Blogia

Sakkarah

Aparentemente...

Aparentemente...

Aparentemente cada vez estamos más concienciados de los problemas que hay en el mundo, como el del hambre. Nuevas ONG se van ocupando del tema, y muchas personas dicen pertenecer a ellas, y participar activamente; pero la realidad es que el hambre en el mundo ha aumentado sus tasas, que cada vez hay más.

A todo esto se le añade el peligro de los biocombustibles, de tal forma que quizá algún día haya una lucha entre satisfacer el hambre, o crear combustibles con las plantas alimenticias. Bien es cierto que se pide que sea a partir de plantas no alimentarias, o de desechos de estas; pero no hay total seguridad de que se cumpla viendo como funcionan las cosas.

Es lógico que al igual que cada día estamos más deshumanizados, también nos descuidemos más a la hora de las ayudas a los más necesitados.

Sakkarah

Cava...

Cava...

Autor imagen: Lionel Wendt

Cava en tu entraña bulle,
y colma el vaso de tu ternura.
Humedezco mis manos
en ese tu vino espumoso que te desata,
hasta empapar y secar,
sin dejar escapar tu diaria caricia.

Después, dentro de ti, como un mar en calma,
emprendo un canto de sirena
para poder llegar a tus profundidades.

Sombra tuya soy en tus meditaciones.
Brisa pujando por un resquicio de tu ventana.
Fantasma tranquilo en un rincón de tu alma.

Quisiera vencer tus párpados con mi recuerdo.

Sakkarah

Unbreak My Heart

Unbreak My Heart

Autor imagen: Selina Fenech

Cerrar música de fondo al final de la página

No me abandones asi,
hablando sola de ti
ven y devuelveme al fin
la sonrisa que se fue
una vez mas
tocar tu piel,
en uno suspirar,
recuperemos lo que se ha perdido.

Coro:

Regresa a mi
quiereme otra vez,
borra el dolor que alimento cuando te separaste de mi
dime que si
no quiero llorar
regresa a mi.
no puedo olvidar..

traeme el amor que se fue
traeme a la dicha tambien
quiero que vengas a mi y me vuelvas a querer
no vuelvas
si tu no estas tienes que agregar
mi vida se apaga sin ti a mi lado

Regresa a mi
quiereme otra vez
borra el dolor
que alimento cuando te separaste de mi
dime que si
no quiero llorar
regresa a mi. ohohoh...

no me abandones asi
hablando sola de ti
devuelveme la pasion de tus besos.

regresa a mi
quiereme otra vez
borra el dolor que alimento cuando te separaste de mi
dime que si
no quiero llorar
regresa a mi

Regresa a mi oh baby
y dime que si me quieres
regresa a mi mi vida
que sin ti se que no puedo ohohohoho nono.. no puedo amar...

Letra canción

Cierto día...

Cierto día...

Cierto día en un monasterio budista tibetano, encontraron muerto a
uno de sus guardianes y fue preciso encontrar un sustituto.

El Gran Maestro convocó a todos los discípulos para determinar
quien sería el nuevo centinela. El Maestro, con mucha tranquilidad y calma, colocó una magnífica mesita en el centro de la enorme sala en la que estaban reunidos y encima de ésta, colocó un jarrón de porcelana muy raro, y en él, una rosa amarilla de extraordinaria belleza y dijo:-

’Aquí está el problema’. Asumirá el puesto el primer monje que lo resuelva.

Todos quedaron asombrados mirando aquella escena: un jarrón de gran
valor y belleza, con una maravillosa flor en el centro.

¿Qué representaría?, ¿Qué hacer?, ¿Cuál es el enigma?

En ese instante, uno de los discípulos sacó una espada, miró al Gran Maestro, y a todos sus compañeros, se dirigió al centro de la sala y ... ¡¡ZAZ!! Destruyó todo de un sólo golpe.

Tan pronto el discípulo retornó a su lugar, el Gran Maestro dijo: -

’Usted será el nuevo Guardián del Monasterio’.

