero lo malo fue que el militar retirado se entusiasmó sobremanera al ver aquella juventud. Y hasta que rayó el alba les estuvo contando episodios de su hermoso pasado, los condujo por las estancias, les mostró cuadros de valor, viejos grabados y armas raras, les leyó cartas autógrafas de encumbrados personajes, mientras los oficiales, rendidos y fatigados, escuchaban y miraban deseosos de verse en sus camas, bostezaban con disimulo acercando la boca a sus mangas. Y cuando, por fin, el dueño de la casa los dejó libres era ya demasiado tarde para irse a dormir.

¿No sería también de ese estilo el tal Von Rabbek? Lo fuese o no, nada podían hacer. Los oficiales se cambiaron de ropa, se cepillaron y marcharon en grupo a buscar la casa del terrateniente. En la plaza, cerca de la iglesia, les dijeron que a la casa de los señores podía irse por abajo: detrás de la iglesia se descendía al río, se seguía luego por la orilla hasta el jardín, donde las avenidas conducían hasta el lugar; o bien se podía ir por arriba: siguiendo desde la iglesia directamente el camino que a media versta del poblado pasaba por los graneros del señor. Los oficiales decidieron ir por arriba.

-¿Quién será ese Von Rabbek? -comentaban por el camino-. ¿No será aquel que en Pleven mandaba la división N de caballería?

-No, aquel no era Von Rabbek, sino simplemente Rabbek, sin von.

-¡Ah, qué tiempo más estupendo!

Ante el primer granero del señor, el camino se bifurcaba: un brazo seguía en línea recta y desaparecía en la oscuridad de la noche; el otro, a la derecha, conducía a la mansión señorial. Los oficiales tomaron a la derecha y se pusieron a hablar en voz más baja... A ambos lados del camino se extendían los graneros con muros de albañilería y techumbre roja, macizos y severos, muy parecidos a los cuarteles de una capital de distrito. Más adelante brillaban las ventanas de la mansión.

-¡Señores, buena señal! -dijo uno de los oficiales-. Nuestro séter va delante de todos; ¡eso significa que olfatea una presa!

El teniente Lobitko, que iba en cabeza, alto y robusto, pero totalmente lampiño (tenía más de veinticinco años, pero en su cara redonda y bien cebada aún no aparecía el pelo, váyase a saber por qué), famoso en toda la brigada por su olfato y habilidad para adivinar a distancia la presencia femenina, se volvió y dijo:

-Sí, aquí debe de haber mujeres. Lo noto por instinto.

Junto al umbral de la casa recibió a los oficiales Von Rabbek en persona, un viejo de venerable aspecto que frisaría en los sesenta años, vestido en traje civil. Al estrechar la mano a los huéspedes, dijo que estaba muy contento y se sentía muy feliz, pero rogaba encarecidamente a los oficiales que, por el amor de Dios, le perdonaran si no les había invitado a pasar la noche en casa. Habían llegado de visita dos hermanas suyas con hijos, hermanos y vecinos, de suerte que no le quedaba ni una sola habitación libre.

El general les estrechaba la mano a todos, se excusaba y sonreía, pero se le notaba en la cara que no estaba ni mucho menos tan contento por la presencia de los huéspedes como el conde del año anterior y que sólo había invitado a los oficiales por entender que así lo exigían los buenos modales. Los propios oficiales, al subir por la escalinata alfombrada y escuchar sus palabras, se daban cuenta de que los habían invitado a la casa únicamente porque resultaba violento no hacerlo, y, al ver a los criados apresurarse a encender las luces abajo en la entrada, y arriba en el recibidor, empezó a parecerles que con su presencia habían provocado inquietud y alarma. ¿Podía ser grata la presencia de diecinueve oficiales desconocidos allí donde se habían reunido dos hermanas con sus hijos, hermanos y vecinos, sin duda con motivo de alguna fiesta o algún acontecimiento familiar?

Arriba, a la entrada de la sala, acogió a los huéspedes una vieja alta y erguida, de rostro ovalado y cejas negras, muy parecida a la emperatriz Eugenia. Con sonrisa amable y majestuosa, decía sentirse contenta y feliz de ver en su casa a aquellos huéspedes, y se excusaba de no poder invitar esta vez a los señores oficiales a pasar la noche en la casa. Por su bella y majestuosa sonrisa que se desvanecía al instante de su rostro cada vez que por alguna razón se volvía hacia otro lado, resultaba evidente que en su vida había visto muchos señores oficiales, que en aquel momento no estaba pendiente de ellos y que, si los había invitado y se disculpaba, era sólo porque así lo exigía su educación y su posición social.

En el gran comedor donde entraron los oficiales, una decena de varones y damas, unos entrados en años y jóvenes otros, estaban tomando el té en el extremo de una larga mesa. Detrás de sus sillas, envuelto en un leve humo de cigarros, se percibía un grupo de hombres. En medio del grupo había un joven delgado, de patillas pelirrojas, que, tartajeando, hablaba en inglés en voz alta. Más allá del grupo se veía, por una puerta, una estancia iluminada, con mobiliario azul.

-¡Señores, son ustedes tantos que no es posible hacer su presentación! -dijo en voz alta el general, esforzándose por parecer muy alegre-. ¡Traben conocimiento ustedes mismos, señores, sin ceremonias!

Los oficiales, unos con el rostro muy serio y hasta severo, otros con sonrisa forzada, y todos sintiéndose en una situación muy embarazosa, saludaron bien que mal, inclinándose, y se sentaron a tomar el té.

