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Historia

Edad del Hierro: Costumbres arevacas y celtas.

Edad del Hierro: Costumbres arevacas y celtas.

MUJERES Y DONCELLAS

Estrabón, historiador romano del siglo I d.c., escribió que las mujeres del norte de la península llevaban vestidos con bordados de motivos florales.  Quizás este gusto por los bordados de flores explique los mantones de los trajes regionales de toda España en general y de Castilla en particular..

También describe que usaban tocados cubiertos de un velo (…)

 

Una curiosa costumbre era que algunas doncellas se rasuraban la cabeza, pero Estrabón no menciona si eran sacerdotisas, esclavas, o alguna especie de voto. 

HOMBRES

Poco sabemos de sus peinados, existen citas a que los celtas galos bebían "filtrando el líquido a través de sus grandes bigotes". Ciertamente con bigote aparecen representados en muchas esculturas (celtas y del mundo grecolatino) y así se les presenta en el famoso Axterix.  En Gallaecia se ha encontrado otra figura también con bigote.

De todas formas, en otras figuras aparecen sin bigotes (rasurados o con barba) y en algunos restos humanos que se han conservado en ciénagas, aparecen con barba.

Con respecto a los vestidos, existen  referencias al uso de cuadros y rayas de brillantes colores en la ropa y han aparecido restos de tejido de este tipo en las minas de sal de Hallstatt.  Sin embargo, esto no podemos tomarlo por norma y existiría una lógica falta de uniformidad.  En la península eran habituales pantalones más cortos que el las Galias, los braccae que luego copiaron los legionarios romanos.

LA CERVEZA

Los romanos contaron en sus crónicas que los celtas de Iberia elaboraban una bebida fermentando cereales.  Así, Estrabón la llamó con el termino griego "zytuos" y  más tarde, Cayo Plinio la llamó "celia" si se obtenía de cebada o "cerea", si provenía del trigo.    Finalmente, los romanos adoptaron el nombre de "cerevisia", de donde procede la palabra castellana "cerveza".

Como anécdota, Orosio cita que los numantinos se embriagaron con esta bebida antes de su último y desesperado combate.   Él mismo escribió cómo se obtenía: "...por medio del fuego se extrae el jugo del grano de cebada, previamente humedecido; lo dejan secar y después de reducirlo a harina, lo mezclan con jugo frescos que luego hacen fermentar, lo que le da un sabor áspero y, al beberla, se siente un calor embriagador"

Tomado de la página: http://www.maderuelo.com/

Iván el terrible.

Iván el terrible.
Caso curioso es el de Iván IV Vasílievich (Kolomenskoie, 1530-Moscú, 1584), zar de Rusia entre 1533 y 1584, y que ha pasado a la historia con el sobrenombre de Iván El Terrible, por su dureza y despotismo.Iván se convirtió en zar cuando tan solo era un niño, pues contaba tan solo con tres años; hubo de suceder a su padre el zar Basilio III muerto en 1533.

Cuentan las crónicas de la época que, la fama de cruel y despiadado del zar ruso Iván El Terrible y que le dio dicho sobrenombre comenzó a ganársela desde muy niño. Ya desde su infancia fue responsable de toda clase de crueldades y brutalidades, sobre todo con los animales. Cuentan que se divertía torturando brutalmente toda clase de animales, sobre todo aquellos domésticos que encontraba en el palacio. Cuentan además que uno de sus pasatiempos favoritos era arrojar perros desde los tejados del palacio real.
Tras la muerte de su padre, y debido a la corta de edad de Iván El Terrible, se hizo cargo de la regencia y de su educación su madre. Pero en 1538 fue asesinada y el joven zar Iván quedó a merced de los boyardos, nobles rusos de la máxima jerarquía que se disputaban el poder. Finalmente, y con tan solo trece años el joven Iván se deshizo cruelmente de los boyardos y se rodeó de un grupo de fieles que le ayudaron a imponer su autoridad en toda Rusia, todo a pesar de su corta edad.
Recogen las crónicas de la época como, la primera víctima de la política de Iván El Terrible de la que se tiene constancia fue el noble Andrei Chuiski. El asesinato se produjo en 1543, cuando el joven Iván tenía apenas trece años. Realmente el no lo cometió personalmente, sino que ordenó a su guardia personal que arrojaran a Andrei Chuiski a una jauría de perros hambrientos que al parecer la guardia real tenía en palacio para esos fines. Resulta que Andrei Chuiski era el jefe del clan boyardo de Moscú, el más importante de Rusia, el mismo que posiblemente ordenó el asesinato de la madre de Iván, y que desde entonces le había mantenido dominado.

