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Sakkarah

Mis cuentos y relatos.

Caballo.

Caballo. El caballo corría desbocado levantando la tierra en polvo de silencio. En su entraña, el corazón palpitaba airado con la vida; la rabia daba fuerza a su galope hacia ninguna parte.

Una búsqueda constante e inmisericorde del raciocinio, le llevaba hacia la desesperación del que nunca lo podría albergar en si. Búsqueda inconclusa era la suya, mientras sus herraduras se oponían a dar tregua.

Relinchaba y se elevaba incontenible. Sus crines al viento quedaron como símbolo de la pasión estática.

Sakkarah

Entre sus hojas

Entre sus hojas Entre sus hojas, los ojos del sauce se abren como platos, en la noche. Ha quedado prendido del tenue resplandor de la luna entre la niebla. En su retina, el sueño arde como estrellas, mientras los recuerdos acuden.

Es testigo de sueños desconocidos y lejanos; sueños apagados con lágrimas. En los silencios intentaba adivinarla, y la incógnita la llevaría entrelazada a sus ramas hasta ser pasto de las llamas.

La oscuridad de su sombra hablaba de rotas quimeras a las que no pudo aportar luz. Sus ramas colgantes como lágrimas, no pudieron rozar y enjugar la sal de las suyas. Su esperada visita, sólo podía ser producto del amor; pero ella, un fatídico día, se había resbalado de la caja de sentimientos.

Se mustiaron las hierbas que esperaban sus pisadas. No fueron sus pies los que hicieron presencia. El sauce se abate en la espera desesperada de lo que no acudirá. Su rugoso tronco no recibió la caricia de esas manos soñadoras.

Mientras, la vida sigue, y él pasea feliz por sus parajes.

Sakkarah

Camino empedrado.

Camino empedrado.

Mi camino es de piedra incrustada en el asfalto, donde los pies resbalan por estar ya tan trillado. Cuesta empinada donde muchos caballos desfallecen y mueren antes de llevar el carruaje a su lugar de destino.

Más de un muro he saltado; muchas calles, estrechas en demasía, he transitado. Procuro ir por la avenida llena de embrujo y magia, aunque siempre termino perdiéndome por todos sus vericuetos.

En esta ciudad, mi vida, al caballero se le ronda cuando se asoma entre la reja de la baja ventana. No he logrado doblegar sus hierros, y él sigue pensando que este obstáculo pertenece a mi jaula. Prisionero que, en un sueño, se cree libre. La ironía de mi sonrisa la cubre este embozo, mientras mis labios van degustando un amargo sabor, por el trago de acíbar que me brindó el descorche de esta botella.

Sigo el camino después de la rondalla, y allí los cántaros, en su quietud, se ofrecen para apagar la sed. Haciendo caso omiso, intento elevar mi barbilla y seguir adelante. Voy luciendo esta valentía llena de miedos.

No fiándome del amparo de esta capa, me voy adentrando en la tiniebla, donde hasta mi sombra poco a poco se va difuminando. Y me pierdo, me pierdo en esta supervivencia donde los débiles nos sujetamos a arañazos con la vida.

Sakkarah

Mi casa.

Mi casa. Mi casa tiene innumerables puertas, pero todas de salida. Por tal razón, no hay aromas nuevos, y el ambiente se ha hecho espeso.

Una tienda sin pedidos, regalos apuntados en el debe de la memoria del tiempo. Siempre urgente, atravieso las puertas al exterior, como un misil que explota antes de llegar a su destino. La aldaba cuelga llena de orín, sin conocer el toque de la mano suave.

Un rumor de voces rebelándose, claman por no recibir nunca el refuerzo. Salen las palabras y no vuelven; un pueblo que habita mi mansión en aras de extinguirse. Engalanadas con sus barrocos trajes, siempre esperan a la reina que no llega. Salió prometiendo su vuelta, y su trono ha sido habitado por pequeños arácnidos que tejen la desdicha.

Amor, palabra que salió acompañada de un batallón de sentimientos, y no encuentra la entrada en esta heredad de evasiones.