Quien más desazonado se sentía era el capitán ayudante Riabóvich, oficial de pequeña estatura y algo encorvado, con gafas y unas patillas como las de un lince. Mientras algunos de sus camaradas ponían cara seria y otros afectaban una sonrisa, su cara, sus patillas de lince y sus gafas parecían decir: «¡Yo soy el oficial más tímido, el más modesto y el más gris de toda la brigada!» En los primeros momentos, al entrar en la sala y luego sentado a la mesa ante su té, no lograba fijar la atención en ningún rostro ni objeto. Las caras, los vestidos, las garrafitas de coñac de cristal tallado, el vapor que salía de los vasos, las molduras del techo, todo se fundía en una sola impresión general, enorme, que alarmaba a Riabóvich y le inspiraba deseos de esconder la cabeza. De modo análogo al declamador que actúa por primera vez en público, veía todo cuanto tenía ante los ojos, pero no llegaba a comprenderlo (los fisiólogos llamaban «ceguera psíquica» a ese estado en que el sujeto ve sin comprender). Pero algo después, adaptado ya al ambiente, empezó a ver claro y se puso a observar. Siendo persona tímida y poco sociable, lo primero que le saltó a la vista fue algo que él nunca había poseído, a saber: la extraordinaria intrepidez de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su mujer, dos damas de edad madura, una señorita con un vestido color lila y el joven de patillas pelirrojas, que resultó ser el hijo menor de Von Rabbek, tomaron con gesto muy hábil, como si lo hubieran ensayado de antemano, asiento entre los oficiales, y entablaron una calurosa discusión en la que no podían dejar de participar los huéspedes. La señorita lila se puso a demostrar con ardor que los artilleros estaban mucho mejor que los de caballería y de infantería, mientras que Von Rabbek y las damas entradas en años sostenían lo contrario. Empezaron a cruzarse las réplicas. Riabóvich observaba a la señorita lila, que discutía con gran vehemencia cosas que le eran extrañas y no le interesaban en absoluto, y advertía que en su rostro aparecían y desaparecían sonrisas afectadas.

Von Rabbek y su familia hacían participar con gran arte a los oficiales en el debate, pero al mismo tiempo estaban pendientes de vasos y bocas, de si todos bebían, si todos tenían azúcar y por qué alguno de los presentes no comía bizcocho o no tomaba coñac. A Riabóvich, cuanto más miraba y escuchaba, tanto más agradable le resultaba aquella familia falta de sinceridad, pero magníficamente disciplinada.

Después del té, los oficiales pasaron a la sala. El instinto no había engañado al teniente Lobitko: en la sala había muchas señoritas y damas jóvenes. El séter-teniente se había plantado ya junto a una rubia muy jovencita vestida de negro e, inclinándose con arrogancia, como si se apoyara en un sable invisible, sonreía y movía los hombros con gracia. Probablemente contaba alguna tontería muy interesante, porque la rubia miraba con aire condescendiente el rostro bien cebado y le preguntaba con indiferencia: «¿De veras?» Y de aquel indolente «de veras», el séter, de haber sido inteligente, habría podido inferir que difícilmente le gritarían «¡Busca!»

Empezó a sonar un piano; un vals melancólico escapó volando de la sala por las ventanas abiertas de par en par, y todos recordaron, quién sabe por qué motivo, que más allá de las ventanas empezaba la primavera y que aquella era una noche de mayo. Todos notaron que el aire olía a hojas tiernas de álamo, a rosas y a lilas. Riabóvich, en quien, bajo el influjo de la música, empezó a dejarse sentir el coñac que había tomado, miró con el rabillo del ojo la ventana, sonrió y se puso a observar los movimientos de las mujeres, hasta que llegó a parecerle que el aroma de las rosas, de los álamos y de las lilas no procedían del jardín, sino de las caras y de los vestidos femeninos.

El hijo de Von Rabbek invitó a una cenceña jovencita y dio con ella dos vueltas a la sala. Lobitko, deslizándose por el parquet, voló hacia la señorita lila y se lanzó con ella a la pista. El baile había comenzado... Riabóvich estaba de pie cerca de la puerta, entre los que no bailaban, y observaba. En toda su vida no había bailado ni una sola vez y ni una sola vez había estrechado el talle de una mujer honesta. Le gustaba enormemente ver cómo un hombre, a la vista de todos, tomaba a una doncella desconocida por el talle y le ofrecía el hombro para que ella colocara su mano, pero de ningún modo podía imaginarse a sí mismo en la situación de tal hombre. Hubo un tiempo en que envidiaba la osadía y la maña de sus compañeros y sufría por ello; la conciencia de ser tímido, cargado de espaldas y soso, de tener un tronco largo y patillas de lince, lo hería profundamente, pero con los años se había acostumbrado. Ahora, al contemplar a quienes bailaban o hablaban en voz alta, ya no los envidiaba, experimentaba tan solo un enternecimiento melancólico.

Cuando empezó la contradanza, el joven Von Rabbek se acercó a los que no bailaban e invitó a dos oficiales a jugar al billar. Éstos aceptaron y salieron con él de la sala. Riabóvich, sin saber qué hacer y deseoso de tomar parte de algún modo en el movimiento general, los siguió. De la sala pasaron al recibidor y recorrieron un estrecho pasillo con vidrieras, que los llevó a una estancia donde ante su aparición se alzaron rápidamente de los divanes tres soñolientos lacayos. Por fin, después de cruzar una serie de estancias, el joven Von Rabbek y los oficiales entraron en una habitación pequeña donde había una mesa de billar. Empezó el juego.