Desconocido

María Cristina de Borbón.

María Cristina de Borbón.
María de Cristina de Borbón y Fernando VII se casaron el once de diciembre de 1829, tras quedar ese mismo año Fernando, viudo y sin descendencia de su tercera esposa María Josefa Amalia de Sajonia. El tenía cuarenta y cinco años y un aspecto bastante deteriorado por lo desenfrenado de su vida. Ella con tan solo veintitrés estaba en la flor de la vida, y había aceptado con sumisión las presiones familiares que la obligaban a desposarse con su tío y dar los ansiados herederos a la corona española.

María Cristina de Borbón era la cuarta esposa de Fernando VII, pero la tercera esposa desde que subió al trono. Fue considera muy adecuada para mujer de Fernando, sobre todo por ser veintidós años más joven que él, quien debido a su edad tenía ya frecuentes ataques de gota. Se cuenta que supo encandilar con sus zalamerías al rey, dándole los ansiados herederos, aunque no fueran varones, ya que le dio dos hijas, Isabel y Maria Luisa Fernanda.

Las crónicas de la época recogen como, con anterioridad a la boda se produjo entre la princesa María Cristina de Borbón y el rey Fernando VII un carteo que hizo que ambos se conocieran un poco mejor. Parece ser que Fernando conocía bastante bien a la que sería su esposa María Cristina gracias a la hermana de esta, Luisa Carlota, casada con su hermano Francisco de Paula. Luisa Carlota parece que había hablado demasiado bien de su hermana y de lo complaciente que era.
La boda entre María de Cristina de Borbón y Fernando VII se celebró en la hermosa capilla del palacio de Aranjuez. Pero lo que pocas personas saben es que pese a la serenidad que demostró la joven María Cristina, el rey, Fernando VII no podía ocultar su ansiedad por ella, hasta el punto de no poder dejar de fumar. Cuentan además las crónicas que el maduro Fernando tan nervioso estaba que olía mal.

Según se aprecia en sus retratos, la joven reina María Cristina de Borbón era una mujer muy hermosa, con unos grandes ojos oscuros muy expresivos, que resaltaban mucho sobre su blanca tez. Cuentan que, en la última etapa del viaje que la llevaba a Madrid, eligió para vestirse un traje de amazona de un azul tan penetrante que, en su honor, y desde esa fecha se le dio el nombre de “azul cristino”.

Según recogen la crónicas, fue durante el recibimiento que el pueblo madrileño le hizo a María Cristina de Borbón, cuando se oyó entre el público la voz de un joven que gritaba: “Guapa, muero por ti”. Quizá fue un presagio de lo que años después sucedería, cuando miles de españoles morirían por defenderla a ella y a su hija Isabel durante las guerras carlistas.

Desconocido

Maria Luisa de Orleans.

Maria Luisa de Orleans.

María Luisa de Orleans (París, 1662-Madrid, 1689), primera esposa de Carlos II (Madrid, 1661-Madrid, 1700) era la primogénita de Felipe, Duque de Orleáns y único hermano del rey de Francia, Luis XIV, y de la princesa Enriqueta de Inglaterra.

 

María Luisa suplicó a sus tíos Luis XIV y María Teresa que la casaran con su primo el delfín, cosa que no consiguió, ya que eran más importantes las razones de Estado –una unión con la corona española-, que los deseos de una joven princesa.

 

Según cuentan embajadores y cronistas, el joven Carlos (Madrid, 1661-Madrid, 1700) sufrió un repentino cambio con respecto al sexo femenino, que hasta entonces le había sido del todo indiferente, por no decir que le tenía verdadera aversión. Esto sucedió a partir de recibir un retrato de su futura esposa María Luisa de Orleans (París, 1662-Madrid, 1689), retrato que según cuentan acariciaba como si de ella misma se tratara, mientras exclamaba: “mi reina, mi reina”.