Sakkarah

La sombra.

La sombra.

Nada había para poder saciar su apetito. Se tenía que conformar recogiendo los mendrugos de pan sobrantes de otras casas. Solía guardar silencio. Veía y callaba, hasta que un día decidió quejarse. Ese día fue su sentencia, se hizo molesta al denunciar lo que estaba sucediendo.


Inútiles eran sus palabras, pues todas iban cayendo al vacío. Nunca se sintió querida, y ahora lo expresaba.


Se sentía presa de sus sentimientos y cuando se apaciguaba. La sombra ponía ante sus ojos un carrusel de luces que la cegaban, haciéndola volver loca. Sabían que nada tenía, sólo sus mendrugos; pero esa sombra encontraba placer viendo como se removían sus entrañas.


Se había dado cuenta que de nada valía quejarse, era un trabajo limpio que no dejaba rastro. No quería entenderla, no la escuchaba.


Ya, totalmente ciega, se había replegado en sí misma. Nada quería saber de nadie. No recogería más mendrugos. No deseaba nada. Sólo un temor anidaba en ella, la sombra y sus luces.

 Sakkarah

 

 

Lobo

Lobo

En la ojeada del animal solitario se refleja el pensamiento del hombre. La soledad buscada en rebeldía, el orgullo autosuficiente. Alejado del amor, blandiendo la espada contra su destino.

La crueldad ganada a la vida, corre por los laberintos esofágicos mientras la lluvia se esconde, o se hace nieve para reposo del lobo. La tristeza se oculta en su faz interesante.

Una flor capta su mirada, y se abstrae viajando donde la esperanza vive y lleva su nombre

Su iris cuenta las estrellas, y en una se pierde, humedeciendo una lágrima su seca mirada.

Sakkarah

Sola

Sola Begoña le tomaba amor a los objetos, disfrutaba, los compraba y se rodeaba de ellos. Su casa estaba llena de muebles. Era una manera de llenar los vacíos, esos que te hacen sentir sola. También era sociable, y se llenaba de amistades. Le gustaba salir e ir por la calle tropezándose con ellos y saludando.

Pero era voluble. Un buen día se levantaba y la estorbaba todo. Tanto objeto sólo le quitaba espacio, y le daba quehacer en la limpieza. Al salir a la calle no sentía ganas de pararse; daba grandes rodeos para no tener que saludar. No le apetecía comunicarse con nadie. No es que fuese mala amiga, pero necesitaba estar sola. Sus amistades sabían que si tenían necesidad de estar con ella, la encontrarían.

En realidad lo que la sucedía es que se encontraba perdida. Andaba metida en un laberinto y no podía encontrar la salida. Sabía que actuando así terminaría sola; pero no podía ir en contra de lo que su más íntimo impulso la empujaba a hacer.

Sakkarah

Con sus grandes orejillas...

Con sus grandes orejillas...

Con sus grandes orejillas, y sus ojos fijos me miraba de manera insistente. Yo quería comprender en su mirada. Sabía que allí se reflejaba mi futuro, que todo dependía de poder leer en esos ojos enormes. Me quedaba hipnotizada, y mi vuelta a la realidad no me aclaraba gran cosa.

Cuando me cansaba me alejaba, y corría tras de mí para ponerse enfrente. Era insistente, quería que descifrara los signos grabados en chispitas negras sobre el tono marrón del iris. Yo prefería hablarle, pues con un movimiento de su boca podría entender, pero sus labios permanecían sellados.

A veces pensaba que él sólo era una paranoia más de mí agotada mente. Entonces lo tocaba, y mi tacto no podía engañarme. Esa piel viscosa y gris no era una imagen creada por mí. Era real, tanto, como que mi corazón aún latía.