Moraleja de la Historia :

No importa cuál sea el problema. Ni que sea algo lindísimo. Si es
un problema, precisa ser eliminado, un problema es un problema, no
importa que se trate de una mujer sensacional , o de un hombre
guapo y maravilloso o de un gran amor que se acabó, por más hermoso
que sea o haya sido, si no existiera más sentido para ella en tu
vida, tiene que ser suprimida.

Muchas personas cargan la vida entera el peso de cosas que fueron
importantes en el pasado y que hoy solamente ocupan un espacio
inútil en sus corazones y mentes, espacio que es indispensable para
recrear la vida.

Existe un proverbio Chino que dice:

’Para que tú puedas beber vino en una copa que se encuentra llena
de Té, es necesario primero tirar el té, y entonces podrás servir
y beber el vino.’

Limpia tu vida, comienza por las gavetas, armarios, hasta llegar a
las personas del pasado que no tienen más sentido y que están
ocupando espacio en tu corazón.

El pasado sirve como lección, como experiencia, como referencia,
sirve para ser recordado, no revivido. Usa las experiencias del
pasado en el presente, para construir tu futuro. ¡Necesariamente en
ese orden!

’Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te
ahorrarás disgustos’.

Anónimo

El fuego.

El fuego.

El fuego se extiende silencioso sobre los campos. El campesino duerme, mientras se asola todo lo sembrado.

Se han desvanecido las ramas donde íbamos colgando los miedos, para empezar a hablar. Ya no puedo ir llevando paja a ese nido aun informe.

Hoy están los cielos cenicientos, de mirarse en nosotros. Afónico el canto de ese pájaro que siempre nos rondaba, no puede tocar tu hombro con el ala. Planea sobre el campo devastado, y ya no nos encuentra.

En el aire, el roce de un beso me acaricia.

Sakkarah

Quiero curarme de ti.

Quiero curarme de ti.

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se le puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes como te digo que te quiero cuando digo: “qué calor hace”, “dame agua”, “¿sabes manejar?”, “se hizo de noche”…Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te quiero”.)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tu quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar aun panteón.

Jaime sabines

El avión de la bella durmiente.

El avión de la bella durmiente.

Imagen autor: Emilie Floege

Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesiá que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
         Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
         Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. “Claro que sí”, me dijo. “Los imposibles son los otros”. Siguió con la vista fija en la pantalla,de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
         —Me da lo mismo —le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas.
         Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
         —Escoja un número —me dijo—: tres, cuatro o siete.
         —Cuatro.
         Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
         —En quince años que llevo aquí —dijo—, es el primero que no escoge el siete.
         Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
         —¿Hasta cuándo?
         —Hasta que Dios quiera —dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
         Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
         Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
         A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
         El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
         Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
         Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
         Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
         Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
         —A tu salud, bella.
         Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y limpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la cresta de espúmas,de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de¡ placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
         —Quién iba a creerlo —me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña—: Yo, anciano japonés a estas alturas.
         Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
         Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
         El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. “Carajo”, me dije, con un gran desprecio. “¡Por qué no nací Tauro!”.
         Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.

Gabriel García Marquez

Aquellas pequeñas cosas.

Aquellas pequeñas cosas.

Cerrar música de fondo al final de la página.



Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.

Es fácil.

Es fácil.

Autor imagen: Ferdinand Hodler

Es fácil saltarse toda ley. Ya dicen que el que hizo la ley hizo la trampa. También debe serlo acudir a la imaginación para no asfixiarse en tanta mentira.

Maravillarse ante lo realmente bello, y no ante los espejismos. Toda rotura se restaura en la calma. Las cosas que hacemos tan difíciles son sencillas, sólo hay que quitarle nudos al corazón retorcido.

Nadie es capaz de arrebatar los sueños y los sueños perdidos se renuevan. En la lluvia, un sueño cada gota; en la brisa plumas blancas en el espacio. Lo vivido nadie nos lo quita, vendrán detrás nuevas o mejores cosas, jamás las mismas. No me hace falta que un trozo de mi vida sea excelso en el otro, tan sólo quiero que sea para mi un íntimo tesoro.

Un cambio para nadie, a nadie hay que demostrarle nada. No hay que ser superior para el otro, pero si gigante para nuestra idea. Al que no ve, no hace falta enseñarle. Arcano interno que sólo puede descubrir el poseedor de la clave, no hace falta más.