 

La boda por poderes entre Carlos II (Madrid, 1661-Madrid, 1700) y María Luisa de Orleans (París, 1662-Madrid, 1689) se celebró en Fontainebleau; tras ésta partió la joven María Luisa hacia España, llegando el 3 de noviembre de 1679 a la frontera del Bidasoa. Allí, fue recibida por el marqués de Astorga, encargado de escoltarla hasta la capital. Pero sucedió, que el joven rey, tan enamorado estaba, que impaciente y desobedeciendo a su madre la reina Mariana de Austria (Viena, 1634-Madrid, 1696), partió para encontrarse con la comitiva. Los cortesanos, vieron en este hecho una buena señal para lograr una rápida descendencia.

 

El primer encuentro de Carlos II (Madrid, 1661-Madrid, 1700) y su primera esposa María Luisa de Orleans (París, 1662-Madrid, 1689) tuvo lugar el 18 de noviembre de 1679 en Quintanapalla, Burgos. Este primer encuentro se produjo de forma fortuita, ya que imprevisiblemente el joven Carlos fue al encuentro de la comitiva que acompañaba a su esposa. Así en este primer encuentro la comunicación fue algo difícil, ya que Carlos no hablaba francés –ni lo hablaría nunca-, y María Luisa hablaba muy poco castellano. Sirvió de interprete el embajador francés, Claude Louis Hector, duque de Villars (Moulins, 1653-Turín, 1734).

 

Del primer encuentro entre María Luisa de Orleáns (París, 1662-Madrid, 1689) y Carlos II (Madrid, 1661-Madrid, 1700) comentaría el embajador francés, el duque de Villars (Moulins, 1653-Turín, 1734) al mismísimo Luis XIV, que Carlos II estaba entusiasmado con María Luisa, y que ésta, aunque le había confesado que “asustaba de feo” le había tratado con delicadeza y amabilidad, como correspondía a una sobrina del rey Sol.

Desconocido

Carlos II, el ocaso de una dinastía enferma.

Carlos II, el ocaso de una dinastía enferma.
Una calurosa tarde de julio de 1698 Juan Tomás Rocaberti y Froilán Díaz, inquisidor general y confesor real respectivamente, preocupados por la salud espiritual del monarca, se sentaron a dictar una solicitud urgente; de ella, según pensaban, dependía el futuro del reino.
Su destinatario era un fraile dominico, vicario del convento de la Encarnación de Cangas de Tineo, en Asturias, y con línea directa con el Demonio. Los apurados clérigos deseaban que el fraile hablase inmediatamente con el Maligno y le preguntase en qué consistía el hechizo que afligía al atormentado rey Carlos.
No se demoró el religioso asturiano en satisfacer la demanda que tan insignes miembros de la Corte le habían hecho llegar desde Madrid. Entró en trance, parlamentó con Lucifer y, obtenida la respuesta, corrió por los pasillos del convento para devolver a toda prisa la carta... con el enigma desvelado:
"Me dijo el demonio anoche que el Rey se halla hechizado maléficamente para gobernar y para engendrar. Se le hechizó cuando tenía 14 años, con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle el semen e impedirle la generación".
Sí, esta era la España de hace tres siglos en todo su esplendor místico.
Después de 44 años de reinado, 42 de amoríos y revolcones, unos 50 hijos y centenares de amantes (no faltaron duquesas, marquesas, cómicas, damas de honor, prostitutas y decenas de sirvientas), Felipe IV abandonó este mundo la última semana del verano de 1665. Tanta rijosidad y tanta actividad venérea sólo le habían procurado un heredero, que, para más inri, tenía sólo cuatro años y era una criatura raquítica y repelente que acababa de echar los dientes y aún no se había destetado.
Para evitar la mala imagen de coronar como rey de España a un mamoncete de cuatro años los médicos decidieron suspender la lactancia, que llevaban a cabo catorce sufridas nodrizas. Le prescribieron papillas y, como no se podía mantener en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordones parar sostenerle mientras recibía a los embajadores extranjeros. Aquel día, el de su presentación en público como titular de la monarquía más poderosa del planeta, marcaría el principio de un larguísimo calvario que duraría 35 años.
Se ha dicho mil veces que Carlos II fue el monstruoso producto final de la consaguinidad de los Austrias, que se pasaron dos siglos casándose entre ellos y trayendo al mundo una progenie de príncipes cada vez más deficientes, cada vez más tarados. Nada más cierto. Su madre era la sobrina carnal de su padre y, escalando en el árbol genealógico, encontramos que tenía doce veces el apellido Habsburgo. Un ejemplar genéticamente puro y totalmente idiota.
Aprendió a andar a los seis años, a hablar a los diez, hasta los doce no supo leer y no se vio capaz de escribir –aunque fuese solo su firma: "Yo, el Rey"– hasta los quince años. Físicamente echaba para atrás. "Asusta de feo", apuntó un embajador en una carta a su soberano. Enclenque y encanijado, de piel macilenta, ojos huidizos y nariz ganchuda que casi tocaba el labio. Heredó el prognatismo y el belfo caído de la familia. Ambos los multiplicó por dos. Nunca pudo masticar en condiciones, lo que, unido a sus delicadas digestiones, le condenaron a padecer vómitos continuos y una diarrea crónica.
Su drama personal fue, además, parejo al de la corona que le había caído en suerte. La recibió de capa caída, y a su muerte se desencadenó una larga guerra de sucesión que liquidaría por siempre las posesiones de la familia en Europa.
Ferando Díaz Villanueva