Salí de la casa dando un portazo. Ya no soportaba más la sensación de verme acosada por su compañía. Me dirigí a la alameda. A esas horas estaba vacía, y allí, en sus jardines, yo me sentía feliz. Al fin podía respirar, y sentir en la cara la fresca brisa. No duraría mucho esta sensación. A mi lado, muy pegado a mi se encontraba él. Esta vez me sujetó la cara para que no pudiera desviar mi vista de la suya, y leí. Pude ver ese gran río de cascada azulada y blanca espuma. Entonces me di cuenta que aún, a pesar de todo, la vida me había reservado un paraíso. Supe que jamás me encontraría sola, porque el río no dejaría de fluir. Siempre me acompañaría la húmeda sensación de mi piel, después de la caricia del agua.

Sakkarah

Me trasladé.

Me trasladé.

Me trasladé a su ciudad, dejaba atrás mis nervios rotos; ese desgarro que se siente en el alma cuando se rompe con todo, cuando de tu vida debes borrar lo imborrable. Sólo había tenido dos opciones entre las que escoger: Mi eterno infierno, en el que quedaba una parte de mi ser, o hacer la maleta del tiempo para correr tras los sueños.

 

Abrí el armario y saqué el vestido de esperanza, los zapatos de valor y un bolso de rebeldía. El interior desnudo, como mi alma.

 

Al entrar en la habitación, me recosté en la cama dejando fluir las lágrimas del olvido. Quería que al encontrarme con él sólo me iluminara mi sonrisa. El cansancio pudo con el llanto, y, al fin, quedé dormida. En mis sueños desfiló toda una vida de amor que culminaba en la escena de dos ancianos enamorados, paseando por la orilla de la playa de la mano Él, aun a veces, la sujetaba por la cintura.

 Tuve un bello despertar, me encontraba llena de confianza. Empezaba a realizar mi gran sueño, el que me acompañó toda una vida. Busqué el móvil y marqué ese número mágico del que salía una voz que hacía vibrar mi cuerpo. Sólo faltaban unos instantes para nuestro encuentro. Marqué sin ninguna inquietud, sólo el corazón latía desacompasado, emocionado.

Las palomas se van apartando de mi paso cansado. Saben que no miro donde piso, mis pies se arrastran por el peso del alma. Frenan los coches y, sus conductores me gritan cosas ininteligibles para mi. La gente a veces me empuja a mi paso, llevan prisa por llegar a un lugar determinado. No hace falta tiempo, ni lugar cuando se va hacia el camino de la nada.  Sólo encontrar una sima donde dejar caer este cuerpo tan pesado que siempre me acompaña.

 

Un salto en mi pensamiento me avisa de que algo ha pasado. En mi oído solo se escucha: “Apagado o fuera de cobertura” Esas palabras palpitan en lugar de mi corazón.

 

El frenazo chirría despertándome. Sólo se escucha un grito, enorme, hace eco en mi vacío; pero...ya viene la paz del eterno sueño.

Sakkarah

La vuelta al bar.

La vuelta al bar.

La vuelta al bar, después de haber pasado meses, no tenía nada sorprendente. Adosados a su barra, más o menos los de siempre. Algunos de ellos en su rincón favorito, porque somos animales de costumbres, y nos asociamos siempre, o casi siempre, a unos lugares determinados.

La única ocupación posible en él, es pedir un café, para dejar pasar las horas. Siempre hay familia pululando para sentarte con ella; y, como no, te encuentras rodeada por las dos mesas de la partida de cartas de mujeres. Entre los dos grupos se llevan fatal, se lo pasan de miedo mientras cotillean unas de las otras; pero no pierden la oportunidad de acribillar con la mirada al "veraneante". Después, aparece un murmullo de gallinas silenciadas.

La dueña tiene la costumbre de tener puestos los CD a todo volumen, mientras van pasando las imágenes en la televisión. Cuando se alborota el gallinero de las cartas. Sube el volumen de esta, hasta hacer un gran estruendo en el choque de sonidos. Es entonces cuando la lanzan esa mirada de mala baba, a la que ella tuerce el morro, como diciendo: " te jodes"

Te vas a casa con la sensación de que te regalaron una vida para perderla, para dejarla derramada por cualquier lugar.