Riabóvich, que nunca había jugado a nada que no fueran las cartas, contemplaba indiferente junto al billar a los jugadores, mientras que éstos, con las guerreras desabrochadas y los tacos en las manos, daban zancadas, soltaban retruécanos y gritaban palabras incomprensibles. Los jugadores no paraban mientes en él; sólo de vez en cuando alguno de ellos, al empujarlo con el codo o al tocarlo inadvertidamente con el taco, se volvía y le decía «Pardon!». Aún no había terminado la primera partida cuando le empezó a parecer que allí estaba de más, que estorbaba. De nuevo se sintió atraído por la sala y se fue.

Pero en el camino de retorno le sucedió una pequeña aventura. A la mitad del recorrido se dio cuenta de que no iba por donde debía. Se acordaba muy bien de que tenía que encontrarse con las tres figuras de lacayos soñolientos, pero había cruzado ya cinco o seis estancias, y era como si a aquellas figuras se las hubiera tragado la tierra. Percatándose de su error, retrocedió un poco, dobló a la derecha y se encontró en un gabinete sumido en la penumbra, que no había visto cuando se dirigía a la sala de billar. Se detuvo unos momentos, luego abrió resuelto la primera puerta en que puso la vista y entró en un cuarto completamente a oscuras. Enfrente se veía la rendija de una puerta por la que se filtraba una luz viva; del otro lado de la puerta, llegaban los apagados sones de una melancólica mazurca. También en el cuarto oscuro, como en la sala, las ventanas estaban abiertas de par en par, y se percibía el aroma de álamos, lilas y rosas...

Riabóvich se detuvo pensativo... En aquel momento, de modo inesperado, se oyeron unos pasos rápidos y el leve rumor de un vestido, una anhelante voz femenina balbuceó «¡Por fin!», y dos brazos mórbidos, perfumados, brazos de mujer sin duda, le envolvieron el cuello; una cálida mejilla se apretó contra la suya y al mismo tiempo resonó un beso. Pero acto seguido la que había dado el beso exhaló un breve grito y Riabóvich tuvo la impresión de que se apartaba bruscamente de él con repugnancia. Poco faltó para que también él profiriera un grito, y se precipitó hacia la rendija iluminada de la puerta...

Cuando volvió a la sala, el corazón le martilleaba y las manos le temblaban de manera tan notoria que se apresuró a esconderlas tras la espalda. En los primeros momentos le atormentaban la vergüenza y el temor de que la sala entera supiera que una mujer acababa de abrazarlo y besarlo, se retraía y miraba inquieto a su alrededor, pero, al convencerse de que allí seguían bailando y charlando tan tranquilamente como antes, se entregó por entero a una sensación nueva, que hasta entonces no había experimentado ni una sola vez en la vida. Le estaba sucediendo algo raro... El cuello, unos momentos antes envuelto por unos brazos mórbidos y perfumados, le parecía untado de aceite; en la mejilla, a la izquierda del bigote, donde lo había besado la desconocida, le palpitaba una leve y agradable sensación de frescor, como de unas gotas de menta, y lo notaba tanto más cuanto más frotaba ese punto. Todo él, de la cabeza a los pies, estaba colmado de un nuevo sentimiento extraño, que no hacía sino crecer y crecer... Sentía ganas de bailar, de hablar, de correr al jardín, de reír a carcajadas... Se olvidó por completo de que era encorvado y gris, de que tenía patillas de lince y «un aspecto indefinido» (así lo calificaron una vez en una conversación de señoras que él oyó por azar). Cuando pasó por su vera la mujer de Von Rabbek, le sonrió con tanta amabilidad y efusión que la dama se detuvo y lo miró interrogadora.

-¡Su casa me gusta enormemente...! -dijo Riabóvich, ajustándose las gafas.

La generala sonrió y le contó que aquella casa había pertenecido ya a su padre. Después le preguntó si vivían sus padres, si llevaba en la milicia mucho tiempo, por qué estaba tan delgado y otras cosas por el estilo... Contestadas sus preguntas, siguió ella su camino, pero después de aquella conversación Riabóvich comenzó a sonreír aún con más cordialidad y a pensar que lo rodeaban unas personas magníficas...

Durante la cena, Riabóvich comió maquinalmente todo cuanto le sirvieron. Bebía y, sin oír nada, procuraba explicarse la reciente aventura. Lo que acababa de sucederle tenía un carácter misterioso y romántico, pero no era difícil de descifrar. Sin duda, alguna señorita o dama se había citado con alguien en el cuarto oscuro, había estado esperando largo rato y, debido a sus nervios excitados, había tomado a Riabóvich por su héroe. Esto resultaba más verosímil dado que Riabóvich, al pasar por la estancia oscura, se había detenido caviloso, es decir, tenía el aspecto de una persona que también espera algo... Así se explicaba Riabóvich el beso que había recibido.

«Pero ¿quién será ella? -pensaba, examinando los rostros de las mujeres-. Debe de ser joven, porque las viejas no acuden a las citas. Estaba claro, por otra parte, que pertenecía a un ambiente cultivado, y eso se notaba por el rumor del vestido, por el perfume, por la voz...»

Detuvo la mirada en la señorita lila, que le gustó mucho; tenía hermosos hombros y brazos, rostro inteligente y una voz magnífica. Riabóvich deseó, al contemplarla, que fuese precisamente ella y no otra la desconocida... Pero la joven se echó a reír con aire poco sincero y arrugó su larga nariz, que le pareció la nariz de una vieja. Entonces trasladó la mirada a la rubia vestida de negro. Era más joven, más sencilla y espontánea, tenía unas sienes encantadoras y se llevaba la copa a los labios con mucha gracia. Entonces Riabóvich habría deseado que esa fuese aquella. Pero poco después le pareció que tenía el rostro plano, y volvió los ojos hacia su vecina...

