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Sakkarah

Mis cuentos y relatos.

El amor no tiene edad.

El amor no tiene edad. El amor nunca termina, no tiene edad.
 

Felipa se hacía cruces, ¡lo que ve el que vive!, Pedro juega al dominó con los demás ancianos, pero ya no se atreve ni a levantar la vista de las fichas. Ella, mientras sigue bordando, recuerda los recientes acontecimientos que le llevaron  a esa situación, y menea la cabeza con pena.


Felipa no hace bien el punto de cruz, pero sus dibujos son llamativos. Los demás ancianos siempre se interesan por ellos, y ella muestra orgullosa lo poco que sabe hacer. Casilda siempre la mira con desdén y jamás se le ocurrió echarles una mirada. ¡Claro!. ella es una mujer muy culta, muy leída y escribida, como diría Felipa. Debe ser que eso la hace sentirse superior, y no se da cuenta que la humanidad se mide por sentimiento y sabiduría, no sólo por cultura.


El caso es que Pedro era muy dicharachero con todas las ancianas, y le gustaba pasarse a ver los bordados de Felipa, teniendo para ella siempre una palabra amable. Casilda que siempre está con veinte ojos puestos en todas, le empezó a enviar mensajitos a Pedro, amenazándole con retirarle su amor. Como esto no era suficiente se los mandaba también a Felipa acusándola de casquivana..


Pedro ya dejó de ser el mismo, cada vez que ve a Felipa, baja la vista temeroso. Ya no mira sus bordados. Felipa sonríe con pena pensando que Casilda no es mujer para Pedro. No se puede cortar la libertad de esa manera, no se puede retener el amor con el miedo. Ella también tiene celos de su Mariano cuando se le va la vista detrás de las otras ancianas. A veces se ha sentido enfadada, pero nunca se metió con ellas y tampoco quiso que Mariano las dejara de mirar.


Sigue bordando mientras le da vueltas a la cabeza, diciéndose que tanta cultura no enseña a tener principios, ni a saber comportarse. La prueba la tiene en Casilda, la de los anónimos, la que le gusta disfrazar la letra, pero a Felipa no la engaña, ¡pues menuda es ella!. Se conforma pensando que al menos su Mariano se mueve con libertad y la ama aunque mire a las otras. Lo de Pedro ya es harina de otro costal, no sabe si querrá mucho a Casilda, pero tiene seguro que le convertirá en un calzonazos.

Sakkarah

¿Por qué soy?

¿Por qué soy? Regada en el suelo estaba la carne. Ella no podía elegir, se conformaba, o estaba obligada a conformarse con ir tras quien la cogiera.

La brisa anunciaba mi presencia. Sé que fui guiada allí sin ningún conocimiento. Dicen que me habían insuflado vida, pero no me dieron las instrucciones. No me paré a mirar y observar lo que me convendría llevarme. Cogí el primer trozo que encontré para enfundar mi desnudez.

Poco a poco se han ido encendiendo en mi pequeñas luces que guían mis instintos. Ahora en el transcurso del tiempo, inventado por el hombre, me doy cuenta que debí elegir mejor. Todos tomaron su trozo, pero algunos introdujeron en el su espíritu dominante; por eso ahora me quieren guiar por donde ellos quieren. Como si las luces que en ellos se han ido encendiendo tuvieran más fuerza. Pero...no, llevo en mi una chispa de rebeldía que no me sirve para nada, porque aquí todos queremos ser guías. Yo no puedo ir encendiendo farolas en los otros, sabiendo que los puedo equivocar.

Entiendo que ellos pueden ser diferentes, que algunos fueron viento en vez de brisa. A mi aire voy, aunque algunas veces me alejo demasiado de los llamados seres. Quisiera salir de esta funda en la que me hallo, pero se ha agarrado tan fuertemente a cada chispa que de mi procede, que no puedo soltarme. A veces me pesa mucho, y me impide ir tras los azules en los que me pierdo.

Por qué me hicieron ser...

Sakkarah

Cobran vida.

Cobran vida.  

Los árboles cobran vida.. .Cada lamento de dolor humano no se pierde, queda vagando en el ambiente. Ondas que se alejan y se cruzan con otras de alegría.


 

El viento todo lo mueve, y allí, en el bosque, los posa dándoles una forma caprichosa. Silenciosos y sabios árboles que crecen serenos atrapando el llanto.


 

Comprensivos acogen a todo forastero. Entre sus ramas, a su abrigo,  o a su sombra, se posan las aves canoras con su eterna canción melancólica; que cifrada enumera cada espina clavada en el corazón del hombre.


Toda la naturaleza se da cita solidaria, y la belleza crece desarrollando una tímida lágrima.

Sakkarah

Matando el tiempo.

Matando el tiempo.