Carlos II (IV y final)

Carlos II (IV y final) Mas no se terminó con ésto el problema pues desde Viena y enviado por Leopoldo I, llegó a Madrid otro visionario, el capuchino Fray Mauro Tenda que interrogó terroríficamente al pobre Monarca concluyendo que no estaba endemoniado pero sí hechizado y propuso un plan muy de tipo psicológico, concluyendo finalmente que “si la receta falla y el dolor persiste, será señal de que la dolencia tiene causas naturales y ha de ser curada por los médicos”.

Y aquí es donde llegan mis colegas que ayudan a mal morir al enfermo. Ya en marzo del 98 el Marqués D´ Harcourt escribía a Luis XIV: ”Es tan grande su debilidad que no puede permanecer más de una o dos horas fuera de la cama” y unos idas después, en otra carta: ”cuando sube o baja de la carroza siempre hay que ayudarle”. También señala la hinchazón de pies, piernas, vientre y cara y “a veces hasta la lengua, de tal forma que no puede hablar”. Suponemos que todo esto fuera debido a una nefropatia consecutiva a las infecciones por calculosis renal como se vió en la autopsia y además conocemos que presentó hematuria en varias ocasiones. Esta hinchazón de pies le obligaba a cambiar de calzado por la tarde. La fatiga era intensa y además presentaba con frecuencia diarreas incoercibles, en ocasiones provocadas por los mismos médicos para “eliminar la materia corrupta”. Como consecuencia de una de ellas, hizo 18 deposiciones y luego quedó inconsciente unas horas.

Patología muy compleja la del pobre Rey: edemas, fatiga, decaimiento, ataques epilépticos, diarreas, fiebres y encima, remedios increíbles: pichones recién muertos sobre la cabeza para evitar la epilepsia y entrañas calientes de corderos para sus procesos intestinales. A todo esto, se movían con la mayor celeridad con embajadores y partidarios de los pretendientes de aquel saldo de la monarquía Española: los austríacos y los franceses. Luchas increíbles en las que la Reina iba de un lado a otro de la contienda.

Desde septiembre de 1700 las noticias sobre la salud del Monarca se envían casi diariamente. El 5 de octubre escribe el Dr. Goleen: “Su Majestad recibió los Sacramentos e hizo testamento el día 2 aunque se ignora su contenido pues se guarda absoluta reserva. La enfermedad es grave pues en pocos días ha tenido más de 200 cursos (deposiciones); perdió el apetito y está extenuadísimo, al punto de parecer un esqueleto” Todavía duró tres semanas más. Extenuado, respirando fatigosamente, haciendo sus numerosas deyecciones en la cama y tras dos días en coma, precedido de una fiebre alta, murió el día l de noviembre de 1700 “entregando su alma a Dios a las dos y cuarenta y nueve de la tarde”. Enseguida se hizo público el testamento en el que nombraba sucesor al Duque de Anjou, el futuro Felipe V.