«Es difícil adivinar -pensaba, dando libre curso a su fantasía-. Si de la del vestido lila se tomaran solo los hombros y los brazos, se les añadieran las sienes de la rubia y los ojos de aquella que está sentada a la izquierda de Lobitko, entonces...»

Hizo en su mente esa adición y obtuvo la imagen de la joven que lo había besado, la imagen que él deseaba, pero que no lograba descubrir en la mesa.

Terminada la cena, los huéspedes, ahítos y algo achispados, empezaron a despedirse y a dar las gracias. Los anfitriones volvieron a disculparse por no poder ofrecerles alojamiento en la casa.

-¡Estoy muy contento, muchísimo, señores! -decía el general, y esta vez era sincero (probablemente porque al despedir a los huéspedes la gente suele ser bastante más sincera y benévola que al darles la bienvenida). ¡Estoy muy contento! ¡Quedan invitados para cuando estén de regreso! ¡Sin cumplidos! Pero ¿por dónde van? ¿Quieren pasar por arriba? No, vayan por el jardín, por abajo, el camino es más corto.

Los oficiales se dirigieron al jardín. Después de la brillante luz y de la algazara, pareció muy oscuro y silencioso. Caminaron sin decir palabra hasta la portezuela. Estaban algo bebidos, alegres y contentos, pero las tinieblas y el silencio los movieron a reflexionar por unos momentos. Probablemente, a cada uno de ellos, como a Riabóvich, se le ocurrió pensar en lo mismo: ¿llegaría también para ellos alguna vez el día en que, como Rabbek, tendrían una casa grande, una familia, un jardín y la posibilidad, aunque fuera con poca sinceridad, de tratar bien a las personas, de dejarlas ahítas, achispadas y contentas?

Salvada la portezuela, se pusieron a hablar todos a la vez y a reír estrepitosamente sin causa alguna. Andaban ya por un sendero que descendía hacia el río y corría luego junto al agua misma, rodeando los arbustos de la orilla, los rehoyos y los sauces que colgaban sobre la corriente. La orilla y el sendero apenas se distinguían y la orilla opuesta se hallaba totalmente sumida en las tinieblas. Acá y allá las estrellas se reflejaban en el agua oscura, tremolaban y se distendían, y sólo por esto se podía adivinar que el río fluía con rapidez. El aire estaba en calma. En la otra orilla gemían los chorlitos soñolientos, y en esta un ruiseñor, sin prestar atención alguna al tropel de oficiales, desgranaba sus agudos trinos en un arbusto. Los oficiales se detuvieron junto al arbusto, lo sacudieron, pero el ruiseñor siguió cantando.

-¿Qué te parece? -Se oyeron unas exclamaciones de aprobación-. Nosotros aquí a su lado y él sin hacer caso, ¡valiente granuja!

Al final el sendero ascendía y desembocaba cerca de la verja de la iglesia. Allí los oficiales, cansados por la subida, se sentaron y se pusieron a fumar. En la otra orilla apareció una débil lucecita roja y ellos, sin nada que hacer, pasaron un buen rato discutiendo si se trataba de una hoguera, de la luz de una ventana o de alguna otra cosa... También Riabóvich contemplaba aquella luz y le parecía que ésta le sonreía y le hacía guiños, como si estuviera en el secreto del beso.

Llegado a su alojamiento, Riabóvich se apresuré a desnudarse y se acostó. En la misma isba que él se albergaban Lobitko y el teniente Merzliakov, un joven tranquilo y callado, considerado entre sus compañeros como un oficial culto, que leía siempre, cuando podía, el Véstnik Yevrópy, que llevaba consigo. Lobitko se desnudó, estuvo un buen rato paseando de un extremo a otro, con el aire de un hombre que no está satisfecho, y mandó al ordenanza a buscar cerveza. Merzliakov se acostó, puso una vela junto a su cabecera y se abismó en la lectura del Véstnik.

«¿Quién sería?», pensaba Riabóvich mirando el techo ahumado.

El cuello aún le parecía untado de aceite y cerca de la boca notaba una sensación de frescor como la de unas gotas de menta. En su imaginación centelleaban los hombros y brazos de la señorita de lila. Las sienes y los ojos sinceros de la rubia de negro. Talles, vestidos, broches. Se esforzaba por fijar su atención en aquellas imágenes, pero ellas brincaban, se extendían y oscilaban. Cuando en el anchuroso fondo negro que toda persona ve al cerrar los ojos desaparecían por completo tales imágenes, empezaba a oír pasos presurosos, el rumor de un vestido, el sonido de un beso, y una intensa e inmotivada alegría se apoderaba de él... Mientras se entregaba a este gozo, oyó que volvía el ordenanza y comunicaba que no había cerveza. Lobitko se indignó y se puso a dar zancadas otra vez.

-¡Si será idiota! -decía, deteniéndose ya ante Riabóvich ya ante Merzliakov-. ¡Se necesita ser estúpido e imbécil para no encontrar cerveza! Bueno, ¿no dirán que no es un canalla?

-Claro que aquí es imposible encontrar cerveza -dijo Merzliakov, sin apartar los ojos del Véstnik Yevrópy.

-¿No? ¿Lo cree usted así? -insistía Lobitko-. Señores, por Dios, ¡arrójenme a la luna y allí les encontraré yo enseguida cerveza y mujeres! Ya verán, ahora mismo voy por ella... ¡Llámenme miserable si no la encuentro!

Tardó bastante en vestirse y en calzarse las altas botas. Después encendió un cigarrillo y salió sin decir nada.

-Rabbek, Grabbek, Labbek -se puso a musitar, deteniéndose en el zaguán-. Diablos, no tengo ganas de ir solo. Riabóvich, ¿no quiere darse un paseo?