Hoy me toca ir pastora y haciendo calor no me importa. Mi manta a cuadros al hombro, y Linda, la perra que me acompaña. Salta sobre mis pantalones, le gusta que le haga carantoñas; pero no soy muy dada a demostrar mis afectos. Enseguida la aparto porque me pone perdida.

La cachaba no me falta, y lo que menos me gusta es abrirles el redil, me pone enferma pringarme. Estoy a gusto en este trabajo, lo he escogido para apartarme de un mundo que no me entiende, donde la prisa hace que no reparen en nadie. Al fin y al cabo lo he perdido todo, hasta mis valores. Siento pena al verlas delante, aborregadas como los hombres. Sólo Perla es diferente, siempre se queda rezagada, por eso me gusta cogerla en brazos y sentir su calor. Ella sí sabe que es única pese a todo.

He caminado un trecho, ya puedo tumbarme en la manta tranquila. Se me olvidó un libro, pero mi imaginación lo suple. El pensamiento vuela sin sentir el tiempo. Linda hará la labor, no se suelen descarriar, sólo Perla. Me gusta mirarla como se pierde en los matorrales, como se acerca a mirarse en las aguas del río. Debe verse hermosa en su reflejo. Ya enseñé a Linda para que no la muerda, pues aunque vaga sola y feliz, siempre vuelve a mí. Me pregunto por qué, aunque la respuesta la tengo. Yo la dejo libre, pero a su vuelta busca el cariño en mis ojos. Siempre volverá, y siempre será distinguida. No la gusta adocenarse.

Sakkarah

Dibujaba...

Dibujaba...

Dibujaba con los dedos en el aire, siempre se repetían sus movimientos. Trazaba sentimientos transparentes que coloreaba con su mirada.

Hablaba al aire de su amor, y en cada ráfaga arrastraba su ternura, la que con paciencia ella volvía a reconstruir con sus gestos.Su adoración quedaba entrelazada a las nubes, cruzaba los espacios, sin rumbo, sin destino.

Acariciaba sueños con las manos dándoles formas caprichosas, y en leve soplido, los proveía de alas susurrando su eterno adiós.

Sakkarah

Estoy aquí.

Estoy aquí.

Estoy aquí, no me veis, pero examino el lugar donde quiero habitar de por vida. Ya reconozco cada arruga de estas paredes, cada lisura; pero no soy capaz de hacerme un nido. No nací ave, y por esa misma razón me faltará el ingenio para ello.

En mi loca juventud conseguí lo que deseaba, seguramente debido a mi tenacidad, pero debe ser que los años pesan, y la construcción de esta cama se ha convertido para mi en un jeroglífico sólo apto para personas inteligentes y avispadas.

Tengo la teoría aprendida, pero una teoría sin voluntad para llevarla a la práctica, no es nada. Con los años me he convertido en una luchadora de mil estrategias diferentes, pero la falta de esfuerzo no me ha dejado llevar hasta el final una sola de ellas para experimentar los resultados. Soy voluble en casi todo, pero este nido se ha convertido en una fijación difícil de arrancar de mi mente.

Dicen que el tiempo ayuda, pero no estoy de acuerdo, ya que se puede hacer finito para mi en el momento que menos lo espere, y mientras pasa dejo de apurar cada copa que me va sirviendo la vida.

Ahora sentada en este cavernoso lugar, después de haberme echado una buena siesta llena de pesadillas, pienso. Me ha surgido en la mente otra estrategia nueva y original. Me quedo aquí, en el centro del campo de batalla, parada, dejo que me atraviesen todas las lanzas, y, si mi esencia es de goma, yo ganaré la batalla.

Esto sólo pasa en la imaginación, pero tanto hablamos de la magia que, ¿por qué no creer en ella? Todo puede ser, que si no soy de goma me quede hecha papilla; pero no pasa nada. El que duele es el primer lanzazo, después los sentidos se embotan y... como los burros, se acostumbra uno a los palos. Sigo trabajando en ello. Esta pajita no sé si quedará bien en el fondo. Sí, ahí donde no se vea, para cuando ponga las hojas de laurel en las que recostarme.

Al final lo conseguiré, seguro, ¡¡si lo sabré yo!!

Sakkarah

Un estallido de luz.

Un estallido de luz.

Un estallido de luz, e infinitas chispas cayeron por el manto del oscuro del cielo. A sus pies quedó una de ellas convertida en burbuja. Un ser diminuto pujaba por romperla ante la mirada atónita de él, que se creía encerrado en un sueño.

Flexible como una gimnasta olímpica, comenzó a hacer rodar su habitáculo. Quizá dándose contra alguna piedra lograra pincharlo. La hierba no la permitía ver, y rodaba, saltaba, haciendo mil piruetas que a él le hipnotizaban.