En la autopsia apareció el corazón muy pequeño, “del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenosos, en el riñón tres grandes cálculos, un solo testículo, negro como el carbón y la cabeza llena de agua”.

Así terminó la dinastía enferma y Carlos II, una patología completa.

Dr. Antonio Castillo

Carlos II (III)

Carlos II (III) Alguien nos ha comentado que el Síndrome de Klinefelter se acompaña de talla alta, de tipo eunucoide con extremidades largas y de ginecomastia, cosa que no tenía el Rey pero es que, aparte de las lesiones óseas propias de su raquitismo, podría tratarse de una variante de este mosaicismo con fórmula 46XY/47XXY con talla normal y sin ginecomastia y sin embargo, siempre con azoospermia, retraso mental, y a veces lesiones cardiacas y tiroiditis auntoinmunes.

Durante los casi diez años que duró su matrimonio, la salud de don Carlos fue siempre deficiente y sobre todo, envejeció rápidamente. Puede decirse que pasó de la juventud a la senectud sin pasar por la madurez. Por eso don Gregorio Marañón le diagnosticó de Panhipofisarismo con progeria (senilismo). Otra patología frecuente fueron las alteraciones digestivas, atribuidas a su glotonería y a una mala masticación por su prognatismo familiar que con la edad se hacía más patente originando diarreas, vómitos y fiebres que los médicos trataban con las consabidas purgas, sangrías y dietas. También María Luisa tuvo bastantes cólicos y problemas intestinales a causa de las pócimas y al régimen de “friuras” o sea, alimentos fríos que le hacían tomar para concebir pues entonces no pensaban que el varón pudiera ser estéril y aun menos si se trataba del Soberano.

Cuando murió la Reina el 12 de febrero de 1689 a consecuencia de una apendicitis aguda con reacción peritoneal y no de envenenamiento ni a consecuencia de un golpe en el vientre que se dió montando a caballo, el Rey quedó destrozado pues en verdad que la amaba mucho, pero como la vanidad del hombre es grande, Carlos II acogió con alegría la proposición que a los diez días del óbito real le hizo el Consejo de Estado para que se volviera a casar. Eligieron a Mariana de Neoburgo, una princesa cuyo único mérito era el que sus padres, los Electores de Sajonia habían tenido 23 hijos. Las nupcias se celebraron en Valladolid el 4 de mayo de 1690 pero a pesar de su valioso antecedente genésico, no hubo manera que llegase la suspirada descendencia y eso que ayudada por un trío poco recomendable, la Baronesa de Berlips, que el pueblo llamaba “La Perdiz”, Enrique Wise, “El Cojo” y el Dr. Galeen, varias veces simuló estar embarazada. Por otra parte le dió por intervenir en política y de modo muy directo en la posible sucesión del Monarca sobre todo después de la muerte de su suegra doña Mariana a consecuencia de un terrible “zaratán”, o sea, cáncer de seno en 1696. También intervino en los tristísimos y truculentos episodios del hechizamiento del Rey, vergüenza de la Iglesia, de la Medicina y de la Sociedad.

El mismo don Carlos, ya en tiempos de la Reina María Luisa, sospechaba que la Marquesa de Soisson, célebre envenenadora de la Corte de Luis XIV le había privado con sus hechizos de la facultad de engendrar y cuando ya en plena decadencia física, en 1698 el propio Rey pidió al Inquisidor General, Cardenal Rocaberti que investigara su posible encantamiento, aprovechó el Confesor Real Padre Froilan Diaz para organizar aquel increible proceso. Sabía que en Caldas de Tineo había un Convento que acogía varias monjas posesas y que el capellán, Fray Antonio Alvarez Arguelles, tenía poderes para pedir al Diablo que le revelara cómo, porqué y por quién el Rey estaba hechizado. ¡Cómo es posible que se creyeran aquellas patrañas que según el fraile aseguró, el mismo Demonio había pronunciado jurando ante el Santísimo Sacramento¡. Satanás dijo “que el hechizo se lo habían dado en una taza de chocolate el 3 de abril de 1675 en la que habían disuelto sesos de un ajusticiado para quitarle el gobierno; entrañas para quitarle la salud y riñones para corromperle el semen e impedir la generación y que la causante fue la reina Viuda doña Mariana para seguir gobernando”. Al pobre Rey le dieron una serie de asquerosas pócimas que empeoraron su delicada salud y viendo tan mal su estado, doña Mariana de Neoburgo preguntó al Consejo de la Inqusición si aquellos métodos eran adecuados. En respuesta, el Padre Froilán fue procesado.