El olvido para lo que no mereció la pena, y el peligro para correr tras el. Magia para cambiar los tiempos, estaciones y momentos. Un abrazo para el azar, divertido juego de la vida. Ya no quiero crear ídolos expuestos al latrocinio. Nada que se haya de ir con facilidad deseo.

Un abismo es tan solo un fácil descenso.

Sakkarah

Me adelanté.

Me adelanté.

Me adelanté dejándolos atrás. Necesitaba sentir el rumor de las hojas de los pinos, y no podía ser con su parloteo. El secreto de mi felicidad está entre ellos, en la tierra, el aire limpio...Allí soy yo, reinando sobre todo, sin dominarlo, sintiéndome. Sólo los recuerdos felices se mantienen en nebulosa que me rodea. Los malos, no tienen dominio donde la naturaleza les aplasta.

Me dirijo al lago, me gusta reflejarme y perderme en las aguas quietas. De camino, una pareja feliz, se pierde en el amor; yo no miro para no evocar mis encuentros. Aposentada ya en la orilla, busco la chimenea. Cayó, como tantas otras cosas que los hombres dejan al descuido.

Abajo se sienten pasos, carreras. Son los niños que juegan correteando por el pueblo. Entre las algas, sus espíritus juegan en burbujas de agua. El pueblo duerme, con sus risas, y sus llantos, bajo el agua.

Sakkarah

Corta la vida...

Corta la vida...

Corta la vida de una esperanza. Ahora ella pare abortos que nunca verán la luz. Una alegría fingida en cada baile de máscaras. Una vida con el dolor alegre del que nada dice sucederle.

Intuición de sol en noche eterna. Amor de luz en oscuridad obscena. Viento que sacude haciendo tiritar a su paso, despojando quimeras, arrastrando a la tierra.

Una vista al vacío, una ciega mirada que traspasa el fondo opaco, iterativo. Un no saber comprender, ni encontrar la causa; una lanza clavada en la tierra y unos labios que besan la hierba. Manos que se aferran al suelo, y un susurro acabado y quedo del que le abandonaron las fuerzas.

Querer poner fin al principio, y abocarse a una espiral sin fin. Sentir el mareo batido en el cerebro por las vueltas, y acabar, sólo acabar.

Sakkarah 2005

Había estado.

Había estado.

Había estado diez días en el frente cuando ocurrió. La experiencia de ser impactado por una bala es muy interesante y pienso que merece la pena describirla con detalle.

Fue en la esquina de un parapeto, a las cinco en punto de la mañana. Esta era siempre una hora peligrosa, porque teníamos el amanecer a nuestras espaldas, y si sacabas la cabeza por encima del parapeto su silueta se delineaba perfectamente contra el cielo. Estaba hablando con los centinelas que se preparaban para un cambio de guardia. De repente, a mitad de decir algo, sentí --es muy difícil describir lo que sentí, aunque lo recuerdo con la mayor de las vivezas.

Por decirlo de alguna manera fue como la sensación de estar en el centro de una explosión. Pareció haber un sonoro bang y un flash cegador de luz alrededor mío, y caí en un tremendo shock - sin dolor, sólo un violento shock, como el que obtienes de una terminal eléctrica; con él una sensación de debilidad absoluta, un sentimiento de ser golpeado y blanqueado hasta la nada. Los sacos de arena enfrente de mí retrocedieron a una inmensa distancia. Me imagino que es sentir lo mismo que si te cayera un rayo. Supe inmediatamente que me habían dado, pero por el ruido y la luz pensé que fue un rifle cercano que se había caído accidentalmente y se había disparado. Todo ocurrió en un espacio de tiempo mucho menor que un segundo. Al momento siguiente mis rodillas cedieron y estaba cayendo, mi cabeza golpeando el suelo con un violento choque que, para mi alivio, no dolió. Tenía una sensación de indiferencia y sorpresa, una conciencia de estar malherido, pero sin dolor en el sentido ordinario.

