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Sakkarah

El pecado original.

El pecado original.

Ya iban a darle garrote, cuando extendió una mano hacia el público, indicando que quería hablar. El verdugo no tuvo inconveniente en suspender por un momento su penosa tarea, porque aquel pobre señor no le había dado nada que hacer, y le era simpático, como al pueblo entero que presenciaba la ejecución, y como lo había sido al Tribunal y a cuantos habían intervenido en la causa famosa que le llebaban al suplicio.

Era un ilustre sabio naturista, que había descubierto infinidad de cosas útiles para la humanidad y para la ciencia, sin meterse jamás en hondaduras metafísicas sobre lo que era o no era la materia, o en si había alma o dejaba de haberla. Había matado a su mujer y a la nodriza de su unigénito en un momento de alucinación. Los médicos se habían empeñado en demostrar que había obrado como un loco, por un impulso irresistible. Pero don Atanasio, el sabio, se puso furioso con esta interpretación y publicó un manifiesto, desde la cárcel, poniendo de vuelta y media a los doctores y a la escuela antropológica italiana y a cuantos fisiólogos se meten en honduras de derecho y a tergiversarlo todo. <> Y dicho y hecho. Don Atanasio no volvió a pensar en otra cosa. Ni se acordaba de haber asistido al juicio, ni de haber oído la sentencia, ni de haber estado en capilla

Cuando le sentaron y sintió en la garganta el frío corbatín de hierro, se estremeció... y en vez de ver las estrellas, vió en el aire, de repente, con los ojos de la imaginación... una fórmula; pero otra, mucho mejor, ¡Qué fórmula!


-- ¡Ya la encontré! ¡Albricias, señores!-- gritó adelantándose hacia el público por el tablado adelante--. Que no me maten de ninguna manera; sería una atrocidad: es decir, por ahora. Que me dejen ensayar mi descubrimiento, y después que hagan de mí lo que quieran.

-- Pero ¿Qué ha descubierto usted? -- preguntó el verdugo, que empezaba a temer que aquello fuese una treta. --¡ Pues nada hijo, he descubierto la inmortalidad del hombre! Pero no la inmortalidad del alma, no; la del cuerpo y alma juntos; vamos que he encontrado lo que perdió Adán.¡Claro! la otra fórmula... era floja, insuficiente; me faltaba... lo del pentóxido de fósforo, y no había pensado en la forma cristalina de la betaméthylnaftalina, y en cambio había metido al ácido amidosulfónico donde no toca pito. ¡ Pero, señor, cómo me había yo olvidado de las propiedades cristalográficas de los dos estereoisomeros ácidos-dicloro-sigma-methyl-dimethylsuccínico! ¡ Ve usted qué cabeza la mia ... señor... justicia mayor!

El verdugo se dijo: << Vaya, se ha vuelto loco de miedo.>> Y no sabía qué hacer, si matarlo o dejarlo. Pero intervino el público, la fuerza, la autoridad, y de explicación en explicación se llegó a telegrafiar al gobierno, consultando lo que se hacía con aquel hombre que juraba haber descubierto la inmortalidad de la vida...mortal, o ci devant mortal, como diría un corresponsal de París.

El gobierno accedió a lo que don Atanasio pedía; a saber, que le oyera una junta de sabios, y que si no les convencía de que era infalible su descubrimiento, se le diese, no ya garrote, sino los mayores tormentos de la Inquisición, y que le descuartizaran si querían.

A los pocos días, las Academias de todas las ciencias, menos las morales y políticas, reunidas, publicaban su informe. En efecto, don Atanasio había descubierto el modo de preservar al hombre de la muerte, de toda clase de muerte; pero...