Al no obtener respuesta, volvió sobre sus pasos, se desnudó lentamente y se acostó. Merzliakov suspiró, dejó a un lado el Véstník Yevrópy y apagó la vela.

-Bueno... -balbuceó Lobitko, encendiendo un pitillo en la oscuridad.

Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños.

Cuando despertó, la sensación de aceite en el cuello y de frescor de menta cerca de los labios ya había desaparecido, pero la alegría, igual que la víspera, se le agitaba en el pecho como una ola. Miró entusiasmado los marcos de las ventanas dorados por el sol naciente y prestó oído al movimiento de la calle. Al pie mismo de las ventanas hablaban en voz alta. El jefe de la batería de Riabóvich, Lebedetski, que acababa de alcanzar a la brigada, conversaba con su sargento primero en voz muy alta, como tenía por costumbre.

-¿Y qué más? -gritaba el jefe.

-Ayer, al herrar los caballos, señoría, herraron a Golúbchik. El practicante le aplicó un emplaste de arcilla con vinagre. Ahora lo conducen de la rienda, aparte. Y también ayer, su señoría, el herrador Artémiev se emborrachó y el teniente mandó que lo ataran en el avantrén de una cureña de repuesto.

El sargento primero informó además de que Kárpov había olvidado los nuevos cordones de las trompetas y las estaquillas de las tiendas, y de que los señores oficiales habían estado de visita la noche anterior en casa del general Von Rabbek. En plena conversación, apareció en el vano de la ventana la barba roja de Lebedetski. Miró con los ojos miopes semientornados las soñolientas caras de los oficiales y los saludó.

-¿Todo marcha bien? -preguntó.

-El caballo limonero se ha hecho una rozadura en la cerviz -respondió Lobitko bostezando-. Ha sido con la nueva collera.

El jefe suspiró, reflexionó unos momentos y dijo en voz alta:

-Pues yo pienso ir a ver a Aleksandra Yevgráfovna. Tengo que visitarla. Bueno, adiós. Los alcanzaré antes de que anochezca.

Un cuarto de hora después, la brigada se puso en marcha. Cuando pasaba por delante de los graneros del señor, Riabóvich miró a la derecha hacia la casa. Las ventanas tenían las celosías cerradas. Evidentemente, allí dormía aún todo el mundo. También dormía aquella que la víspera lo había besado. Se la quiso imaginar durmiendo. La ventana de la alcoba abierta de par en par, las ramas verdes mirando por aquella ventana, la frescura matinal, el aroma de álamos, de lilas, y de rosas, la cama, la silla y en ella el vestido que el día anterior rumoreaba, las zapatillas, el pequeño reloj en la mesita, todo se lo representaba él con claridad y precisión, pero los rasgos de la cara, la linda sonrisa soñolienta, precisamente aquello que era importante y característico, le resbalaba en la imaginación como el mercurio entre los dedos. Recorrida una media versta, miró hacia atrás: la iglesia amarilla, la casa, el río y el jardín se hallaban inundados de luz; el río, con sus orillas de acentuado verdor, reflejando en sus aguas el cielo azul y mostrando algún que otro lugar plateado por el sol, era hermoso. Riabóvich lanzó una última mirada a Mestechki y experimentó una profunda tristeza, como si se separara de algo muy íntimo y entrañable.

En cambio, en la ruta sólo aparecían ante los ojos cuadros sin ningún interés, conocidos desde hacía mucho tiempo... A derecha y a izquierda, campos de centeno joven y de alforfón, por los que saltaban los grajos. Miras hacia adelante y sólo ves polvo y nucas; miras hacia atrás, y ves el mismo polvo y caras... Delante marchan cuatro hombres armados con sables: forman la vanguardia. Tras ellos va el grupo de cantores, a los que siguen los trompetas, que montan a caballo. La vanguardia y los cantores, como los empleados de las pompas fúnebres que llevan antorchas en los entierros, olvidan a cada momento la distancia que estipula el reglamento y se adelantan demasiado... Riabóvich se encuentra en la primera pieza de la quinta batería. Ve las cuatro baterías que le preceden. A una persona que no sea militar, la fila larga y pesada que forma una brigada en marcha le parece un baturrillo enigmático, poco comprensible; no entiende por qué alrededor de un solo cañón van tantos hombres, ni por qué lo arrastran tantos caballos guarnecidos con un extraño atelaje como si la pieza fuera realmente terrible y pesada. En cambio, para Riabóvich todo es comprensible y, por ello, carece del menor interés. Sabe hace ya tiempo por qué al frente de cada batería cabalga junto al oficial un vigoroso suboficial, y por qué se llama «delantero»; a la espalda de este suboficial se ve al conductor del primer par de caballos, y luego al del par central; Riabóvich sabe que los caballos de la izquierda, en los que los conductores montan, se llaman de ensillar, y los de la derecha se llaman de refuerzo. Eso no tiene ningún interés. Detrás del conductor van dos caballos limoneros. Uno de ellos lo cabalga un jinete con el polvo de la última jornada en la espalda y con un madero tosco y ridículo sobre la pierna derecha; Riabóvich sabe para qué sirve ese madero y no le parece ridículo. Todos los que montan a caballo agitan maquinalmente los látigos y de vez en cuando gritan. El cañón por sí mismo es feo. En el avantrén van los sacos de avena, cubiertos con una lona impermeabilizada, y del cañón propiamente dicho cuelgan teteras, macutos de soldado y saquitos; todo eso le da un aspecto de pequeño animal inofensivo al que, no se sabe por qué razón, rodean hombres y caballos. A su flanco, por la parte resguardada del viento, marchan balanceando los brazos seis servidores. Detrás de la pieza se encuentran otra vez nuevos artilleros, conductores, caballos limoneros, tras los cuales se arrastra un nuevo cañón tan feo y tan poco imponente como el primero. Al segundo 1e siguen el tercero y el cuarto. Junto a este va un oficial, y así sucesivamente. La brigada consta en total de seis baterías y cada batería tiene cuatro cañones. La columna se extiende una media versta. Se cierra con un convoy a cuya vera, bajando su cabeza de largas orejas, marcha cavilosa una figura en sumo grado simpática: el asno Magar, traído de Turquía por uno de los jefes de batería.