Paró de repente, quedando en una quietud extrema. Él temió que aquel pequeño ser hubiera quedado sin vida. Se acercó lentamente y la vio encogida con sus melenas cubriéndola la cara. No había podido contemplarla con todo detalle, y ese parecía ser el momento apropiado. Ella dormía agotada.

No era guapa, pero hacía que su corazón latiera con más prisa. No conseguía apartar sus ojos de aquel delgado y minúsculo cuerpo. Agachándose sostuvo la burbuja con sus manos, en las que se perdía, y no se pudo sustraer a llevársela.

El calor del bolsillo de su americana, la hizo diluir; pero quedó asombrado al ver la falta de humedad. La diminuta mujer quedó envuelta el polvo dorado.

Al llegar a casa, la puso sobre su cama y empezó a acariciarla tímidamente con un dedo. Estirando sus pequeños brazos, se levantó asustada, de un salto. Supo en ese momento que algo había cambiado en él. No sabía explicarlo; pero comprendía que ya no habría fuerza, tormenta, u obstáculo alguno en la vida, que le haría separarse de su microscópico capricho.

Sakkarah

Parecía dormida.

Parecía dormida.

Posé mis ojos en las aguas del mar, allí donde siempre encontraba la serenidad. Un repentino impulso me hizo pasear para encontrar materiales. Había decidido hacerme una casa o cabaña frente a el.

Nunca había construido, pero sabía que siempre que preguntara iría aprendiendo. Me di cuenta de que la gente está deseosa de instruir y de ayudar. Enseguida tuve algún ladrillo, maderas...Decidí no disponer de dinero, pues el poco que me quedaba sólo lo utilizaría para subsistir, para alimentarme frugalmente.

No sería una construcción sólida, pero tampoco mi vida estaba asegurada por gran tiempo. Había decidido entregarme al azar.

Podrían hacerme levantar mi casa, pero estaba en una playa apartada, escasamente visitada. Quizá se decidieran a hacer la vista gorda. Paseé por los contenedores para encontrar algún mueble que hubieran dejado a sus pies. Sabía que había gente que de allí los cogía para alquilar sus casas amuebladas. Enseguida encontré dos banquetas pero el lugar donde aposentar las posaderas estaba vacío. Si encontraba unas cuerdas lo arreglaría enseguida; total yo no pesaba demasiado, y seguro que no tendría visitas.

Enseguida me dieron un colchón semi nuevo y ropa de cama. Esas personas sabían que yo nunca tendría con que agradecer sus cuidados, pero se sentían pagados con una sonrisa.

Cada noche, antes de acudir el sueño, yo moría de terror. Nunca conseguí acallar mis miedos, aunque me daba igual morir. Esperaba la visita con la guadaña incluida; pero quería una muerte dulce. No podía elegir a no ser que yo misma tomara la iniciativa, y no lo haría.

Hoy sé que todo acabo. No sé si soy feliz, pero ya no dependo del amor. Nada me ata mientras flotando veo lo que fue mi último reducto. Nadie puede tocarme, no me ven, pero tampoco me dañan. Pensé que no habría lágrimas para mí, pero noté como les brotaban al recoger mi cuerpo. Parecía dormida...

No, no me aliviaron sus llantos, sólo hubiera necesitado detalles...

Sakkarah

Absurdo.

Absurdo.

Querían pasarla al salón, pues las llamas de la chimenea secarían sus ropas y le quitarían el frío. No se puede derretir el hielo en el corazón, ni secar las lágrimas de la injusticia.

La casa estaba amueblada, aparentemente eran de maderas nobles. Sólo hacía falta abrir algún cajón para cerciorarse de que no solo era apariencia. A veces, cuando uno se siente atacado, fluye lo innoble. ¿No debería ser la bondad inherente al ser? Si es bondad es en todo momento. Entiendo la ira, pero existe el perdón, la reconciliación, y el reconocimiento de la equivocación. Claro que…no todos somos sabios, no todos rectifican.

Antes estaba de moda empapelar las paredes. Nos encanta cubrir las vergüenzas; ¿con palabras tal vez?. Y el cuerpo, en la botica está la mitad de la belleza; pero hay que despojarse de lo superfluo a la hora de dormir, se puede dar el susto del siglo.

Esto no es malo, lo malo es cuando se te enquista un pensamiento, entonces las personas se pueden volver enfermizas, obsesivas. Un virus en el cuerpo, ratones en la casa.

Sakkarah

Decidió salir...

Decidió salir... Decidió salir al jardín. Alto y fuerte, con su vestimenta sencilla aunque de marca. Su aspecto a veces era la de un hombre serio, otras la de un niño grande. Sonreían sus ojos aún más que sus labios.