El centinela americano con el que hablaba dijo: ¡Hey! ¡Estás herido! La gente se arremolinó alrededor. Hubo el revuelo habitual - ¡Levantádle! ¿Dónde le han dado? ¡Abridle la camisa! etc. etc. El americano pidió un cuchillo para cortar mi camisa, Sabía que había uno en mi bolsillo e intenté cogerlo pero descubrí que mi brazo derecho estaba paralizado. No teniendo dolor, sentí una vaga satisfacción. Esto debería satisfacer a mi esposa, pensé; ella siempre me quiso herido, lo que me salvaría de ser muerto cuando la gran batalla viniera. Fue entonces que se me ocurrió preguntarme dónde estaría herido y cómo de grave. No podía sentir nada, pero era consciente de uqe la bala me había impactado en algún lugar del cuerpo por delante.

Cuando intenté hablar descubrí que no tenía voz, sólo un débil gritito, pero al segundo intentó conseguí preguntar dónde había sido herido. En la garganta dijeron, Harry Webb, nuestro camillero, había traído una venda y una de las pequeñas botellas que nos daban con las vendas de emergencia para disparos. Conforme me levantaron un montón de sangré salió de mi boca. Sentí el alcohol, que de normal escocería como el demonio, caer en la herida con un agradable frescor. Me tumbaron de nuevo mientras alguien traía una camilla.

Tan pronto supe que la bala había cruzado limpia mi cuello, pensé que estaba acabado. Nunca había oído de hombre o animal que sobreviviera a una bala que le atravesara el cuello. La sangre se derramaba por una comisura de mi boca. "La arteria está destrozada", pensé. Me pregunté cuánto duras cuando tienes la carótida cortada. No muchos minutos presumiblemente. Todo estaba muy borroso.

Debieron pasar unos dos minutos en los cuales asumí que me habían matado. Y eso fue también interesante --quiero decir, es interesante conocer cuáles serían tus pensamientos en ese momento. Mi primer pensamiento, bastante convencional, fue para mi esposa. Mi segundo fue un violento resentimiento de tener que dejar este mundo que, cuando todo está dicho y hecho, encaja conmigo bastante bien. Era hora de sentir eso vívidamente. La mala suerte me enfureció. ¡La ausencia de sentido en todo eso! Caer, no en la batalla, sino en una esquina perdida de las trincheras, ¡por el descuido de un momento! Pensé, también, en el hombre que me había disparado --Me pregunté cómo sería, si sería español o extranjero, si sabía que me había dado y todo eso. No tuve ningún resentimiento hacia él. Reflexioné que siendo un fascista yo lo habría matado si hubiera podido, pero si hubiera sido hecho prisionero en ese momento y traído ante mí, simplemente le hubiera felicitado por su buena puntería. Puede ser, en cambio, que si de verdad te estuvieras muriendo tus pensamientos fueran bastante diferentes.

Me acababan de poner en la camilla cuando mi brazo paralizado volvió a la vida y empezó a doler como un maldito. Imaginé que me lo debía haber roto en la caída; pero el dolor me dio confianza, porque sabía que las sensaciones no se vuelven más agudas cuando uno se está muriendo. Comencé a sentirme más normal y a compadecerme de los cuatro pobres diablos que sudaban y andaban a tumbos con la camilla a hombros. Había milla y media hasta la ambulancia, un mal viaje por una vía resbaladiza y con escombros. Supe qué esfuerzo era ese, ayudando a cargar un herido uno o dos días antes. Las hojas de álamo plateado que, a veces, poníamos en las camillas me rozaban el rostro. Pensé que era una buena cosa estar vivo en un mundo donde crecen álamos plateados. Pero con todo el dolor de mi brazo era diabólico, haciéndome jurar y luego intentando no jurar, porque cada vez que respiraba demasiado fuerte, sangre emergía de mi boca.

George Orwell

 

 

Pensando

Pensando

Pensando, me resulta curioso ver como nos preocupamos enseguida que vemos un amigo enfermo de gravedad, e intentamos hacerle la vida más grata, por si el fin pudiera estar próximo. Lo mismo sucede con los enfermos terminales y sus cuidados paliativos. Estos van dirigidos a hacerles sus últimos días más agradables.

Mi pregunta es esta, ¿por qué no hacer la vida agradable siempre a quienes queremos?, ¿por qué hay que esperar a que estén en las últimas? Imagino que la respuesta es que sólo valoramos en su justa medida lo que perdemos.