Riabóvich miraba indiferente adelante y atrás, a las nucas y a las caras. En otra ocasión se habría adormilado, pero esta vez se sumergía por entero en sus nuevos y agradables pensamientos. Al principio, cuando la brigada acababa de ponerse en marcha, quiso persuadirse de que la historia del beso sólo podía tener el interés de una aventura pequeña y misteriosa, pero que en realidad era insignificante, y que pensar en ella seriamente resultaba por lo menos estúpido. Pero pronto mandó a paseo la lógica y se entregó a sus quimeras... Ora se imaginaba en el salón de Von Rabbek, al lado de una joven parecida a la señorita de lila y a la rubia de negro; ora cerraba los ojos y se veía con otra joven totalmente desconocida de rasgos muy imprecisos; mentalmente le hablaba, la acariciaba, se inclinaba sobre su hombro, se representaba la guerra y la separación, después el encuentro, la cena con la mujer y los hijos...

-¡A los frenos! -resonaba la voz de mando cada vez que se descendía una cuesta.

Él también exclamaba «¡A los frenos!», temiendo que ese grito interrumpiera sus ensueños y lo devolviera a la realidad.

Al pasar por delante de una hacienda, Riabóvich miró por encima de la empalizada al jardín. Apareció ante sus ojos una avenida larga, recta como una regla, sembrada de arena amarilla y flanqueada de jóvenes abedules... Con la avidez del hombre embebido en sus sueños, se representó unos piececitos de mujer caminando por la arena amarilla, y de manera totalmente inesperada se perfiló en su imaginación, con toda nitidez, aquella que lo había besado y que él había logrado fantasear la noche anterior durante la cena. La imagen se fijó en su cerebro y ya no ló abandonó.

Al mediodía, detrás, cerca del convoy, resonó un grito:

-¡Alto! ¡Vista a la izquierda! ¡Señores oficiales!

En una carretela arrastrada por un par de caballos blancos, se acercó el general de la brigada. Se detuvo junto a la segunda batería y gritó algo que nadie comprendió. Varios oficiales, entre ellos Riabóvich, se le acercaron al galope.

-¿Qué tal? ¿Cómo vamos? -preguntó el general, entornando los ojos enrojecidos-. ¿Hay enfermos?

Obtenidas las respuestas, el general, pequeño y enteco, reflexionó y dijo, volviéndose hacia uno de los oficiales:

-El conductor del limonero de su tercer cañón se ha quitado la rodillera y el bribón la ha colgado en el avantrén. Castíguelo.

Alzó los ojos hacia Riabóvich y prosiguió:

-Me parece que usted ha dejado los tirantes demasiado largos...

Hizo aún algunas aburridas observaciones, miró a Lobitko y se sonrió:

-Y usted, teniente Lobitko, tiene un aire muy triste -dijo-. ¿Siente nostalgia por Lopujova? ¡Señores, echa de menos a Lopujova!

Lopujova era una dama muy entrada en carnes y muy alta, que había rebasado hacía ya tiempo los cuarenta. El general, que tenía una debilidad por las féminas de grandes proporciones cualquiera que fuese su edad, sospechaba la misma debilidad en sus oficiales. Ellos sonrieron respetuosamente. El general de la brigada, contento por haber dicho algo divertido y venenoso, rió estrepitosamente, tocó la espalda de su cochero y se llevó la mano a la visera. El coche reemprendió la marcha.

«Todo eso que ahora sueño y que me parece imposible y celestial, es en realidad muy común» -pensaba Riabóvich mirando las nubes de polvo que corrían tras la carretela del general-. «Es muy corriente y le sucede a todo el mundo... Por ejemplo, este general en su tiempo amó; ahora está casado y tiene hijos. El capitán Vájter también está casado y es querido, aunque tiene una feísima nuca roja y carece de cintura... Salmánov es tosco, demasiado tártaro, pero ha tenido también su idilio terminado en boda... Yo soy como los demás, y antes o después sentiré lo mismo que todos...»

La idea de que era un hombre como tantos y de que también su vida era una de tantas, lo alegró y reconfortó. Ya se la representaba osadamente a ella, y también su propia felicidad, sin poner freno alguno a su imaginación.

Cuando por la tarde la brigada hubo llegado a su destino y los oficiales descansaban en las tiendas, Riabóvich, Merzliakov y Lobitko se sentaron a cenar alrededor de un baúl. Merzliakov comía sin apresurarse, masticaba despacio y leía el Véstnik Yevrópy que sostenía sobre las rodillas. Lobitko hablaba sin parar y se servía cerveza. Y Riabóvich, con la cabeza turbia por los sueños de toda la jornada, callaba y bebía. Después del tercer vaso, se achispó, se debilitó y experimentó un irresistible deseo de compartir su nueva impresión con sus compañeros.

-Me sucedió algo extraño en casa de esos Von Rabbek... -empezó a decir, procurando imprimir a su voz un tono de indiferencia burlona-. Había ido, no sé si lo saben, a la sala de billar...