Sakkarah

Los finos y frágiles...

Los finos y frágiles... Los finos y frágiles hilos invisibles fueron rotos por el sueño. La luminaria, de belleza increíble, es  rauda en su caída. Una estela brillante deja esparcida en el abrazo con el espacio. Su luz abre mis ojos perezosos y cargados de somnolencia. Allí, en el alfeizar de mi ventana, se posa entregada. Mi tímida caricia hace que me abrase el alma, y mi cuerpo se estremece rememorando cada paso perdido. 

Su sordo latido me impulsa a explorar el desconocido camino de abismos que me perderán en asombrosas sensaciones.

Sakkarah

Al entrar...

Al entrar... Al entrar en la estancia, quedé maravillada ante lo que veía. Todo estaba cargado de riqueza.

Todos me ignoraban, pero ello no importaba, admiraba el arte. Lógicamente, de la obra, pasé a intentar comprender a los artistas. Geniales personas capaces de crear.
Lógicamente serían cofres llenos de sensibilidad.

A pesar de ser un personajillo sin importancia, no me amedranté para acercarme a uno de ellos. Ya puestos a elegir, me fijé en el más importante. Con la imaginación le revestí de todas las virtudes que podía recopilar en mi pensamiento. Nació en mi un sentimiento de ternura como agradecimiento a la sencillez del artista.

Poco tiempo después de salir de aquella galería, se apoderó de mi el sueño; no me quedó más remedio que dejarme guiar por la caricia de Morfeo.

Oníricas escenas se apoderaron de mi mente. En ellas veía al gran artista, me acercaba a él despacio, con mucho cuidado. La curiosidad me tomó de la mano arrastrándome hacia su interior, y, como cirujano me dispuse a tal operación.

Las gotas de sudor perlaban mi frente, no era capaz de asimilar lo que mis ojos veían. Al seccionar su tórax, no encontré vísceras. Con rapidez llamé al psicólogo que habita en mi, para ver si encontraba los sentimientos. No estaba equivocada, era muy claro lo que mi vista percibía. El color amarillento, su olor...¡No había duda! El interior lo ocupaba un gran queso gruyere.

La palidez se apoderaba de mi piel, la sangre huía de mi. Al mirarme las manos, me di cuenta de que adquirían un color grisáceo; pero eso no fue lo peor. Sentía un peso a mi espalda, nunca había sentido una cosa igual. Eché mi mano, ya gris, atrás, para palparme, y....agarré algo que parecía interminable. Sentí pánico, pero volví la cara para inspeccionar lo que pasaba. En ese mismo instante creo que debí desmayarme.
Al despertar del sueño, ya no había dudas. El gran artista me había convertido en ratón.

Sakkarah

Mi fantasma.

Mi fantasma.

Tengo una soledad con sombra. Un fantasma al que adoro y que vaga etéreo. Yo me tropiezo en sus sábanas, sé que se da cuenta; pero, como siempre, se hace el ausente.

 

Hoy me levanté con mi soledad más sola, ya no se vivir sin su espectro. Mejor que no lo sepa, porque si no se siente invisible, me abandona.

Sakkarah

El encuentro.

El encuentro.

Abrí la parte de arriba de la puerta, y el patio parecía de plata. Invadido por la luna llamaba al viaje, a la fantasía. Subí a vestirme, algo me empujaba a pasear, a perderme por los caminos del miedo.

Las casas dormían sus fantasmas, y sus piedras estiraban sus bocas silenciosas, comunicándose con su lenguaje mudo. El río susurraba su canción eterna, dejando entrever el secreto de sus ahogados.

Mis pasos dudaban, todo mi cuerpo era atenazado por el miedo, pero una voz lejana, casi inaudible, me llamaba. Nada podía pararme ante su voz aún desconocida. Sólo era un sonido del alma.

Las estrellas rutilaban al unísono de mis temores, acompasando mi pulso. Mis pies iban adquiriendo alas mientras la piel de mis labios ardía. Allí al fondo, entre luces y sombras, rodeado de niebla, él. Sus brazos me aguardaban para el abrazo, sólo quedaba fundirme, desintegrarme en amor.