Dr. Antonio Castillo

Cotinuará...

Carlos II (II)

Carlos II (II) Tan retrasado física y mentalmente estaba que al cumplir los 14 años en que según el testamento de Felipe IV debía ser declarado mayor de edad, su propia madre, doña Mariana de Austria, consiguió que las Cortes mantuvieran su regencia dos años más y con ella la privanza de Valenzuela, increíble episodio tragicómico de aquella España sin rumbo y sin cabeza rectora. Todo lo tenía preparado don Carlos para ser coronado llamando a su hermanastro don Juan José de Austria, el primer bastardo que tuvo Felipe IV, pero bastó una larga conversación con su madre para que saliera llorando de la estancia y ordenara que don Juan José se retirara a Nápoles y Velenzuela a la Embajada de Venecia, cosa que no cumplieron pues el valido regresó enseguida a Palacio y el bastardo, poco después de un año, llamado nuevamente por don Carlos, reuniendo fuerzas en Cataluña y Aragón se acercó a Madrid, donde se le recibió triunfalmente en enero de 1677. Así culminó don Juan José una larga marcha hacia el poder eliminando a sus tres grandes enemigos. Ya en 1667 había logrado expulsar al Jesuita Padre Nithard, Confesor y Confidente de la Reina doña Mariana y en aquellos días iniciales del 77, capturar a Valenzuela acogido al Sagrado de El Escorial desterrándole a Cavite en las Islas Filipinas y sacando de palacio a la Reina Madre.

Poco duró a don Juan José la Privanza puesto que murió el 17 de septiembre de 1679 a consecuencia de una colecistitis calculosa según se vió en la autopsia. De nuevo don Carlos buscó a su madre prometiéndole, con lágrimas en los ojos, que nunca mas se separaría de ella y confió el gobierno al Duque de Medinaceli.

He relatado estos hechos históricos para demostrar una vez más la falta de interés en gobernar como si fuera consciente de su escasa capacidad y poca salud para regir aquel todavía vastísimo Imperio.

Pero tampoco el Rey estaba en esas fechas para pensar en problemas políticos ni militares. A sus 18 años, su pequeño cerebro y su noble corazón estaban ilusionados con su próximo enlace matrimonial que precisamente había comenzado a negociar don Juan José después de la Paz de Nimega en 1678. La elegida era doña María Luisa de Orleáns, jovencita de 17 años, sobrina de su hermana María Teresa, esposa de Luis XIV. Don Carlos se había vuelto loco de amor al conocerla en un retrato, lo contrario que a ella le ocurrió a pesar de que el cuadrito de Claudio Coello venía rodeado en un riquísimo marco de brillantes.

Por circunstancias especiales que en otro momento relataremos, la boda se celebró el 18 de noviembre de 1679 en el pequeño pueblo de Quintanapalla, cerca de Burgos. Sin embargo, ni el entusiasmo de aquella primera noche ya en la Capital ni las del Buen Retiro de Madrid y luego en el Alcázar, ni la buena disposición de la reinecita lograron que se produjera el ansiado embarazo. María Luisa, al año, seguía tan virgen como vino pues ni se consumó el acto matrimonial ni la precocísima eyaculación del Rey “permitían simultanear ambas efusiones” como elegantemente escribían los Médicos de Cámara. Y es que la impotencia de don Carlos era verdadera. Don Carlos, he dicho que, como agudamente ha señalado el Prof. Alonso Fernández, es casi seguro que padeció un Síndrome de Klinefelter, enfermedad genética que consiste en una alteración cromosómica expresada por un cariotipo 47/XXY, es decir, que tienen un cromosoma X supernumerario, lo cual determina una hipofunción testicular, con genitales pequeños y testículos atróficos, una azoospoermia, o sea, falta de formación de espermatozoides e incluso estrechamiento y fibrosis de los túbulos seminíferos. Y ahí está la clave: Carlos II tenía líbido, moderada erección de sus pequeños genitales pero faltaba la secreción espermática, aunque no la prostática que la precede y que los médicos de la época no la distinguían y por eso hablaban de “eyaculación precocísima”. Incluso, en un alarde de investigación detectivesca, el Embajador francés, logró a través de la lavandería de Palacio unos calzoncillos del Rey para que dos médicos de su confianza determinaran si don Carlos era estéril o no. La opinión de un facultativo era positiva y negativa la del otro. Por aquellas fechas un comerciante de tejidos de Delf (Holanda) , llamado Anton van Leeuwerhoeck, ya había observado y comunicado a la Royal Society de Londres las células sanguíneas y los espermatozoides con un microscopio de su invención.