Quizá lo nuestro sea un andar siempre buscando y, cuando tenemos algo, lo dejamos ya en segundo plano, perdiendo el interés. Hay una necesidad de búsqueda, o sed de sensaciones nuevas siempre en nosotros.

Sakkarah

Un frondoso bosque.

Un frondoso bosque.

Un frondoso bosque, selvático. No sé como ir apartando cada obstáculo cuando la naturaleza me lo pone difícil. Siempre se corta la palabra a tiempo para dejarme llena de preguntas que quizá nunca tengan una respuesta.

Pirámide resistente, impenetrable eres. Yo arena que te cubre sin descubrir el secreto. No me atrevo a soñar humo.

El miedo que no tuve se acerca cadencioso, pero no evita este sentido expectante, este deseo que no se atreve a escapar entre barrotes por miedo a herirse.

¡Cuántos velos he puesto a la luna!

Sakkarah

Eres naranja.

Eres naranja.

Eres naranja, como mi vida,

como la luz que se aposenta en mi interior.

 

Eres el sueño que siempre amanece,

que me posee día a día.

 

No penetro los poros de tu piel,

sólo rozo con mis labios.

 

No se incrustarme en tu boca para poder llegar a tu corazón;

pero seré ese reflejo de color en tu mirada.

 

Es naranja el color que, a veces, se apodera de nosotros.

Sakkarah

Ya no velo.

Ya no velo.

Ya no velo al amor en la noche. Su ausencia siempre se nota en mis momentos de crisis. Tal parece que el universo se pusiera de acuerdo para apagar todas las estrellas en días como esos. Quizá todo problema haya que purgarlo en soledad.

Viene a mi una mezcla de desasosiego y calma, voy aprendiendo a dominar las penas.

Domino el sueño y me levanto impasible, ya la tristeza ha perdido batalla. Sólo es cuestión de dejarse mecer por la vida. No me paro a escuchar los sonidos de la noche, ni me agita el bullicio de la mañana. La mentira ya no me enciende, y el deseo se terminará apagando. Voy reafirmándome en mi propio ser.

La soledad ha dejado de asustarme, nos estamos haciendo cómplices. Tampoco me siento fría, tan solo indiferente o, mejor dicho, indolente.

Ya no hay esperas en mi agenda.

Sakkarah

Pasarán los años.

Pasarán los años.

Pasarán los años, y aún así, tú nunca entenderás nada, porque los ojos del amor son ciegos, y mi palabra, vana sería para ti.

En tus pérdidas podrías encontrar la luz, pero la venda es tirante. Mi esfuerzo sería inútil.

En la vereda, solitaria ya voy. Supe que siempre debería ir despojada de todo.

Mis palabras eran sinceras, y un huracán de intrigas las alejó. Ya sólo permito que sea el silencio quien me rodee.

Atrás se queda una corona de lágrimas.

Dos hombres...

Dos hombres...

Dos hombres, habían compartido injusta prisión durante largo tiempo en donde recibieron todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez libres, volvieron a verse años después. Uno de ellos le preguntó al otro:

- ¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros?

- No, gracias a Dios, yo lo olvidé todo - Contestó -

- ¿Y tú?

- Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas - respondió el otro -

Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo:

- Lo siento por ti. Si eso es así, significa que aún te tienen preso.

Desconocido

Cuando...

Cuando...

Autor imagen: Monica-Steward
Cuando nos vimos por primera vez,
no hicimos sino recordarnos.

Aunque te parezca absurdo, yo he llorado

cuando tuve conciencia de mi amor hacia ti,
por no haberte querido toda la vida.

Antonio Machado

Los hilos...

Los hilos...

Los hilos con los que me asegurabas a tus manos, hoy se rompen. Caen débiles los brazos. Sé que la vida tirará de mí, y dócil la sigo.

Las pasiones se durmieron en tu grito, y el alma ya cansada no responde. El aire ya no prende llama, y la mente no se cuelga de los delirios.

Mágicas y escasas fueron aquellas primeras palabras, y hoy las dormiré en la almohada de los silencios.

Sakkarah