Mi pelo pudo sentir la ternura de su pecho; mi torso, sus manos mientras mi corazón paraba. El vacío me inundó mientras otra, en su estela, se llevaba mi luz. Mi soledad latía en la oscuridad, por siempre, y yo ya no temí a los lagartos. En la humedad del suelo me tendí me abandoné a esta muerte.

Sakkarah

Pájaro de amor.

Pájaro de amor. Yace mustio el canto del pájaro del amor. Su melodía quiere dormir en el olvido. No quiere amaneceres sin escuchar un canto compañero. En su soledad, prefiere el silencio. No es mudo, pero se hastió de su sordera; hace años que no le retumba la pasión en los oídos. Sobre hielos, patina entre las ramas transparentes y silenciosas.

Los símbolos grabados en el tronco del árbol, le son ajenos. Jeroglíficos de dúos amatorios, que su corazón no acierta a descifrar. La niebla cubre a veces sus ojos, asemejando lágrimas de ausencias. El aire no le trae noticias, pues la soledad no habla; y el desamor lleva la boca cerrada.

Las estaciones perdieron el sentido para él. Seca o verde, la hierba no contiene la magia donde ubicar su nido. Ha tapado sus oídos, sabiendo que no acudirán nuevas promesas hechas trinos.

Sakkarah

En un soplo.

En un soplo.

En un soplo del viento, hecha brisa azul en el espacio, se posó a sus pies. Las suaves manos alcanzaron la flor con ternura. El roce de sus pétalos en ellas, le hicieron sentir un leve escalofrío, presagio de un incierto acontecimiento cercano.

El sentimiento de incertidumbre hacia el misterio sacudió su corazón, haciendo que distraidamente cerrara la mano. Un pétalo se desprendió dejando púrpura entre su dedos. La flor había cumplido su cometido pactado con las estrellas.

De cada punto purpúreo, casi imperceptibles a la vista, surgieron rayos de luz de plata cargados de sueños. Por sus estelas, unicornios y hadas se daban cita trajinando ilusiones.

Su mirada extasiada vivía admiraba de cada bello sentimiento que la vida, ante si, le iba presentando. Su sabio corazón, conmovido, le susurraba la alegría de lo arcano.

Sakkarah

Eterno abrazo.

Eterno abrazo.

Todos ellos iban guardando fila ante la taquilla del " Viaje eterno". Allí recibían un billete que siempre suponía una sorpresa. Sabían que a cualquier sitio que les enviaran iba a ser un viaje a la felicidad, ese trofeo que tanto habían buscado en vida, y que sólo habían encontrado por instantes.

Cuando llegó ella, preguntó que si se podía elegir, a lo que le contestaron que no, porque uno solicitaría los mejores sitios; pero no se dio por vencida e insistió diciendo que el lugar que ella iba a pedir no lo quería nadie. Y era cierto, pues en los cementerios sólo quedaba el maltrecho cuerpo, nunca lo habitaban las ánimas.

Al fin la prestaron atención y decidieron darle el destino pedido. El taquillero pensaba que ni la muerte la había quitado la locura, pero nada costaba cederle un lugar deshabitado.

Ella se sintió feliz en esa soledad gris de aquel cementerio de pueblo. Se sentaba a recordar alguna anécdota de las que en vida le pasaron. Allí, a veces, acudían un grupo de niños buscando huesos de burro. Pensaban que los que estaban a los alrededores del lugar, pertenecía a esos animales. El ánima los tomaba del suelo y se los daba sabiendo que serían devueltos nada más que intentaran guardarlos en casa.

Así dejaba pasar las horas, entre recuerdos y visitas esporádicas de niños buscando el misterio. Era curioso que al verla no sentían miedo, y siempre volvían a visitarla. Sólo tenía un deseo, aun después de la muerte era capaz de desear como un humano. Esperaba encontrarle, ella nunca desechó su sueño en vida, pero parecía que ni en el país de la perpetua felicidad iba a conseguir lo que tanto anheló en vida.