Dr. Antonio Castillo

Continuará...

Carlos II

Carlos II Siempre he tenido un enorme respeto para estudiar a Carlos II como enfermo pues si cualquier personaje de los que hemos publicado tuvo un padecimiento fortuito o circunstancial como puede ser un traumatismo, una infección o una neoplasia, el último monarca de los Austrias fue un enfermo desde el mismo instante de su concepción hasta su muerte.

Una alteración cromosómica congénita que conocemos como Síndrome de Klinefelter, de decisiva trascendencia en este caso y una serie de problemas sanitarios, educacionales, ambientales, políticos y personales influyeron en aquel pobre tarado. Un último cohete de ese gran artificiero que fue Felipe IV culminaba con su sobrina la archiduquesa Mariana de Austria, la que fuera prometida de su hijo Baltasar Carlos, aquella “bárbara consanguinidad” de que decía Marañón. Doña Mariana y Felipe IV ya habían tenido cinco hijos: los dos primeros, niño y niña, murieron pronto; Margarita la gentil princesita de Las Meninas, casó con su primo el Emperador Leopoldo I de Austria y Felipe Próspero, que de lo segundo tuvo poco, murió a los cuatro años el l de noviembre de 1661, pérdida que se borró en menos de una semana pues el domingo 6 de noviembre nació “un robusto varón, de hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de carnes” según apareció escrito del modo más adulatorio posible en la “Gazeta de Madrid”, cosa totalmente diferente de lo que comunicó el Embajador de Francia a Luis XIV pocos días después: ”El Príncipe parece bastante débil; muestra signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura” y más adelante, ”asusta de feo”.

No mucho cambió el aspecto de aquella criatura en años sucesivos que sólo conservó la cabeza grande. No menos de catorce amas de cría “titulares” y otras tantas “de respeto” elegidas entre 62 candidatas, le alimentaron durante cuatro años y no continuaron mas porque pareció indecoroso que el rey de España, puesto que ya lo era por haber muerto Felipe IV, estuviera todavía en el periodo de lactancia. A pesar de ese régimen, el niño era enclenque, no sabía hablar y tenía frecuentes catarros y diarreas. Otra cosa muy grave era su escasa musculatura pues hasta los seis años no pudo andar ni casi mantenerse en pie lo que nos permiten diagnosticarle un raquitismo carencial por falta de Vitamina D, agravado porque apenas le sacaban al aire libre y menos a tomar el sol por el temor a los enfriamientos. Como patología infecciosa diremos que además de los padecimientos bronquiales, a los 6 años tuvo sarampión y varicela; a los 10, rubeola y a los 11, viruela. Añádanse a esto, ataques epilépticos hasta los 15 que reaparecieron al final de su vida.

Pero lo más preocupante era su escaso desarrollo intelectual. Fue Carlos II un débil mental que solo pudo comenzar a hablar de modo inteligible a los diez años y nunca supo escribir correctamente; los maestros que le pusieron, ciertamente auténticos “pozos de ciencia” pero malos educadores, tampoco pudieron sacar mas partido de aquel cerebro estrecho y de otra pésima cualidad, la abulia y falta de interés absoluto por el estudio. Y sin embargo, a pesar de ese comportamiento estúpido que en vez de acudir a los Consejos, le hacía irse a la cocina para ayudar a preparar postres, a sus reacciones de cólera imprevistas, a su afición por el chocolate, que como asegura el Prof. Alonso-Fernández le llevó a una adición monoalimentaria de “chocoholismo”, sin embargo y a pesar de todas esas deficiencias, tuvo un enorme sentido de la Religión y sobre todo de la Realeza

Continuará...

Dr Antonio Castillo