Se puso a contar con todo detalle la historia del beso y al minuto se calló... En aquel minuto lo había contado todo y le sorprendía tremendamente que hubiera necesitado tan poco tiempo para su relato. Le parecía que de aquel beso habría podido hablar hasta la madrugada. Habiéndolo escuchado, Lobitko, que contaba muchas trolas y por esta razón no creía a nadie, lo miró desconfiado y sonrió. Merzliakov enarcó las cejas y tranquilamente, sin apartar la mirada del Véstnik Yevrópy, dijo:

-¡Que Dios lo entienda! Arrojarse al cuello de alguien sin antes haber preguntado quién era... Se trataría de una psicópata.

-Sí, debía de ser una psicópata... -asintió Riabóvich.

-Una vez me ocurrió a mí un caso análogo... -dijo Lobitko, poniendo ojos de susto-. Iba el año pasado a Kovno... Tomé un billete de segunda clase... El vagón estaba de bote en bote y no había manera de dormir. Di medio rublo al revisor... Él cogió mi equipaje y me condujo a un compartimiento... Me acosté y me cubrí con la manta. Estaba oscuro, ¿comprenden? De súbito noté que alguien me ponía la mano en el hombro y respiraba ante mi cara... Abrí los ojos, y figúrense, ¡era una mujer! Los ojos negros, los labios rojos como carne de salmón, las aletas de la nariz latiendo de pasión frenesí, los senos, unos amortiguadores de tren...

-Permítame -lo interrumpió tranquilamente Merzliakov-, lo de los senos se comprende, pero ¿cómo podía usted ver los labios si estaba oscuro?

Lobitko empezó a salirse por la tangente y a burlarse de la poca perspicacia de Merzliakov. Esto molesté a Riabóvich, que se apartó del baúl, se acostó y se prometió no volver a hacer nunca confidencias.

Empezó la vida del campamento... Transcurrían los días muy semejantes unos a los otros. Durante todos ellos, Riabóvich se sentía, pensaba y se comportaba como un enamorado. Cada mañana, cuando el ordenanza lo ayudaba a levantarse, al echarse agua fría a la cabeza se acordaba de que había en su vida algo bueno y afectuoso.

Por las tardes, cuando sus compañeros se ponían a hablar de amor y de mujeres, él escuchaba, se les acercaba y adoptaba una expresión como la que suele aflorar en los rostros de los soldados al oír el relato de una batalla en la que ellos mismos han participado. Y las tardes en que los oficiales superiores, algo alegres, con el séter-Lobitko a la cabeza, emprendían alguna correría donjuanesca por el arrabal, Riabóvich, que tomaba parte en tales salidas, solía ponerse triste, se sentía profundamente culpable y mentalmente le pedía a ella perdón... En las horas de ocio o en las noches de insomnio, cuando le venían ganas de rememorar su infancia, a su padre, a su madre y, en general, todo lo que era familiar y entrañable, también se acordaba, infaliblemente, de Mestechki, del raro caballo, de Von Rabbek, de su mujer parecida a la emperatriz Yevguenia, del cuarto oscuro, de la rendija iluminada de la puerta...

El treinta y uno de agosto regresaba del campamento, pero ya no con su brigada, sino con dos baterías. Durante todo el camino soñó y se impacientó como si volviera a su lugar natal. Deseaba con toda el alma ver de nuevo el caballo extraño, la iglesia, la insincera familia Von Rabbek y el cuarto oscuro. La «voz interior» que con tanta frecuencia engaña a los enamorados le susurraba, quién sabe por qué, que la vería sin falta... Unos interrogantes lo torturaban: ¿cómo se encontraría con ella?, ¿de qué le hablaría?, ¿no habría olvidado ella el beso? En el peor de los casos, pensaba, aunque no se encontraran, para él ya resultaría agradable el mero hecho de pasar por el cuarto oscuro y recordar...

Hacia la tarde se divisaron en el horizonte la conocida iglesia y los blancos graneros. A Riabóvich empezó a palpitarle el corazón... No escuchaba al oficial que cabalgaba a su lado y le decía alguna cosa, se olvidó de todo contemplando con avidez el río que brillaba en lontananza, la techumbre de la casa, el palomar encima del cual revoloteaban las palomas iluminadas por el sol poniente.

Se acercaron a la iglesia y luego, al escuchar al aposentador, esperaba a cada instante que por detrás del templo apareciera el jinete e invitara a los oficiales a tomar el té, pero... el informe de los aposentadores tocó a su fin, los oficiales bajaron de sus cabalgaduras y se dispersaron por el pueblo, y el jinete no comparecía.

«Ahora Von Rabbek se enterará de nuestra llegada por los mujiks y mandará por nosotros», pensaba Riabóvich al entrar en una isba, sin comprender por qué su compañero encendía una vela ni por qué los ordenanzas se apresuraban a preparar los samovares...

Una penosa inquietud se apoderé de él. Se acostó, después se levantó y miró por la ventana si llegaba el jinete. Pero no había jinete. Volvió a acostarse. Media hora más tarde se levantó y, sin poder dominar su inquietud, salió a la calle y dirigió sus pasos hacia la iglesia. La plaza, cerca de la verja, estaba oscura y desierta... Tres soldados se habían detenido, juntos y callados, al mismísimo borde del sendero. Al ver a Riabóvich, salieron de su ensimismamiento y lo saludaron. Él se llevó la mano a la visera y empezó a bajar por el conocido sendero.

Por encima de la otra orilla, el cielo se había teñido de un color purpúreo: salía la luna. Dos campesinas, charlando en voz alta, andaban por un huerto arrancando hojas de col; tras los huertos negreaban algunas isbas... Y en la orilla de este lado, todo era igual que en mayo: el sendero, los arbustos, los sauces inclinados sobre el agua... Sólo no se oía al valiente ruiseñor, ni se notaba olor a álamo y a hierba tierna.