En una de las visitas, una niña de mirada melancólica se acercó a preguntarla su secreto. Sabiendo que no la entendería, le habló de un sueño perdido. Enseguida se iluminó la sonrisa de la niña llenándose sus ojitos de chispas. La pequeña se consideraba una brujita capaz de cumplir los deseos de los tristes. Le aseguró que lo desearía tanto, que su sueño sería cumplido.

No había pasado un día completo, cuando entre la densa niebla se dibujó una figura que se acercaba a ella feliz. Fue tal la intensidad de su sentimiento, que si se descuida vuelve a la vida. Allí, en ese eterno abrazo, cayó todo obstáculo, toda zancadilla que la vida se había propuesto poner...

 

Sakkarah

Sus pies...

Sus pies...

Sus pies no se lastiman en este suelo de piedra fría y dura. Su calor hace lagos de aguas transparentes, y es que la sangre le hierve. Los patos navegan a su sombra. Su pelo, lianas a las que se agarran mujeres desesperadas. Columpiarse en su mente, que no en su corazón. Ya no la traspasa el daño, camina ciega, sin querer ver. No mirará más; porque no es lo mismo pasear la vista que mirar, escrutar. Su mirada no se detendrá en sus juegos. Sus ropas caen al descuido, como laderas de montañas. En ellas se resbalaban las caricias, que ahora caen para ahogarse inevitablemente en las aguas.

El mago sacó de su chistera un pañuelo de aparente seda, se ahorcará con el. Serpenteará hasta convertirse en un monstruo chupóptero, lapa en su cuello. Los azules serán grises amoratados. Y él se perderá en las ondulaciones del agua hasta comprender.

Ella camina, han llegado tarde, ahora tiene el corazón en la mano.

Sakkarah

Cada noche...

Cada noche...

Cada noche esperaba ver pasar su estrella. Ella se inclinaba hasta dejarla rozar su luz con las manos. Empezaba a ser feliz en su soledad, sólo la inclinación la confortaba. Sabía que no se puede retener un astro, pero había aprendido a conformarse. Esa noche, el corazón la dio un salto, la estela de su estrella era más alargada, se quedó sonriendo, esperando, hasta que la sonrisa en sus labios murió.

A todos les gusta tocar las estrellas, y había manos más suaves que las de ella. Se dio la vuelta, y empezó a caminar dando la espalda, lentamente, arrastrando los pies, con ese ritmo aprendido de lo que  sucedería siempre

Sakkarah

Envuelta en neblina gris.

Envuelta en neblina gris.

Vengo a mí envuelta en neblina gris a juego con mi antiguo, recatado, y entallado vestido. Mi cara al mirarme es seria, con una mueca de marcada decepción. He roto mi cadena del destino, y mi camino va perdido, en vertiginoso zig.zag.

 

En mi mirada veo el reproche, y la orden de que tome la rienda, que intente acercarme a la estela donde transitaba. Me miro a mí misma desafiante, ya todo me importa un bledo. ¿Dónde estabas cuando quería agradar al amor? ¿Cómo te presentas en grises, en vez de traerme el color del ánimo?

 

Tus gestas ya no me importan, la cadena me venía grande. Ya el viento no me trae tus danzas, ni tus affaires. Tu gracia ya no me asiste, ni tu vivacidad. Ya me cansé de intentar nadar entre la nada, y la fantasía se perdió. Los bosques encantados desistieron de darme cobijo, me faltaba luz. ¿Dónde te encontrabas para recordármelo, para empujarme hacia delante? No, sólo te presentas ahora, cuando todo está perdido. Preferías recrearte en tus grandes gestas a mirar este presente desolador; pero quieres pasarme la factura.

 

Hoy mi corazón (el tuyo), es piedra gris. Guijarro que se confunde entre el camino, siendo tropiezo para mis pies. No voy a atenderte, hielo soy en mi entraña, nieve en mi piel.

 

Sakkarah