Las lágrimas...
Las lágrimas fueron tan cortas como la ausencia de las cigüeñas.
Ya no me quita la luz la sombra de la tristeza. Entre las pajas del nido, encuentro la respuesta. Todo vuelve, la vida restaura, y allí tendré su mirada cada amanecer. Caí sin tocar el suelo, sin palpar el llanto callado de la piedra. El roce hizo herida de corta sangre, que ha parado el líquido incoloro de otra palabra.
Está al llegar su imagen a contraluz. Erguida señal de que el amor retorna. Se llenará de flores el lugar donde la raíz del árbol no pudo engarzarse entre la tierra. Y el clamor, la cadencia de su voz, nacerá como espejo de sol entre la brisa.
Hoy la palabra va mutilando el tiempo hasta llegar a tus brazos. Los pasos alados y lentos acortaron ya las distancias. Invisibles sonrisas, robadas a unos labios, acompañan mi día.
Sakkarah
Un beso que no se da, una quimera en el aire, un no saber ni presentir. Una duda, muchas preguntas, y la boca sellada.
En la noche, mi pensamiento hacía que mi vista se dirigiera a una pequeña luz, una llama que se iba extinguiendo. Unos labios soplaban cada día para apagar la fogata de ese amor. Seguidamente, sus pasos se encaminaban hacia una escalera de caracol, estrecha. Lentamente iba bajando los peldaños que la descolgaban de la pasión. Sus pies llevaban el peso del que parte sin ganas, del obligado por las circunstancias a emigrar de sí mismo, de su propia vida.
La mano vacía, de donde se habían escapado las caricias, toma forma guiada por la nota musical. Su aura de ave la acompaña sin ella saberlo, y el ritmo de la vida va ondulando su cadera. Como polvo de estrellas, lleva prendida a su cintura la huella de la mano amada; su pirueta en el aire, la hace prendida del recuerdo.
Debí asustarme cuando, en la nada de mi recuerdo, sentí la vida. Un sueño, aún no soñado, se presentaba con luces en mis ojos.