Pero no al hombre, así, en general; no a todos los hombres, sino a uno solo. A uno entre los vivos; pero los que este engendrara serían ya inmortales también. La idea se le había ocurrido a don Atanasio por la sugestión de ciertas teorías del malogrado filósofo Guyau, que, medio en serio, medio en broma, había hablado de la posibilidad de llegar a tal proceso, que hubiera medios de mantener el equilibrio de los elementos vitales en el organismo en constante renovación. Si la humanidad, pensaba don Atanasio, no ha hecho nada hasta ahora por su inmortalidad, ha sido culpa del apriorismo metafísico, y después por la dichosa teoría de la evolución, también metafísica, que dice que todo lo que nace muere. << Dejad las preocupaciones tradicionales; dejad a Spencer y demás sabios evolucionistas; empapaos en el profundo sentido de esa biblia natural que se llama el Origen de las especies, de Darwin, y estareis en el noviciado de la gran Orden de inmortalidad >>; esto decía don Atanasio. No hay para explicar aquí porque lo decía. Tampoco lo hay para dar razón detallada de por qué no podía inmortalizarse más que a un hombre y su descendencia. Ello era que los polvos de la madre Celestina, digamosló así, merced a los cuales se podía consegir la inmortalidad, eran de tan esmeradísima, dificil y delicada fabricación, que la humanidad entera tenía que consagrarse, en sacrificio, a producir el elixir misterioso, que era una quintaesencia de cierto jugo vital descubierto por don Atanasio Se calculó que se necesitaba que todos los millones de hombres que forman los pueblos civilizados y a medio civilizar, se dejasen hacer cierta operación dolorosísima, aunque no peligrosa, para sacar la sustancia necesaria para producir la inmortalidad de un solo individuo. Además, de tal operación exigía gastos desorbitantes de los Estados en materias químicas, estudios, hospitales ad hoc, viajes, comisiones, etcétera,etc. En fin, un dineral. Cada nación tenía que empeñarse para mucho tiempo.

No importaba; todo se daba por bien empleado. ¿Qué sacrificio no se haría por reconquistar la vida inmortal, perdida a las puertas del paraiso? La humanidad civilizada y a medio civilizar decidió ganar la inmortalidad para el hombre, costase lo que costase; pero...


¿ A que gato le ponía el cascabel? ¿Quién iba a ser el único inmortal entre los vivos, el nuevo Adán, fundador de la raza de los inmortales? Algunos sabios empezaron a protestar, diciendo que la cosa no era tan ventajosa como se creía; que era una inmortalidad ontogénica; no filogénica.

--¡Mentira! -- Replicó don Atanasio--, no se salva sólo un individuo, sino la especie, mediante los descendientes de un individuo.

-- Bueno; pero ¿quién va a ser el afortunado... inmortal?

--¡El Papa! --dijeron unos.

-- El emperador de la China -- dijeron los chinos.

-- El Rey de Inglaterra -- dijeron los ingleses

-- Nuestro amo --gritaron los alemanes.

-- El presidente de la República -- exclamaron los franceses: et sic de coeteris.

Los españoles se creyeron llamados a escoger el inmortal, pues don Atanasio, por pura distracción, se había dejado parir en España.

Y aparecieron mil candidatos. ¡Don Alfonso! ¡Don Carlos! ¡Cánovas! ¡Guerrita! ¡Irún! ¡Pablo Cruz!

-- Señores --dijo Ferreras desde El correo --; de no ser Sagasta, que casi nos lo había prometido... que sea... el mismo don Atanasio... el inventor.

-- ¡De ningún modo! -- protestó el Tribunal del Derecho--. Don Atanasio está condenado a muerte y la inmortalidad sería un indulto.

Algunos hombres sinceros que había esparcidos por el mundo, uno aquí y otro en Pekin, se hicieron oir.

-- Seamos francos -- decían --; un bien tan grande, tan impensable, tan incalculable como la inmortalidad nadie la quiere para otro, nadie quiere sacrificarse, sufrir esa terrible operación, gastar su hacienda... para consegir el tormento de morir sabiendo que pudo ser inmortal. Llegado el instante de la operación salvadora... nadie se dejaría operar para inmortalizar a otro.