Ante el jardín, Riabóvich miró por la portezuela. El jardín estaba oscuro y silencioso... Sólo se distinguían los troncos blancos de los abedules próximos y un pequeño tramo de la avenida, todo lo demás se confundía en una masa negra. Riabóvich aguzaba el oído y miraba ávidamente, pero, tras haber permanecido allí alrededor de un cuarto de hora sin oír ni un ruido y sin haber visto una luz, volvió sobre sus pasos...

Se acercó al río. Ante él se destacaban la caseta de baños del general y unas sábanas colgadas en las barandillas del puentecillo. Subió al pequeño puente, se detuvo un poco, tocó sin necesidad una de las sábanas, que encontró áspera y fría. Miró hacia abajo, al agua... El río se deslizaba rápido y apenas se le oía rumorear junto a los pilotes de la caseta. La luna roja se reflejaba cerca de la orilla; pequeñas ondas corrían por su reflejo alargándola, despedazándola, como si quisieran llevársela.

«¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! -pensaba Riabóvich contemplando la corriente-. ¡Qué poco inteligente es todo esto.»

Ahora que ya no esperaba nada, la historia del beso, su impaciencia, sus vagas esperanzas y su desencanto se le aparecían con vívida luz. Ya no le parecía extraño que no se hubiera presentado el jinete enviado por el general, ni no ver nunca a aquella que casualmente lo había besado a él en lugar de otro. Al contrario, lo raro sería que la viera.

El agua corría no se sabía hacia dónde ni para qué. Del mismo modo corría en mayo; el riachuelo, en el mes de mayo, había desembocado en un río caudaloso, y el río en el mar; después se había evaporado, se había convertido en lluvia, y quién sabe si aquella misma agua no era la que en este momento corría otra vez ante los ojos de Riabóvich... ¿A santo de qué? ¿Para qué?

Y el mundo entero, la vida toda, le parecieron a Riabóvich una broma incomprensible y sin objeto. Apartando luego la vista del agua y tras haber elevado los ojos al cielo, recordó otra vez cómo el destino en la persona de aquella mujer desconocida lo había acariciado por azar, se acordó de sus ensueños y visiones estivales, y su vida le pareció extraordinariamente aburrida, mísera y gris.

Cuando regresó a su isba, no encontró en ella a ninguno de sus compañeros. El ordenanza le informó que todos se habían ido a casa del «general Fontriabkin», que había mandado un jinete a invitarlos... Por un instante el gozo estalló en el pecho de Riabóvich, pero él se apresuró a apagar aquella llama, se acostó y, para contrariar a su destino, como si deseara vejarle, no fue a casa del general.

Antón Chejov

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29/08/2008 01:47 Autor: sakkarah. #. Tema: Cuentos. Hay 6 comentarios.

Las nubes...

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Las nubes vienen amenazantes, la oscuridad se cierne sobre el lugar, y el árbol (desnudo) no teme. Acostumbrado a su soledad, ha reparado en la tierra, su compañera, y a su lado se hace fuerte en la espera de Alicia.

Cuando los cielos se calmen al golpe de su mirada. Cuando las flores se peleen por nacer para poder acompañarla, ella pasará. Pasará con su eterna sonrisa inocente del que no conoce la envidia, ni la competencia; con la sonrisa del que no sufre una ausencia, porque toda ella es entrega.

Ella, que nació reparando en lo pequeño, y está atenta a la respiración de un grillo, les dejará su alegría. Se sentará bajo la mirada atenta de las hojas del árbol, las que se cimbrean y empujan por escuchar su charla.

En sus exploraciones, se ha adentrado en la huronera, y por infinitas galerías ha llegado a lo profundo. Hoy de su mano abandono el lugar donde me hallaba, para empezar a vivir de lo pequeño. Sé que sólo lo más insignificante será capaz de hacer que no me falte la sonrisa.

Sakkarah

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29/08/2008 00:24 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis cuentos y relatos. Hay 4 comentarios.

Nuestros hijos.

20080830224612-hush-by-tolkienmaster.jpg

El médico ingles Ronald Gibson, comenzó una conferencia sobre conflictos
generacionales, citando cuatro frases:


1). ’Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a
las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad.
      Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de
pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son  simplemente
malos’.
2). ’Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la
juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable,
desenfrenada, simplemente horrible.’

3). ’Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no
escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos’
4). ’Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los
jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de
antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura’

Después de éstas cuatro citas, quedó muy satisfecho con la aprobación,
que los asistentes a la conferencia, daban a cada una de las frases dichas.

Solo entonces reveló el origen de las frases mencionadas:

La primera es de Sócrates (470-399 a.C .)
La segunda es de Hesíodo (720 a.C.)
La tercera es de un sacerdote del año 2.000 a.C.
La cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas
de Babilonia (Actual Bagdad) y con más de 4.000 años de existencia.

Desconocido

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30/08/2008 22:46 Autor: sakkarah. #. Tema: Curiosidades Hay 9 comentarios.

Respiro hondo.

20080831220243-rosa-dos.jpg

Respiro hondo y noto que no se puede retener el aire, pero el se renueva a cada instante para mi

Apretaba el amor entre mis manos y al notar que una gota se filtraba entre mis dedos, abrí la mano para que corriera en libertad como el agua del río.

Las olas rompen con fuerza contra mi piel y rápidas vuelven al mar dejándome llena de sentimiento...

Sakkarah

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31/08/2008 22:02 Autor: sakkarah. #. Tema: Mis sentimientos No hay comentarios. Comentar.

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31/08/2008 22:08 Autor: sakkarah. #. Tema: Imagen Hay 2 comentarios.



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