El amaba su jardín, los pocos días que iba por allí, se recreaba cuidándolo. Sus rosas lucían siempre bellas, pues heredó de su madre el amor a aquellas flores. Aspiraba el aire perfumado, era exquisito para los aromas.

Sintió unos pasos que se acercaban. Un andar sigiloso, pero no había presencia. Un ente invisible y sagaz estaba ante sus ojos. Si hubiera podido divisarle hubiera notado su implacable mirada.

Pocas veces le visitaba. Pocas molestias le daba. Pasado un rato, nuestro sencillo y gran hombre, se encontraba sumergido en un serio pensamiento. Una lucha titánica contra la presencia invisible. Esta vez se le resistía, ya que con anterioridad siempre había vencido saliéndose con la suya.

Se le acusaba de un grave delito, no era la primera vez que le había sucedido, pero esta vez lo había hecho lentamente, utilizando la tortura.
Su pensamiento voló, llevándole a un tiempo atrás. Allí estaba ese cuerpo inerme. Recordó su agonía mientras moría, y su propia sonrisa. Aquella sonrisa feliz que le salía al desembarazarse de una carga tan pesada. No había utilizado cianuro potásico, sino un arma mucho más letal, mas eficiente. Utilizó el olvido.

No, esa presencia no lograría manejarle. Aunque fuera su conciencia, no sucumbiría ante ella,. Nadie sería capaz de hacer que le llegase un solo recuerdo que tocara esa fibra sensible. Había matado al amor

Sakkarah

Golondrina inquieta.

Golondrina inquieta.

Golondrina inquieta revoloteando en círculos alrededor del nido de cigüeña. Se aleja de la bandada, por instantes, para visitar a D. José. Él, sentado a la vera de la casona rememora los lugares en que hizo alusión a las ancianas de las aldeas. Al sol, sin más razón que ensimismarse en el pensamiento. Este, fugaz, corre de un momento a otro, del pasado al presente, al futuro.

Allí estaba ella sentada, mirándolos al pasar. Con la mirada curiosa para desvelar la procedencia de esa pareja, ya madura, que se amaban. En sus miradas, en su abrazo, se notaba que era un encuentro furtivo y fugaz. Y ahora él la recuerda con ese misterio indescifrable en sus ojos, con esa ternura que se asoma al mirarle. Y sus manos…Aún las siente posadas en su cintura. Delicadas manos incansables a la caricia.

No se sentía solo, la golondrina le traía su aliento, sus palabras de amor por siempre. Ella en la espera, él deseando partir a su encuentro. Convertido en cuenta cuentos, romántico en la palabra. Él, un truhán, un jugador, el mayor seductor; ahora la recordaba. Y…¡Cómo lo hacía! Si ella lo imaginara, si la muerte sólo fuera un paso…

Sí, ahora se daba cuenta de cuánto la amaba.

Sakkarah

El ratón

El ratón

El ratón alucinaba perdido en ese laberinto hexagonal. Se asomaba a las barandillas sintiendo vértigo, para seguir viendo multitud de hexágonos llenos de libros. Subía y bajaba divertido por las escaleras de caracol. Se encontraba encerrado en un mundo de escondites infinitos, y de longitudes cósmicas para él.

No le asustan las luces, porque sabía que en el eterno edificio jamás sería encontrado.

Recorría libro tras libro dejándolos sentir como escalones bajo su panza. A pesar de su poca fuerza, un libro, mal colocado seguramente, cayó de los estantes. Él, curioso, corrió, y subido en el libro, empezó a pasear su astuta mirada por ese sin fin de signos ilegibles que entretenía tanto a los humanos. Se dijo que él no sería menos, que aprendería. Y lo hizo su lugar preferido, en el que pasaba cavilando largas horas.

Llegó un momento en el que se sentía hambriento, y empezó a vagar, sabiendo de antemano, que ni una triste miga podría encontrar en aquel lugar. Decidió que sobrevivir sería indispensable, en un local donde los gatos no existían. Por fin, subido a otro de los múltiples hexágonos prendidos a la pared, empezó a comerse "Las mil y una noches". Presagio de los mil y un retortijones que le iban a dar después en la tripa.

Se revolcaba de dolor, pero terminó ganando la batalla, mientras los libros iban presentando pérdidas en sus cuartillas. No cejó en su afán de descifrar su gran tesoro y, con el tiempo, llegó a sentirse el más importante de los ratones. Supo que en el mundo de los hombres existía la palabra "Biblioteca"

Lleno de cultura, logró salir del laberinto hexagonal, y paseó ufano por las calles, sin temer al hombre, ni a los gatos. Él, el más sabio de los ratones, tenía una palabra que enseñarle a su inmensa descendencia, de la que siempre se sentirían orgullosos toda su prole.

Sakkaah