¡Es verdad!, pensó la humanidad en silencio.

Algunos hipócritas sacaron a relucir el sofisma paradógico de que el mayor suplicio era una vida sin fin...

Ahora que se tocaba la posibilidad nadie creía eso; la sed de la vida inmortal se apoderó de todos; se suspendieron los suicidios, callaron los pesimistas, los místicos no pedían la muerte.

-- ¡A votar! ¡a votar! -- gritó el mundo entero.

Se votó por razas, por naciones, por provincias, por municipios, por barrios, por calles, por casas, por familias. Y cada raza se votaba a sí propia, y nada más, y cada nación lo mismo, y cada provincia igual; y así hasta llegar al seno de la familia... donde cada cual quería la inmortalidad para sí mismo. Todo fue inútil. El último resultado, cada hombre tenía un voto: el suyo.

-- ¡Hay que recurrir a la lotería! -- declaró el Congreso de las Naciones.

-- ¡ésa es la fija! ¡A quien Dios se la dé!... -- gritó a coro el infinito vulgo.

-- ¡Inútil! -- interrumpieron unos pocos hombres sinceros que había en la tierra.

-- ¡Inútil la lotería... porque ese premio gordo no se le entregará al agraciado; la humanidad faltará a su palabra: no sufrirá nadie la operación para que se salve un afortunado...

-- ¡Verdad! ¡Verdad! -- reconoció el mundo--. Nadie padecerá martirio por dar a otro la vida inmortal segura, visible, palpable.

-- No se piense más en ello; ha sido un sueño. ¡O yo, o nadie! -- declaró cada cual.

Y entonces el Tribunal de Derecho, que había condenado a don Atanasio, exigió la ejecución de la sentencia.

-- Como ni ha habido tal descubrimento, pues no hay modo de llevarlo a la práctica, no hay nada de lo dicho, señor mio... -- dijo la autoridad.

Y dieron garrote al inventor de la inmortalidad.

Y los hombres siguieron siendo mortales por la misma causa que la otra vez; por el pecado original.

Porque el pecado original, el que priva al hombre de vivir sin morir, es el egoísmo, el desamor, la envidia.

Y no el comer fruta verde.



LEOPOLDO ALAS (CLARÍN).

4 comentarios

Sakkarah -

Así es Furgo, Hablar cuesta muy poco, pero hacer...

Un beso, socio.

Furgo -

Pues no tenía mala cabeza el delincuente este, el Leopoldo, alias Clarín.
Todos decimos-sabemos que el mundo está mal repartido, pero la mayoría no están-estamos dispuestos a bajar ni un peldañito en la marca de coche, de pantalones, de deportivas, en la categoría de restaurante,etc.
C´est la vie.

Un beso desde la fragoneta, socia.

Sakkarah -

Me alegra que te guste, y me ha arecdo interesante tu aportación.

Un beso.

Margot -

Ayss, la evolución y Darwin, o, viceversa. Pensar que en España, no se supo de él, de Darwin hasta muchos años después. Que tan solo unos pocos, los más privilegiados en cuestiones intelectuales, fueron los receptores de su tesis... Uno de ellos (ya lo deje en un foro amigo) un empresario badalonés (Barcelona) incluso se tomo la licencia de crear un boceto de un simio con la cara de Darwin, y utilizarlo como logo. Sí, nuestro archiconocido anís "Del Mono" con él colaboraba despectiva, o, en una defensiva a ultranza de la Evolución de las Especies, es algo que no queda claro... Así que, como patrimonio nacional, nosotros podemos aportar algo, además de la frase ya históricamente anecdótica pronunciada por el arzobispo T.H. Huxley, cuando con motivo de la presentación pública de la "Evolución de las Especies" a los ámbitos académicos, éste le pregunto: Y, usted, señor Darwin, dígame:¿su descendencia del mono le es marcada por vía materna, o, quizás, paterna?

Me ha gustado leer ese fragmento escogido…

Un abrazo, muy grandote.